“Que me mantengan mis hijos; que se frieguen mis nietos”.

En los artículos pasados me dediqué a señalar que ante el próximo fin del “bono demográfico” derivado, por una parte de que a finales de esta década la población de hasta 15 años de edad como porcentaje de la población total se estabilizará en alrededor de 30% y, por otra, el envejecimiento paulatino de la población, estimándose que para el 2050 la población de más de 65 años de edad represente 20% de la total. Cabe destacar que ambas dinámicas demográficas se traducirán en que el índice de dependencia empezará a aumentar hacia finales de esta década.

De ahí se entenderá la urgencia de que la economía empiece a crecer a tasas altas y sostenidas con empleos formales y que los trabajadores tengan acceso al sistema de seguridad social, siendo necesario, por una parte, generar las condiciones institucionales que promuevan la inversión y por otra, eliminar o reducir aquellos elementos que actúan como un impuesto implícito a la creación de empleos formales (las contribuciones patronales al IMSS y los costos de despido). Se requiere, además, una reforma al sistema de pensiones con una pensión universal mínima, un aumento en las aportaciones a las cuentas individuales de retiro (traspasando a éstas las que ahora se van al Infonavit) y la promoción, con estímulos fiscales, del ahorro voluntario para el retiro. No hacer todo lo anterior se traduciría en que a la larga seríamos un país de viejos pobres y es en este escenario en donde se generaría la dinámica destructiva de las herencias negativas: cuando los hijos mantienen a sus padres.

De acuerdo con una encuesta realizada por la Amafore en el 2019 a individuos entre 18 y 40 años de edad, 53% de ellos respondió que al llegar a su edad de retiro esperaba que sus hijos los mantuvieran, 15% de los encuestados, que serían sus familiares; 12% más, de su ahorro; 3%, el gobierno, y sólo 14%, de su pensión. El hecho de que exista 53% que espera que sus hijos los mantenga en su vejez es simplemente espeluznante.

Que apuesten a que cuando se jubilen sean mantenidos por sus hijos obviamente tiene un alto costo, principalmente sobre el nivel de bienestar de estos últimos pero más aún, sobre el bienestar presente y futuro de los nietos. Destinar una parte del ingreso para sostener a los padres implica que la cantidad de recursos disponibles para su propio consumo es menor, lo que implica un menor nivel de bienestar para la familia en su conjunto (excluyendo el bienestar de los mantenidos), pero más importante aún, implica menores recursos disponibles para invertir en el capital humano de sus propios hijos tanto en alimentación, educación, salud (aun cuando para estos dos utilicen los servicios gubernamentales) y hasta en vestido y entretenimiento.

La inversión en capital humano es la mejor inversión que los padres pueden hacer en sus hijos, ya que ello se traduce en mayor nivel de bienestar futuro. Mayor capital humano tiende a reflejarse en mejores hábitos alimenticios y cuidados preventivos y por ende mayores niveles de salud, mayor calidad de la vivienda y mayor capacitación y productividad en el mercado laboral, con más capacidad y flexibilidad para adaptarse a los cambios tecnológicos en los procesos de producción.

Cuando 53% de los individuos apuesta a que sus hijos los van a mantener cuando se retire, no considera que ello implica un impuesto futuro sobre sus propios hijos, y peor aún, sobre sus nietos y las generaciones subsecuentes. Y esto es una tragedia. Por lo anterior, se requiere que una economía se mantenga creciendo, con empleos formales y pensiones que le permitan una jubilación sin que los hijos tengan que sacrificar a sus nietos y bisnietos.

[email protected]

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.