En medio de la guerra comercial que han venido librando las dos economías más grandes del planeta, en la que han escalado las hostilidades mediante incrementos de aranceles con el objetivo de encarecer y afectar las exportaciones de los productos de su rival, China abrió su caja de herramientas para contraatacar a EU devaluando su yuan para compensar la imposición reciente de nuevos aranceles a sus productos y buscar recuperar así la competitividad de los mismos. Esto se llama guerra de divisas.

Y es que a lo largo del mes de agosto hemos visto una fuerte escalada de la guerra comercial, donde Estados Unidos determinó aplicar un arancel de 10% a partir del 1 de septiembre a productos chinos por un monto equivalente a 300,000 millones de dólares, a pesar de haber estado en plenas negociaciones para llegar un acuerdo. Es la política de negociar bajo amenaza.

Ante esto, China reaccionó de manera diferente. Decidió iniciar una guerra de divisas en la que devaluó el yuan al llevarlo de una cotización el pasado miércoles de 6.88 a 7.05 yuanes/dólar al cierre del viernes, nivel no visto en más de una década, para abaratar sus productos y compensar así la nueva imposición de aranceles por parte de Estados Unidos a sus productos.

Según diversos analistas, China tendría que devaluar su yuan a niveles de 7.3 yuanes/dólar a fin de compensar la nueva imposición de aranceles norteamericanos a sus productos, por lo que la devaluación reciente se considera un tiro de advertencia a Washington de lo que se puede desencadenar.

Sin embargo, una guerra de divisas es un arma de doble filo, ya que si bien es cierto que apoya las exportaciones, también es cierto que China es un gran importador de materias primas que cotizan en dólares, por lo que automáticamente, sus costos se elevan y le pueden llegar a generar presiones inflacionarias.

Lo mismo sucedería en el caso que Estados Unidos busque devaluar el dólar.

Curiosamente, esto sucede en momentos en que la economía global se desacelera y los bancos centrales han empezado a tomar políticas monetarias más acomodaticias, es decir, reducen tasas a fin de incrementar la liquidez en los mercados y por ende, el consumo.

Tal es el caso de la Reserva Federal, donde por primera vez en una década ajustó su tasa en 25 puntos base hace algunos días, lo que automáticamente debería haber generado que el dólar se devaluara; sin embargo, el dólar no se inmuto, ya que ante la incertidumbre que ha generado la guerra comercial, los inversionistas han buscado refugio seguro y se han posicionado en bonos del Tesoro, donde el de referencia de 10 años ya llegó a tocar niveles de 1.595%, mientras que el oro avanzó 4.4% en la semana y 17% en lo que va del año, para rebasar niveles de 1,500 dólares/onza.

Una guerra de divisas es mucho más complicada que una simple guerra comercial, porque afecta los flujos financieros, la estabilidad monetaria, la inflación y, en consecuencia, el precio del dinero. Dicho de manera sencilla, afecta todos los mercados financieros generando fuerte volatilidad.

Simple y sencillamente sería muy complicado generar presiones inflacionarias en un momento en que la economía global se desacelera, ya que nos estaríamos acercando a un escenario de estanflación, lo cual no es bueno para nadie.

Por lo pronto, diversos bancos centrales ya han venido tomando sus precauciones al bajar sus tasas de referencia, tal es el caso de Nueva Zelanda, Tailandia e India.

Esta semana es el turno del Banco de México para decidir sobre su política monetaria y sin duda enfrenta una decisión difícil, ya que el peso en lo que va del mes de agosto se ha depreciado 2.05%, a pesar del incremento en el diferencial de tasas entre Estados Unidos y México, un entorno global muy complicado y una inflación subyacente que no ha cedido del todo.

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