Escribo lo que usted lee en el día que en México  festejamos, desde 1934, a nuestra bandera. Si bien hay asuntos importantes en la vida nacional como la aprobación de la contrarreforma eléctrica; la rectificación de la Auditoría Superior de la Federación, reconociendo un error en las cifras sobre el costo de la cancelación del aeropuerto de Texcoco —¿se impusieron los datos de AMLO?—; y la petición de desafuero del gobernador panista  García Cabeza de Vaca; hoy prefiero dar un paseo por la historia de nuestra enseña patria.

El estandarte de la imagen de la Virgen de Guadalupe que el cura Hidalgo tomó de la parroquia de Atotonilco (Guanajuato) para enarbolarlo y convocar al pueblo a la insurrección es considerado por algunos historiadores como el primer símbolo de la incipiente patria. Existieron dos banderas idénticas que Ignacio Allende y Juan Aldama mandaron manufacturar, exprofesamente  para tremolarlas durante el levantamiento armado, con la imagen de la Virgen de Guadalupe por un lado y el águila y la serpiente por el otro. Sólo que como la guerra de independencia comenzó de manera precipitada al ser descubierta la conspiración de Querétaro; las banderas gemelas no alcanzaron a entrar en el inventario o en el checklist de la parafernalia guerrera. Pero se usaron y fueron capturadas por el Ejército Realista en 1811 y enviadas a España. Ésta nación las devolvió a México en el año 2010, cuando el Rey Juan Carlos se dio cuenta que no tenían ningún valor comercial.

El abrazo de Acatempan, que en caso de haber sido cierto, sucedió en Telolapan, fue, según la tradición, prima hermana de la historia, el momento donde se reconciliaron los ejércitos del Sur de la Nueva España, al mando de Agustin de Iturbide y el Insurgente que encabezaba Vicente Guerrero. Lo que dio origen al Plan de Iguala y al Ejército Trigarante o de las tres garantías: religión católica, independencia de México y unión entre realistas e independentistas.

Precisamente en Iguala —antes de Ayotzinapa— fue donde Iturbide, que ya se sentía emperador, contrató al sastre José Magdaleno Ocampo, para que confeccionara una bandera cuadrada atravesada diagonalmente por tres franjas de igual medida formadas de izquierda a derecha y de abajo hacía arriba con los colores: blanco, verde y rojo, con tres estrellas de seis picos contrastando en cada franja y en el centro un círculo blanco con una corona imperial.

Pero a mí me gusta más el origen de los colores nacionales que cuenta una leyenda, prima hermana de la tradición, que escuché en la voz de mi profesor de tercero de primaria: rubricado el Plan de Iguala, don Vicente y don Agustín, sintieron mucho calor. Para mitigarlo los lugareños les ofrecieron rebanadas de sandía. Ambos personajes al ver los colores de la fruta: cáscara verde, un reborde blanco y la pulpa roja, estuvieron de acuerdo en que esos fueran los colores de la bandera.

Ya con Iturbide como emperador, la bandera fue rectangular con tres divisiones del mismo tamaño con los colores verde, blanco y rojo, respectivamente. En la parte blanca, el escudo: un águila posada en un nopal con la frente coronada. Derrocado el emperador se le quitó al águila la corona que fue sustituida por hojas de laurel y encino y se le puso a devorar una serpiente. Don Porfirio Díaz decretó que el águila se representara con las alas desplegadas —moda francesa—. Fue el presidente Carranza el que mandó poner el águila de perfil izquierdo tal como luce ahora.

En julio del 2008 el portal virtual español, “20minutos.es”  convocó a una encuesta mundial para elegir la bandera más hermosa del mundo. La nuestra ganó. Sin patriotería, ni nacionalismo, soy de los que piensan que la bandera mexicana es la más bella del planeta, nuestro escudo manifiesta que somos un pueblo artista y guerrero… pero no hablemos de Guerrero porque ya chole, ¿no?.

Manuel Ajenjo

Escritor y guionista de televisión

El Privilegio de Opinar

Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros.

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