Durante la reciente revisión de la Ley de Ingresos por la Cámara de Diputados, un grupo de legisladores del PAN, PRD, Morena y Movimiento Ciudadano hicieron la propuesta de que el impuesto que se aplica a la venta de las gasolinas se redujese a la mitad. Es decir, que la tasa del IEPS (Impuesto Especial sobre Producción y Servicios) aplicable a esos combustibles se bajara 50 por ciento.

Lo primero que debe destacarse en esa propuesta es la confusión de términos en la que incurrieron sus proponentes. Ello, en la medida en que la tasa del IEPS nada ha tenido que ver con el llamado gasolinazo, el cual se derivó del ajuste al alza de los precios de las gasolinas para emparejarlos con sus cotizaciones internacionales. Es decir, una cosa son los precios y otra diferente los impuestos. Y en el otro bando, también es equivocado el argumento del diputado Javier Herrera (PVEM) en el sentido de que el IEPS es necesario para “reducir el uso de automóviles y también los índices de contaminación”. El argumento es falso en la medida en que la demanda de las gasolinas con respecto al precio es muy inelástica y difícilmente se modificarán las cantidades por un mayor o menor impuesto.

Pero más allá de los problemas conceptuales, lo preocupante de la propuesta comentada derivaba del impacto que podría haber tenido sobre las finanzas públicas. Hasta hace poco tiempo el balance fiscal del país se encontraba en una verdadera encrucijada con un saldo de la deuda pública cercano a 50% sobre el PIB. En caso de que siguiera subiendo ese índice, las repercusiones sobre la economía del país podrían llegar a ser graves, empezando por la posibilidad de que las calificadoras le redujeran la calificación a la deuda del gobierno. El mensaje que esa eventualidad mandaría a los agentes económicos y a los mercados sería muy desfavorable para México en un contexto rebosante de incertidumbres.

Frente a la renegociación del TLCAN que no necesariamente permite abrigar grandes esperanzas y al proceso electoral que ya se encuentra de hecho en el ambiente es indispensable que la política fiscal mande un mensaje de disciplina que además haga posible que se fortalezca el marco macroeconómico general. Sin embargo, ello redundará, entre otras cosas, en la ampliación del superávit comercial con EU seguramente con gran disgusto para el proteccionista Trump.

BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico