Berlín.- En todo el mundo, los populistas de derecha socavan la democracia y el Estado de derecho. Pero a diferencia de muchos dictadores del siglo XX, los aspirantes a líderes autoritarios de hoy en día han tratado de preservar las fachadas de las instituciones que ellos mismos están destruyendo, lo que crea un dilema para los partidos de oposición. ¿Deberían seguir las reglas de un juego que está amañado en su contra, o deberían empezar a escribir sus propias reglas y arriesgarse a ser acusados de ser los verdaderos sepultureros de la democracia liberal?

La sabiduría dice que la violación de las normas no hace nada más que acelerar la destrucción de la democracia. Sin embargo, la ‘bola dura constitucional’ es apropiada en circunstancias específicas. Cuando, por ejemplo, los legalistas autocráticos usan la letra de la ley para violar el espíritu de las instituciones democráticas, sus oponentes deben hacer lo contrario.

En muchos países que se encuentran bajo regímenes populistas de derecha —piense, por ejemplo, en Hungría o Polonia— no existe una oposición unificada, y los partidos pueden proponer una variedad de políticas como alternativas a lo que ofrece el gobierno (y no todo lo que hace un régimen populista de derecha es autoritario per se). Sin embargo, cuando están en juego los principios políticos básicos, la oposición debe, de manera determinante, unirse y señalar claramente a los ciudadanos que la situación ha pasado más allá de un desacuerdo político común y corriente.

En Estados Unidos, el esfuerzo del Partido Republicano para abolir la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible (Obamacare) es cruel e incoherente, pero antecede a la presidencia de Donald Trump, y el éxito de este esfuerzo no representaría el fin de la democracia estadounidense. En cambio, la actitud descaradamente desafiante de la administración Trump a la supervisión por parte del Congreso no es sólo un caso de la “política de siempre”, sino más bien es un ataque a lo que el filósofo político John Rawls denominó como los “elementos constitucionales esenciales”.

Sin duda, distinguir entre disputas políticas ordinarias y amenazas al sistema es más un arte que una ciencia. Si se realiza con convicción, puede detener la propagación del cinismo entre el electorado. Pero tal estrategia supone que se puede persuadir a los ciudadanos con argumentos sobre los compromisos constitucionales que todos los demócratas deberían compartir.

Esa es una suposición peligrosa, en vista de que el pluralismo de los medios de comunicación se ha reducido radicalmente en muchos países. Bajo los mandatos del primer ministro húngaro Viktor Orbán y del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, los ataques contra estaciones de televisión y periódicos independientes están ahora a la orden del día. Y, en Estados Unidos, los votantes republicanos se han aislado encerrándose dentro de un ecosistema mediático dominado por Fox News y otros canales de propaganda de derecha.

Pero, incluso si todos los votantes recibieran información precisa, algunos podrían inclinarse a poner el partidismo por encima de la protección de las instituciones democráticas liberales. Uno de los hallazgos más deprimentes de la ciencia política en los últimos años es que los ciudadanos con frecuencia anteponen su partidismo a la protección de las instituciones democráticas liberales. En otras palabras, están dispuestos a renunciar a la propia democracia con el fin de satisfacer sus preferencias políticas o ideológicas personales.

Semejante cinismo no es motivo para que los partidos de la oposición renuncien a apelar a la conciencia de los votantes. Pero sí requiere que la oposición reconozca que su audiencia incluye no sólo a votantes que potencialmente se podrían persuadir, sino que también incluye a los populistas de derecha y sus aliados oportunistas. Al dirigirse a este último grupo, la clave no es avergonzar a los desvergonzados, sino combatir el fuego con fuego.

En Estados Unidos, por ejemplo, los Republicanos se han beneficiado de una clara asimetría. Si bien el Partido Republicano (GOP) hará cualquier cosa para reclamar y aferrarse al poder, los demócratas han permanecido comprometidos con el espíritu de las reglas, incluso manteniendo la esperanza de bipartidismo. Pero si los Republicanos creyeran que los demócratas también empezarían a sobrepasar los límites, podrían cambiar su propio cálculo político.

