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Fervor gótico
La historia de la literatura está llena de términos peyorativos, descalificativos que permiten a ciertos grupos y creadores alzar la ceja y voltear el rostro a ciertas voces y estilos. Desde las novelas de caballería, los folletines, hasta el pulp fiction y el libro vaquero, siempre habrá literatura popular que merecerá el desprecio de las élites creadoras, lectoras y críticas.
Paradójicamente, es en esos reductos, de contenido basura y vulgar , donde muchas veces se ha encontrado la fuente de nueva vida para la totalidad literaria. Como si la literatura exquisita que abrazan unos, esté destinada a la sublimación, la esterilidad y última muerte solitaria en el panteón de los hombres ilustres. Mientras tanto, en ese compost magnífico del muladar, se cocina el futuro de la civilización.
Son los géneros poco valorados en su momento: la novela de aventuras, la gótica, el policíaco, el noir, la novela de espías, la ciencia-ficción o la literatura juvenil, donde se corren más riesgos, donde en medio de los lugares comunes, las tropelías melodramáticas, la violencia sobrenatural, los hechiceros o el futurismo, surgen las ideas destinadas a ser revolucionarias.
Las novelas penny dreadful eran uno de esos invitados de mal gusto que se cuelan a la fiesta por la puerta de servicio. Las novelas de centavo, literatura popular en las calles del Reino Unido del siglo diecinueve. El centavo horrendo para entretener a las masas urbanas con historias sensacionalistas, sangrientas y sobrenaturales; la literatura de pulpa del diecinueve.
Y si Quentin Tarantino encontró en las novelas baratas del veinte la inspiración para buena parte su filmografía, John Logan, que navegó buena parte de la suya en el cine de género, apurando guiones para Tim Burton, Martin Scorsese o las últimas dos entregas de James Bond, encuentra en la literatura basura del diecinueve su fuente de inspiración.
Nace la serie de Showtime, Penny Dreadful, un batiburillo de literatura gótica, clásicos, violencia y sangre. El escenario es Inglaterra, en algún punto indeterminado del diecinueve. La historia inicia como buena novela de centavo, con un crimen brutal. Oscuridad y gore. Los protagonistas: un explorador de África (Timothy Dalton), una mujer con vínculos sobrenaturales con una entidad egipcia. ¿Vampiro o demonio? (Eva Green); el médico Víctor Frankenstein (Harry Treadaway), el joven y bello Dorian Gray (Reeve Carney) y detrás de un microscopio el anciano hematólogo Van Helsing (David Warner).
¿Otra serie de vampiros? Sí, y no. Quien espere las digestiones derivadas de la afluencia de Crepúsculo, las metáforas trilladas sobre la juventud descarriada, el racismo, la sexualidad andrógina y ambivalente o la adaptación de un cómic más de superhéroes marginales; se llevará una decepción. Pero en ese sentido es una decepción afortunada.
Lo que hace Logan es montar un universo donde los personajes principales salen de las novelas de Bram Stoker (Dracula), Mary Shelley (Frankenstein), Stevenson (Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde), Wilde (El retrato de Dorian Gray). Pero hay muy poco kitch en el estilo de Logan, no es la broma astuta de Tarantino, ni el guiño irónico para iniciados.
La premisa de la serie es un clavado en la literatura victoriana, en la más reverenciada hoy día, pero también en el folletín violento que se apilaba en las calles. Las referencias principales pueden ser esos cuatro clásicos, pero el mundo que habitan es el de todos sus contemporáneos, los misterios de África, las invocaciones espiritistas, las plagas, la sexualidad reprimida, las sagas de vaqueros e indios, las brujas, las maldiciones góticas, casas embrujadas, momias, lo que se les ocurra.
Hay que decir que la impresión inicial puede ser menos favorable. Las historias de vampiros han sido tan caminadas que cada mirada y expresión de sorpresa invoca el deja vu, el bostezo o la irritación. Creemos saber para dónde va encaminada la historia, y entonces Logan hace de las suyas. En el segundo capítulo,una reunión nocturna, un seance para invocar espíritus lleva a la presencia de un ser mitológico egipcio y un premio IGN para Eva Green. Logan cuida hasta el mínimo detalle para que de la caricatura y la parodia no asomen ni un dedo. Todo es en serio, y es en serio en cada gesto.
El reto puede parecer mayúsculo, escribir y hacer una serie de vampiros como si no existieran todas las anteriores. O más bien, con la conciencia de que existen pero aún así, paradojas aparte, contarlas como si fuera la primera vez. Entonces las sorpresas sí funcionan, y no sabemos qué quiere Van Helsing, y aunque sepamos que oculta Dorian Grey en la habitación oscura, y que el matrimonio Harker es perseguido por un terrateniente transilvano, o que las criaturas creadas por el doctor Víctor no suelen tener buen temperamento; Logan se encarga poco a poco de enseñarnos que lo suyo va más allá del fan fiction.
Enhorabuena por una serie excepcionalmente literaria, una que recuerda los libros leídos e invita a releerlos, que abre sus páginas a una nueva generación y que lo hace con meticulosidad casi maniaca, del tipo que suponen los proyectos personales, cuando no hay diferencia entre el arte de calidad y el arte popular. Sólo ideas, inspiración y el gusto de narrar.
Twitter @rgarciamainou