Que nadie sufra los perjuicios de la exclusión, que nadie quede por fuera del bien común de la inclusión.

Amanda Gorman

 

Es conveniente recordar que el tejido social se compone por las comunidades que comparten valores, intereses o espacios y que crean pertenencia. Las comunidades más fácilmente identificables son las que corresponden a las ciudades, los poblados, las colonias, los barrios, las unidades habitacionales, las escuelas y las familias.

Los elementos que unen a los integrantes de cada comunidad los identifica, los hace ser y sentirse parte de una misma cultura, de una misma tradición, de un mismo tejido social.

Formar parte del tejido social significa solidaridad, protección, respeto a los derechos y seguridad ante las adversidades. Otorga la confianza de poder contar con nuestros vecinos en caso de una adversidad o saber que podemos compartir nuestra estabilidad ofreciendo un poco de lo que tenemos.

El tejido social implica relaciones significativas que determinan y permiten a sus integrantes ser, estar, producir, crear, interactuar y proyectarse en todos los ámbitos de interacción social como lo son la familia, la escuela y la comunidad en todas sus variantes.

Por todo lo que encierra el término tejido social es que resulta preocupante que se continúe deshilachando, que avance su deterioro y que se relajen más sus distintos ámbitos.

No se olvide que la sociedad ni el tejido social dependen de una sola persona ni de sus gobernantes, dependen de todos, de todos unidos.

Hay mucho por hacer en esta crisis llena de peligros y también de posibilidades. Tenemos la oportunidad de emprender, con responsabilidad y solidaridad, las acciones para reparar y para restaurar nuestro tejido social.

Es hora de unirnos para luchar contra las adversidades que socavan nuestro tejido social como la ira, el resentimiento, el odio, el egoísmo, la ambición, el desorden, la violencia, el desempleo, la polarización, la creciente desesperanza y la epidemia de Covid 19.

Es tiempo de evitar el repugnante ocultamiento de información en la tarea de vacunación y la vacunación de personas que NO están en la línea de fuego atendiendo a enfermos de Covid-19.

Hablar de unidad parece ingenuo, sobre todo cuando desde Palacio Nacional se insiste en la polarización. Las fuerzas que nos dividen son profundas y reales, sobre todo al ser estimuladas desde el poder público.

Como hemos insistido, el dialogo es la vía de distensión. Empecemos a escucharnos, a vernos y a respetarnos unos a otros pues la política no tiene por qué ser un constante desencuentro, un método de descalificaciones y mentiras que dilapida la estabilidad y la unidad.

Como hemos sostenido en anteriores artículos de esta serie que publica El Economista, la mediación es –sin lugar a duda— el mecanismo pacífico de solución de controversias más eficaz para la gestión prevención y solución de controversias en todos los ámbitos de interacción social. También hemos comentado que la justicia restaurativa es un marco en el que la mediación se puede orientar.

La justicia restaurativa no es sólo una teoría sobre la justicia, también es una teoría social en la que los integrantes de una comunidad juegan un papel fundamental como apoyo y respaldo a las personas enfrentadas. Se trata de un proceso en el que todas las partes implicadas en un determinado conflicto o controversia resuelven colectivamente cómo manejar sus consecuencias e implicaciones para el futuro, al hacerse voluntariamente protagonistas de la búsqueda y construcción de una solución basada en el diálogo.

Los mecanismos pacíficos de solución de controversias, principalmente la mediación, pueden contribuir a crear una ciudadanía responsable y una cultura cívica robusta y extensa al fomentar la participación, como base de la democracia y en una cultura que fortalezca el Estado de Derecho en beneficio de todos.

La mediación tiene un objetivo principal: el de considerar a todas las personas como ciudadanos y ciudadanas con capacidad racional para dirimir voluntariamente sus conflictos. Que sean ellas mismas, con el apoyo de un mediador que legitime su pacto, las que encuentren la solución pactada y consensuada frente al desencuentro y el conflicto, en el caso que nos ocupa, el debilitamiento del tejido social.

Dejemos de vernos como adversarios y tratémonos con dignidad y respeto. Todo conflicto o controversia merece que se gestione, prevenga o resuelva para que no escale y se transforme en un conflicto grande o ruidoso, en una crisis social que detone violencia. Nuestro tejido social deshilachado amenaza a todos.

Es hora de detener el tránsito al abismo y de recuperar nuestra ruta para lograr el desarrollo. No perdamos más tiempo empeñados en retomar dogmas empobrecedores del pasado.

Es urgente unir fuerzas en este momento histórico de crisis y desafíos, de construir en paz y de recordar que la Ley es una constante.  

La concordia implica entender a los demás, apreciar las afinidades y respetar las diferencias para lograr relacionarnos positivamente. Con unidad podremos vencer los retos que hoy nos agobian, enmendar los errores, superar esta pandemia mortal, reconstruir a la clase media y asegurar los servicios públicos de salud para todos.

Somos propensos a convivir en paz, pero si el entorno es adverso el derecho de las personas se vuelve vulnerable. Actuando de forma egoísta, carentes de solidaridad sin ayudar a los demás, polarizando a los diversos actores y sectores de la sociedad, somos parte del problema y no de la solución.

Entre más unidos estemos, seremos más fuertes, entre más divididos, más débiles. Evitemos que se desgarre más el tejido social de México.

Pascual Hernández Mergoldd es Abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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