Considere el dilema al que se enfrentan ahora los miembros del Partido Demócrata estadounidense tras la muerte de la jueza de la Corte Suprema Ruth Bader Ginsburg. Por apresurarse a llenar el escaño vacante con una persona conservadora de línea dura, los Republicanos del Senado ni siquiera pretenden mantener algún grado de coherencia con las posiciones que tomaron en el año 2016, cuando se negaron rotundamente a considerar a Merrick Garland, el candidato a la Corte Suprema nominado por el presidente Barack Obama, argumento como justificativo para ello la proximidad de las elecciones presidenciales de dicho año.

Los miembros del Partido Demócrata deben reconocer que el Partido Republicano de hoy no sólo se opone a quienes están del lado del Partido Demócrata, sino también es un partido antidemocrático. Los Republicanos han prometido lealtad a un líder autoritario y ya ni siquiera fingen interés en resolver problemas reales –ni siquiera se molestaron en ofrecer una propuesta de programa de gobierno en la Convención Nacional Republicana de este año–. Teniendo en cuenta que sus políticas económicas  son altamente impopulares y plutócratas, y su dependencia del resentimiento de los blancos, el Partido Republicano (GOP) está plenamente destinado a ser un partido minoritario, razón por la que han tratado de atrincherarse en instituciones no mayoritarias como el Senado (donde los votantes rurales tienen un poder desproporcionado) y los tribunales. Este partido tampoco se coloca a la altura de quienes se oponen a la flagrante supresión de votantes cuyo fin es impedir que emitan su voto quienes no son blancos.

Si los miembros del Partido Demócrata quieren obligar a los Republicanos a actuar de manera distinta, deben sancionar severamente cada una de estas violaciones de las normas. Si los Republicanos intentan lanzar una embestida para confirmar a una persona candidata a la Corte Suprema en las próximas semanas, los miembros del Partido Demócrata deberían paralizar los asuntos del Senado mediante la emisión de objeciones a todas las solicitudes rutinarias de consentimiento unánime; también deberían estar redactando planes creíbles para ampliar el tamaño de la Corte Suprema en caso de que su partido regrese al poder.

¿Profundizarían la polarización política del país estas tácticas duras y desencadenarían una espiral descendente de violaciones de las normas? La polarización difícilmente podría ser más profunda de lo que ya es. Pero, más concretamente, no todas las normas son iguales, ni siquiera llegan a ser apropiadamente normativas. Trump rompió la “norma” de tener una mascota (normalmente un perro) en la Casa Blanca, pero ese no es para nada un asunto de principios democráticos fundamentales.

En cambio, hay propuestas de los Demócratas para hacer que el Senado sea más representativo, tales como la abolición del filibusterismo y la concesión de la condición de Estado a Puerto Rico y Washington D.C. Estas medidas reflejarían plenamente los principios democráticos y estarían completamente justificadas en nombre de la igualdad y la libertad, al igual que una mayor protección de los derechos de voto. Por supuesto, el principal facilitador de Trump, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, considera que cualquier propuesta a favor de la democracia como una toma de poder partidista. Pero eso ocurre porque él no puede pensar en otros términos. McConnell está absolutamente comprometido con actuar a favor de la tiranía de la minoría, que es el mismísimo desenlace que los fundadores de los Estados Unidos buscaron impedir.

Sí, es verdad, la decisión de jugar a la bola dura constitucional nunca debe tomarse a la ligera. Pero, es una decisión que debe tomarse obligatoriamente por el bien de la democracia cuando la adherencia meticulosa a las normas les da a los enemigos de la democracia una victoria segura.

El autor

Jan-Werner Mueller es catedrático de Política en Princeton y miembro del Instituto de Estudios Avanzados de Berlín. También es autor de Democracy Rules (Farrar, Straus y Giroux, 2021).

Traducción: Rocío L. Barrientos Copyright: Project Syndicate, 2020.

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