Elon Musk no deja de subrayar el grave riesgo que para él supone el imparable avance de la Inteligencia Artificial (IA). Como es sabido, estamos en el punto de no retorno de esta tecnología, y eso, dice, lo “llena de espanto”.

El fundador de Tesla pone el ejemplo de AlphaGo, la máquina que en un lapso de meses pasó de ser incapaz de ganarle a un jugador medio de Go (el juego más difícil de todos, para algunos), a batir al campeón europeo de esa disciplina, luego al campeón mundial y, en un lapso más, triunfar ante cualquier persona simultáneamente. Luego vino AlphaZero, el sistema que aprendió por sí mismo y le ganó a AlphaGo 100 veces. Ahora le puede ganar a cualquier persona o máquina en cualquier juego, adquiriendo la categoría de “súperhumano”. Nietzsche se quedaría perplejo.

Lo súperhumano se define como cualquier entidad que excede la inteligencia estándar de los humanos, y seguirá creciendo exponencialmente, aprendiendo de sí misma (machine learning), de modo que en 25 años será un millón de veces más rápida y compleja. Para Musk, esta es la mayor crisis existencial que tenemos como raza humana, un peligro “mucho mayor que las armas nucleares”.

“El porcentaje de inteligencia en el mundo proviene cada vez menos de lo humano, y eventualmente representaremos sólo un pequeño porcentaje de ella”, añade el también fundador de OpenAI, la empresa sin fines de lucro que busca desarrollar inteligencia amigable para beneficiar a toda la humanidad. “Puede ser terrible o grandioso; lo único que sabemos es que nuestra inteligencia será rebasada y que en un punto no tendremos mucho control sobre eso”.

Aunque dice que no necesariamente esto será negativo, Musk insiste en que en un momento dado se podrían romper las reglas de la robótica de Asimov (“un robot no dañará a la humanidad o por inacción permitirá que sea dañada”), como en una película de ciencia ficción. El mejor escenario para él, es maximizar la libertad humana vía una simbiosis benigna entre la inteligencia colectiva humana y la IA.

Portando una visión mucho más optimista del futuro, Hod Lipson, el director del Laboratorio de Máquinas Creativas de la Universidad de Columbia, estuvo presente en el Singularity University Summit de Puerto Vallarta, el capítulo mexicano de la cumbre de esta institución enfocada en las tecnologías exponenciales que pueden beneficiar a miles de millones de personas.

En el evento, llevado a cabo en los primeros días de noviembre, Lipson habló de las distintas oleadas de IA, empezando por la que inició en los años 50, basada en la lógica, en que las máquinas podían hacer cálculos complejos. En la segunda oleada, a partir de los 90, fueron capaces de hacer predicciones a futuro (Bolsa de valores, precios y ventas de productos, etcétera), pero sólo a través de datos previamente almacenados en sus sistemas.

La tercera ola (que empezó hace unos cinco años y en la que todavía estamos) es muy distinta: es la inteligencia cognitiva, la que permite a las máquinas interpretar información que no está en sus datos. Por ejemplo reconocer imágenes o audios y tomar decisiones. Las máquinas ahora pueden “ver” a una persona e interpretar las emociones en su rostro con mucho más precisión que los humanos. Las cámaras que toman miles de fotos en Amazon Go (la tienda sin cajeros en la que la gente toma sus cosas y simplemente se va) pueden interpretar cuando un producto no se debe cobrar porque el cliente lo revisó, lo puso en su carrito, pero después lo devolvió, mientras que el chocolate que se metió al bolsillo se cobra automáticamente a su tarjeta de crédito, en el instante mismo en que deja la instalación.

“Esta es una espada de doble filo”, dijo Lipson, sin llamarse a engaño. “Es algo que tiene efectos positivos y negativos en muchas áreas”. Y puso varios ejemplos, como el de los vehículos autónomos (que para fines del año entrante serán 100 veces más seguros que los manejados por humanos), que dejarán sin trabajo a infinidad de gente que antes se dedicaba a reparar autos chocados… pero, a cambio… “simplemente no habrá accidentes”. O los drones, que para muchos representan un riesgo por su poderío militar, pero que también sirven para reconocer un campo de cultivo e inyectar insecticida exclusivamente en las plantas en donde encuentran una plaga, logrando una agricultura mucho más sana y sustentable.

“Cada tecnología tiene esta dualidad: puede ser usada para algo negativo, pero por cada caso de éstos yo puedo pensar quizá en 100 casos en los que se pude usar para algo positivo”, comentó, sumando el ejemplo del reconocimiento facial, “que puede utilizarse para vigilancia masiva pero también para identificar niños perdidos, y hará que el tráfico humano simplemente desaparezca”.

¿Y qué traerán la cuarta y la quinta olas? Las máquinas creativas, que podrán generar cosas de la nada (ya no de datos almacenados previamente). Un ejemplo que puso es el de una antena diseñada exclusivamente por Inteligencia Artificial, que tiene mejor desempeño que cualquier otra hecha por humanos, y que ya se utiliza en misiones espaciales. La IA podrá diseñar productos, programas o robots, multiplicándose a sí misma. Podrá realizar diseños industriales o arquitectónicos competentes, creativos y funcionales. Pero también podrá realizar obras de arte. Lipson mismo creó una máquina que puede pintar absolutamente de la nada (con una obra de este tipo, su robot ganó un concurso internacional de arte).

En esta oleada ya los robots podrán dedicarse a realizar avances para ellos mismos: desarrollarse al infinito, empezando a tener conciencia de sí. Pero la última frontera es el sentimiento. ¿Podrá una creación artificial sentir? ¿Debemos seguir con estas investigaciones o detenernos en este punto?, preguntó Lipson a la audiencia. “La IA es un espejo de quien la usa”. “Las personas buenas la utilizarán para hacer cosas buenas, y las malas para cosas malas. Es una herramienta sumamente poderosa, pero que no es más que un reflejo de lo que somos”, finalizó.

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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