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La República restaurada

El México de la mayor parte del siglo pasado era el de un país donde un solo hombre decidía todo durante seis años, para dar paso a un sucesor que habiendo jurado lealtad a su mentor, procedía a hacer algo distinto para diferenciarse sustancialmente de aquel que lo nombró. La presión social que derivó en la democratización rompió ese paradigma para ir construyendo una nueva realidad de pluralismo e incertidumbre propios de una democracia moderna.
La nostalgia por un pasado mitificado y la promesa de un cambio de raíz que modificaría los estándares éticos y morales de la nación, llevaron a la presidencia a un López Obrador envuelto en el manto mágico de la pureza y la honestidad políticas. En el fondo se trataba de restauración del presidencialismo absoluto y el nacionalismo revolucionario no únicamente como propuesta de gobierno, sino como modelo de control político por encima de las leyes, así como de la aniquilación del equilibrio de poderes que estorbaba al nuevo caudillo sexenal.
Después de haber ganado el Ejecutivo y de hacerse de la mayoría en las Cámaras de Diputados y Senadores, el Poder Judicial se alzaba como el mayor desafío para el presidente. Primero a través de un emisario suyo en la presidencia de la Suprema Corte como Arturo Zaldívar, y ante la imposibilidad de mantenerlo en esa posición durante todo el sexenio, por medio de militantes de Morena convertidos en jueces supremos.
Así, tres ministras de la Corte están ahí para procesar las decisiones del AMLO y no para interpretar la Constitución. Se trata de una medida destinada a restaurar la dependencia del Poder Judicial del Ejecutivo como sucedía antes de la reforma de 1995. Este será el tema del presidente durante la campaña de Claudia. Golpear y desprestigiar a la Suprema hasta doblegarla como lo hizo con el Legislativo.
Es esta la República restaurada, no la de Juárez, sino la de los caudillos de la Revolución Mexicana que luchaban por mantenerse en el poder, primero por las armas y luego a través de un pacto de cesión sexenal de la Presidencia. La democracia como posibilidad de alternancia a través del voto secreto y universal y el respeto a la división de poderes no estuvo en la mira de los caudillos de la Revolución, y no lo está en el proyecto de la 4T y de López Obrador.
Es el proyecto de revivir a la República priista ahora a través de un nuevo líder, y con la clara intención de erradicar todo vestigio de democracia representativa. Restaurar el presidencialismo absoluto es lo que pretenden AMLO y su sucesora. Ni más ni menos.

