Como se sabe, la familia es una de las instituciones más importantes de la sociedad. Al referirnos a la familia como institución universal y única, debemos tener en cuenta la existencia de diversos modelos de familia. Desde la perspectiva jurídica, los modelos más conocidos se clasifican en familias extensas, nucleares o monoparentales, así como en matrimoniales, extramatrimoniales o adoptivas. Ello no significa que la familia sea una creación jurídica.

Siendo la célula de la sociedad, lo es también de la comunidad.

En nuestra anterior entrega comentamos que, dentro de la familia como en toda organización, pueden generarse conflictos de diversos tipos, varios de ellos de carácter legal.

Sin embargo, es de tenerse en cuenta que un número importante de las controversias que surgen en el ámbito familiar, no son de carácter legal y es frecuente que trasciendan a la escuela y a la comunidad ya que, como se comentó en anterior entrega, el individuo interactúa en diversos ámbitos que se interrelacionan.

En la medida en que esos conflictos o controversias sean gestionados adecuadamente, se permite a los integrantes de una familia, el crecer y desarrollar nuevas y mejores maneras de relacionarse entre ellos y en la interacción social en otros ámbitos.

De todos los conflictos sociales, los familiares son los más habituales, y los que suelen provocar mayor daño hacia el interior de la familia y en muchos casos, suelen afectar a la escuela y a la comunidad. Es por ello importante tener en cuenta que conflictos escolares y comunitarios surgen a partir de conflictos familiares no resueltos.   

Actualmente, sobre todo en las ciudades, se puede observar cómo predominan valores tales como competitividad, individualismo, independencia y consumismo que propician una mayor ausencia de diálogo y obstáculos para el  establecimiento de relaciones de apoyo y confianza que, frecuentemente, dan paso a conductas violentas, a conflictos en los ámbitos de la familia, escuela y comunidad.

En situaciones de controversia, donde las partes conflictuadas son integrantes de la misma familia, no deben existir ni ganadores ni perdedores. La mediación familiar puede proporcionar un espacio de comunicación que facilite a los involucrados, el encontrar posibles soluciones.

Hay un gran número de conflictos que deben afrontar los integrantes de las familias de manera cotidiana, por ejemplo: carencias económicas, desempleo, separaciones, problemas de comunicación con la pareja, los hijos o entre hermanos. Se trata de problemas comunes y cada persona o familia los afrontan de diversas maneras. Esas dificultades propician sentimientos de enojo, impotencia o tristeza, entre otros. No es extraño que sentimientos y emociones contribuyan al surgimiento de conflictos dentro de la familia. En la familia, lugar donde por excelencia se deben respetar los derechos humanos de cada uno de sus integrantes, es frecuente que se violen por sus propios integrantes.

La mediación ha de partir de la premisa de que cada integrante de la familia involucrado en el conflicto, sabe por qué ha llegado a la situación de disputa y qué tiene que poner de su parte, si se quiere superar esa situación.

La labor del mediador consistirá en acompañar a la familia en la gestión de su conflicto y propiciar la comunicación que permita que utilicen sus propios recursos para encontrar acuerdos que los lleven a solucionar su conflicto y, por lo tanto, recuperar o encontrar la concordia.

La concordia es la esencia de las buenas relaciones en la familia, en la escuela y en la comunidad y es el cauce para alcanzar la convivencia social pacífica y armónica. La práctica de la concordia en las instituciones socializadoras, como son la familia, la escuela y la comunidad, facilita el alcance de consensos y a su vez, de convivencia, que encauzan la vocación pacifista, la cultura de la paz.

La violencia a los derechos humanos por miembros de la ciudadanía en perjuicio de otros integrantes de la comunidad, ya sea al interior de instituciones como la familia, la escuela y la comunidad, o bien, en diversos espacios de convivencia, produce también respuestas que dañan el tejido social y dificultan la plena vigencia de los citados derechos.

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada