Los mercados financieros, como la economía, siempre tienen ciclos de alzas y bajas. Es parte de su naturaleza. En el tiempo siempre hay épocas de expansión y otras de recesión. El problema es que nadie puede realmente pronosticarlas con éxito: lo más que los analistas pueden hacer es leer datos, interpretarlos y ofrecer proyecciones con base en ellos:

escenarios que podrían o no suceder, con ciertas probabilidades. Así, generan expectativas que pueden o no cumplirse. 

De hecho, hay muchísimas variables que nadie puede pronosticar. Lo acabamos de vivir, con la pandemia del Covid-19. Pero así como ella, muchas cosas pasan en el mundo que no se pueden prever. 

Hemos hablado recientemente sobre cómo mucha gente piensa que invierte, pero en realidad está especulando. Manejan sus inversiones dependiendo de lo que dicen los analistas, o siguiendo sus emociones. Están, así, especulando sobre lo que podría pasar o reaccionando ante noticias buenas o malas. De esta manera, están incrementando su riesgo. Les puede ir mejor, si se cumplen los escenarios esperados, pero también les puede ir peor si sucede algo que nadie pensó que vendría. 

Invertir, sin embargo, es un proceso que no depende del entorno. No se trata de adivinar, ni de ver qué “inversión” es mejor en un momento determinado. No es simplemente buscar qué instrumento es mejor hoy o cuál se desempeñará mejor mañana. Porque en realidad, nadie lo sabe, ni los analistas más acertados. Invertir no se trata nada más de alcanzar el mayor rendimiento, sino de lograr nuestras metas. Esto implica ahorrar de manera constante, consistente y disciplinada: separar una parte del dinero que ganamos para ello. 

Este dinero lo tenemos que poner en un portafolio diversificado, es decir, formado por distintas clases de activos. Porque, como hemos dicho, en los mercados financieros hay ciclos y cada clase de activo responde de manera diferente en cada fase de estos ciclos. Además, unos activos son más volátiles que otros. 

La diversificación es importante porque cada uno de nosotros tenemos distinta tolerancia al riesgo: hay personas muy conservadoras, que se ponen muy nerviosos cuando observan una volatilidad elevada y eso está bien. Se trata de invertir, pero también de dormir tranquilos por las noches. 

Entonces, tenemos que encontrar el tipo de portafolio que funcione bien para nosotros. Que nos permita, primero, controlar el riesgo. Luego, encontrar la combinación adecuada que permita maximizar nuestro rendimiento potencial, dado ese nivel de riesgo. 

Parece complicado, pero no lo es tanto. Hay muchos tipos de portafolio “modelo” que podemos encontrar si sabemos dónde buscar, que nos permiten tener un punto de partida y que además siempre podemos ajustar a nuestras necesidades. Hay lugares que nos permiten graficar su desempeño histórico y obtener métricas de rendimiento y de volatilidad. 

Otra variable importante es el costo, una variable que pocas personas entienden pero que es fundamental. Algunos instrumentos, como los ETFs, tienen bajísimos costos anuales (muchos por debajo de 0.1% anual). Por otro lado, muchos fondos de inversión cobran comisiones por administración mayores a 2 por ciento. Si uno simula dos inversiones igualitas (mismo portafolio), la primera con costos de 0.1% y la segunda con costos de 2%, la diferencia al final de 25 años es abismal. Las comisiones pagadas se “comen” prácticamente la tercera parte del valor total.

contacto@planeatusfinanzas.com

Joan Lanzagorta

Coach en Finanzas Personales

Patrimonio

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia.

Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com

Lee más de este autor