En estos días de luto, para muchas familias la tradición de honrar a los muertos, con altares, rezos o memoriales silenciosos, ha sido este año más dolorosa y solitaria. Quienes han perdido a seres queridos en meses recientes, en muchos casos de improviso, no tienen el consuelo del abrazo, de la compañía, o de la visita al cementerio. Vivir el duelo hoy es más difícil, en medio de la incertidumbre, del miedo ante una pandemia de alcances devastadores, aún imprecisos, y de una crisis económica cuyas consecuencias rebasan las mediciones económicas. La disminución de recursos personales o familiares se ve agravada por las políticas de austeridad que privilegian ilusiones discursivas de “bienestar”, intereses utilitarios con miras al 2021 y caprichosos proyectos que bien podrían posponerse para tiempos de bonanza.

Como gesto simbólicamente solidario con las miles de personas que han perdido a uno o varios de sus seres queridos en estos meses, el gobierno federal declaró tres días de luto nacional, con la bandera a media asta y poco más. Si con la instalación de altares en Palacio Nacional se quiso compartir el duelo de muchos u oficializar una tradición popular, queda en el misterio. No ha habido hasta ahora un reconocimiento real, sentido, de lo que para muchos es una dolorosa sucesión de pérdidas.

Pérdidas por la pandemia, pérdidas por la falta de atención a enfermedades graves, pérdidas por falta de medicinas “agotadas” o inaccesibles, pérdidas por quiebras, despidos o escasez de clientes...

Lo que perdemos en medio de la pandemia no se puede reducir a las cifras que los voceros oficiales recitan sin que les tiemble la voz, como si contaran, por separado, objetos o piedras, y no vidas humanas destruidas por el virus, la negligencia o la violencia. Como si no fueran ya un escándalo las más de 92, 000 muertes documentadas por Covid-19 hasta este lunes, nos dicen que no hay que exagerar el monto de “muertes excedentes” porque no todas se deben al virus. Se deban a diagnósticos mal hechos o a la deficiencia cardiaca que no se atendió en una semana porque “primero tiene que hacerse la prueba de covid”, o al ataque de asma que se agravó porque “aquí sólo es hospital covid” o a la complicación posparto que “aquí no podemos atender”, todas estas muertes que en otras condiciones se podrían haber evitado dejan en las familias y comunidades un hueco que ningún simbolismo oficial puede llenar.

No conformes con minimizar la tragedia sanitaria, que no se debe sólo al nuevo virus, hay quienes pretenden reducir la otra pandemia, la de la violencia, a otra serie de cifras que no afectan a nadie. ¿Cómo entender si no que, con más 36,000 personas asesinadas el año pasado y más de 26,000 entre enero y septiembre, no haya una revisión a fondo de la no-estrategia de seguridad pública? ¿Acaso no importa que el propio gobierno prevea un pico de cerca de 40,000 asesinatos para fines de este año? ¿Acaso a ningún funcionario le incumbe que se sigan encontrando fosas con cientos de cuerpos o restos de personas asesinadas, abandonadas en fosas clandestinas? ¿Nos van a seguir diciendo que los feminicidios han aumentado pero no es grave porque ya alcanzaron una “meseta”? ¿Cuántas niñas, niños, mujeres y hombres más desaparecerán antes de que el gobierno reconozca su deber de garantizar los derechos humanos, empezando por el derecho a la vida?

Honrar a las muertas, a los muertos, acompañar y consolar ante pérdidas tan devastadoras como las que viven hoy tantas familias en México, requiere honrar la vida. Dejar de lado la demagogia y reconocer los errores. Garantizar el derecho a la salud, compensar el deterioro económico con un salario básico universal, prevenir la violencia doméstica, apoyar a las víctimas de todas las violencias, debería ser hoy la única prioridad. Lo demás son gestos vanos.

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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