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Opinión

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Fiera heroína de abril

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De nombre tan largo como sus certezas, y si la inmortalidad no convirtiera todo cuerpo en polvo, María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador, hubiera cumplido ayer 10 de abril, 233 años y todavía seguiríamos celebrando.

Hija única del segundo matrimonio de Gaspar Martín Vicario, natural de Castilla la Vieja, y de Camila Fernández de San Salvador y Montiel, de la ciudad de San José de Toluca, nació en la ciudad de México el 10 de abril de 1789. Cuando todavía un rey lejano decía ser dueño de nuestro territorio y todo se llamaba Nueva España. Su posición fue en principio acomodada y su familia considerada una de las más distinguidas de la ciudad, más no por ello, ni por su mera condición femenina, se convirtió en personaje célebre de la Historia Mexicana. De hecho, hasta hace muy pocos años se apartaba de todas las mujeres consignadas en los libros de texto y permanecía en un lugar recóndito y casi misterioso del panteón de héroes y heroínas nacionales.

Decidida a ser “libre como una fiera” y responder simplemente al nombre de Leona, fue que, gracias a las propias luces de su espíritu, educación esmerada, una inmensa biblioteca y su obstinación interminable, resultó ferviente proselitista y patrocinadora de la causa insurgente. De hecho, muchos de sus biógrafos cuentan que, efectivamente, Leona Vicario creció en virtud y sabiduría, pero estaba dotada de un espíritu rebelde y libre que no admitía la menor tutela, procurando para sí misma, un clima de apertura a todas las novedades, tanto en lo que se refería a sus lecturas como a sus amistades y su actividad social.

A la muerte de sus padres su vida cambió radicalmente. Quedó bajo la tutoría de su tío, el muy conservador y monárquico abogado Agustín Pomposo, se cambió al lado de su despacho y fue allí que conoció al pasante de leyes Andrés Quintana Roo del cual se enamoró. Junto a él colaboró, llena de entusiasmo, en favor de la protesta criolla, por la libertad de la patria y contra el gobierno español. Plenamente convencida, acudió a las tertulias del movimiento insurgente, ayudó a la Suprema Junta Nacional de América cuando ésta fue instalada y contribuyó a difundir las ideas de libertad escribiendo en El ilustrador Nacional, el Ilustrador Americano y El Semanario Patriótico con el seudónimo de “Henriqueta”. (Todo ello por no hablar del empeño, venta y aprovechamiento de joyas, bienes muebles y adornos suntuosos de la herencia que le habían dejado sus padres, para fundirlos y transformarlos en armas para la causa).

Informante de primera línea, Leona Vicario, fue también creadora de un lenguaje secreto para comunicaciones por escrito, el más perfecto enlace entre los caudillos insurgentes y sus partidarios y en insuperable distribuidora de pertrechos, dinero, ropas y medicinas.

Por un momento todo parece aventurero y romántico, pero, de su fuerza y apasionamiento, muchas consecuencias hubo. Incluso el propio Ignacio Rayón, furioso, llegó a decir que: “la señorita Vicario ha sacrificado su caudal por la insurgencia. Mucho me temo que pase los límites de la prudencia y haga que recaigan sospechas sobre ella” Y así fue (¿le habrá echado la sal? como se dice): algunas de sus cartas, junto con el plan de Leona de reunirse con los insurgentes en Tlalpujahua, Michoacán, fue descubierto. Fue encerrada tres días en su casa y después encarcelada en el Convento de Belén de las Mochas y sometida a proceso. Los insurgentes planearon su rescate tras cuarenta y dos días de captura, y hubo noticias de que “se habían aparecido tres o cuatro hombres armados poniendo dos pistolas al pecho de las señoras porteras del convento para que les dejaran sacar la señora Vicario”.

Después de aquel episodio, Leona y sus salvadores decidieron dirigirse a Oaxaca, región que estaba al mando de José María Morelos y Pavón. Cuenta la leyenda cuenta que, como los caminos estaban vigilados y eran peligrosos, evitaron ser reconocidos disfrazándose hábilmente: ellos de arrieros y ella de una mujer de color y que solamente así alcanzaron su destino. Quintana Roo, en ese momento, presidía la Asamblea Nacional Constituyente que hizo la declaratoria de la Independencia. Morelos, giró instrucciones a Rayón para declarar a Leona Vicario “Benemérita de la patria” y ambos se casaron en 1814.

Considerada por algunos como la primera periodista mexicana; por otras como la maliciosa  autora de una red de espionaje para combatir a la corona española; tan sólo una niña rica que empeñó sus joyas para comprarle fusiles a los insurgentes o la heroína más tonta y romántica de todas por haber arriesgado la vida siguiendo los pasos de su amado. Leona es todo lo anterior y nada de eso. En su historia, algunas habladurías resultaron verdades, hubo palabras escritas que no demostraron nada y frases salidas de su pluma con sujetos y predicados que nadie supo leer hasta que se convirtieron en razones para ganar la libertad, luchar por la independencia y celebrar su cumpleaños cada vez que abril llegue.

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