Lectura 5:00 min
Infinita celebración para Jorge Luis Borges

Foto EE: Archivo
En un mundo ideal, tal y como se lo imaginó Borges, el paraíso sería una biblioteca. Los árboles y las flores puros libros, los animales hablarían sólo palabras y los frutos prohibidos serían los ejemplares situados en el anaquel más alto, los volúmenes únicos, los más antiguos y extraordinarios, tomos cuya lectura no podría hacerse aprisa porque cambian la vida rápida e irremediablemente.
Jorge Luis Borges, escritor extraordinario, lector paciente y cuidadoso y, bibliotecario durante muchos años, lo sabía. Viajó por todos los tiempos y lugares gracias a la lectura, conoció los versos y palabras de escritores antiguos y modernos, y después, inspirado, compuso un universo con pluma.
Una obra que hay que leer (o releer) ahora, y de paso celebrar su cumpleaños 133, ya que nació el 24 de agosto de 1889, sus libros siguen siendo una fiesta que lo transforma todo y un infinito homenaje a su memoria.
Como sucede con todos los genios, Borges comenzó a cumplir con su glorioso destino más pronto que tarde: a los cuatro años ya sabía leer y escribir, a los seis años escribió su primer relato, La visera fatal, inspirado en páginas del Quijote; al año siguiente esbozó en inglés un ensayo sobre mitología griega y, a los nueve, tradujo El príncipe feliz, de Oscar Wilde. Aquel texto, salió publicado en el periódico argentino El País, firmado simplemente, con su nombre: Jorge Luis Borges.
No hace falta decir que ya nunca se detuvo, que su obra es fundamental en la literatura y en el pensamiento humano, que trasciende cualquier clasificación, excluye todo tipo de dogma y resiste toda crítica. Y que, además, sigue despertando tentaciones: la de imitarlo, encontrarle algún secreto, leerlo de cabo a rabo, saber todo de su obra y, si se puede, hasta de aprender de memoria su poesía completa. Pero lo cierto es que ninguna voz vale más que la suya. (Aunque Borges dijera, con (falsa) modestia: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí sólo me enorgullecen las que he leído.”)
Se ha dicho mucho sobre Borges, pero el rosario de pretextos para no leerlo también es largo. (“Es muy complicado”, “no me interesa la poesía”, “odio a los argentinos”). Sin embargo, lector querido, le aseguro que cuando se acerque a Borges las cosas antes aterradoras adquirirán belleza y gracia. Los tigres, los espejos y los laberintos ya no serán amenazantes. Las referencias a los tesoros de otras culturas y lenguajes tampoco. Descubrirá el infinito placer que provoca leerlo y quizá, hasta dejará de preguntarse cómo fue que un ciego, pudo arrojar tanta luz a lo que nosotros nunca hemos visto claramente.
No fue en un libro, sino en una conferencia, donde Borges se explicó a sí mismo y se hizo de cientos de lectores nuevos. En ella, dijo:
“Voy a empezar refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, ceguera parcial del otro.
"Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde, puedo descifrar el azul. Sobre todo, hay un color que no me ha sido infiel, que me ha sido leal, que me ha acompañado siempre y es el color amarillo. Recuerdo que de chico yo me demoraba ante una de las jaulas del jardín zoológico en Palermo y era precisamente en la jaula del tigre y la del leopardo.
"Yo recuerdo que me demoraba ante el oro y el negro del tigre hasta el atardecer y, aún ahora, el, amarillo sigue acompañándome. Y he escrito un poema titulado 'El oro de los tigres' en que hablo de esa amistad del amarillo conmigo, como siempre estuvo el amarillo conmigo.
"Precisamente, uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el color negro y el color rojo. Esos son los colores que nos faltan. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en ese mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego. Yo hubiera querido reclinarme en la oscuridad, apoyarme en la oscuridad. Y el rojo también –que se supone que es un color más vivo- ha desaparecido para mí; lo veo como un vago marrón. De modo que el mundo del ciego no es la noche que la gente supone. En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre, de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos y sonrientes y valerosos y yo espero morir así también. Pero no sé, se heredan muchas cosas, pero no se hereda el valor y yo sé que fueron más valientes que yo.”
Dicen que cuando terminó la conferencia, el auditorio había cambiado. Muchos se fueron a comprar libros de Borges, pensando en que así convertirían sus bibliotecas en un Edén. Entre los aplausos finales, y las discusiones de si “El Aleph”, tenía que ser el primer libro del estante, alguien escuchó que el escritor decía: “El infierno y el paraíso me parecen desproporcionados. Los actos de los hombres no merecen tanto.”