Odios eternos no pueden concebirse ni tolerarse entre mexicanos.

Vicente Guerrero

El deterioro de nuestro tejido social y el relajamiento de sus distintos ámbitos es preocupante. Por ello urge que impulsemos y cultivemos la “inteligencia social”, que consiste en la capacidad humana para relacionarse de manera exitosa con los demás.

Las instituciones básicas responsables de la socialización, la familia, la escuela y la comunidad, tienen el compromiso de propiciar el desarrollo integral de cada persona y la armonía de las relaciones de unos con otros. Sin embargo, la crisis económica, de salud y de seguridad, que afecta a todos los ámbitos de interacción social, dificulta la atención del compromiso mencionado.

Somos testigos de la creciente violencia en cada una de las entidades federativas, ciudades, poblaciones, comunidades, barrios y familias. Violencia que, por lo general, surge por algún conflicto de los que cotidianamente enfrentan las personas. Aunque el conflicto es algo inherente a la interacción humana, la crisis que nos azota propicia su aumento.

Cuando existe un conflicto social, es toda la comunidad la que padece esa situación y la intervención para resolverlo, por tanto, debe ser integral. Es decir, se debe actuar sobre todas las personas que conviven en ese microcosmos en el que se produce el desencuentro.

Las situaciones de conflicto siempre tienen un componente relacional. En donde hay exclusión o polarización surge resentimiento que propicia reacciones que pueden detonar violencia o confrontación. Esas confrontaciones ponen en riesgo el tejido social.

Las personas con conflictos o controversias que surgen o pueden suscitarse en los diversos espacios de convivencia en la comunidad, deben tener la oportunidad de dialogar democráticamente para que las diferencias se gestionen exitosamente, de tal suerte que el tejido social se vea fortalecido o restaurado, según corresponda.

Esos espacios pueden ser el barrio, el vecindario o la unidad habitacional; unidades o instalaciones deportivas, parques, jardines, mercados públicos; los centros de trabajo, los establecimientos comerciales o industriales; los mercados, los tianguis, los panteones, los hospitales, las cafeterías, las fondas y los restaurantes; los establecimientos de servicios al público; vías e instalaciones públicas de transporte, como estaciones y paraderos y, en general, cualquier espacio en el que se interactúe.

Para quienes entienden que el “orden” debe imponerse, los procesos participativos de construcción de consensos en el ámbito comunitario suelen ser difíciles y complicados, sobre todo por no tener el control en esos procesos. La mediación es una verdadera democratización de los sistemas en los que se instala y abre nuevas posibilidades en las que, lejos de destruir contribuye a restaurar relaciones y por tanto el tejido social.

La mediación puede contribuir a crear una ciudadanía responsable y una cultura cívica robusta y extensa al fomentar la participación, como base de la democracia que fortalezca el Estado de Derecho en beneficio de todos, en el marco de la cultura de la paz.

La mediación comunitaria abre el camino para arribar a fórmulas de convivencia incluyentes que respeten en todo momento la dignidad de las personas en aras de una coexistencia colectiva que contemple el respeto al derecho de terceros. Propicia la desaparición de la idea de “nosotros” y “los otros” y constituye una acción dirigida a producir un nuevo contexto en el que los acuerdos y los procesos, para lograrlos, se orienten al fortalecimiento o restauración del tejido social.

La concordia es la esencia de las buenas relaciones en la comunidad, es el cauce para alcanzar una convivencia social pacífica y armónica. Su práctica facilita el alcance de consensos y, a su vez, la convivencia entre sus integrantes.

La mediación es un instrumento que, por su naturaleza informal, voluntaria y basada en el consenso, amenaza la estructura verticalista, rígida, autoritaria y polarizante como la que se promueve desde Palacio Nacional. La creciente y feroz furia en contra de sus críticos y “adversarios” y la molestia del Presidente, reflejan el estado de ánimo de los ciudadanos a quienes abruma la frustración, la crisis, sus enfermos y sus muertos.

No toma en cuenta que muchos no comulgan con la obediencia ciega, ni acepta que no todos lo elogien. Por eso no desperdiciemos energía en discusiones estériles ni caigamos en el perverso juego de la polarización.

Las mentes rígidas no coadyuvan a una convivencia armónica pues lo que para uno no es relevante puede estallar en el ánimo del otro, si además nos vemos como adversarios y nos tratamos sin dignidad ni respeto, lastimamos la cordialidad. 

El pueblo es más grande que su gobierno, mostremos la resiliencia ante las adversidades como la crisis de salud, económica y de seguridad, además de la constante polarización institucional.

Mostremos la capacidad de recuperación ante lo que ya es una catástrofe que parece no tener fin y que podría dejarnos en ruinas. En otros graves retos, como los terremotos de 1985 y de 2017, ya lo hemos logrado. Ante esos siniestros nos demostramos que el contagio positivo funciona y que es posible lograr una influencia positiva.

Toleramos un gobierno propenso a la opacidad y a la mentira, circunstancia contribuye en gran medida al deterioro del tejido social. Detengamos el tránsito al abismo y recuperemos la ruta para lograr el desarrollo.

Entre más unidos estemos y contribuyamos al fortalecimiento de la cordialidad y de la cultura de la paz, seremos más fuertes. Entre más divididos, más débiles.

Evitemos que se desgarre el tejido social de México.

*Pascual Hernández Mergoldd es Abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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