Hoy puedo decir con confianza que soy feminista. Soy feminista porque creo que es reprobable moralmente y costoso en términos de eficiencia económica discriminar a las personas por su sexo. Soy feminista porque creo que las mujeres han tenido que soportar, hasta la fecha y durante miles de años, cuotas desproporcionadas de injusticia, violencia y acoso en la familia, en la escuela, en la pareja, en el trabajo y en la calle. Soy feminista porque creo que una sociedad con menos violencia hacia las mujeres sería una sociedad mucho más próspera y productiva.

Junto con las marchas femeniles durante el fin de semana, la difusión en redes sociales de las historias de hostigamiento, violencia y abuso que sufren cotidianamente muchas mujeres nos recuerda que es urgente detener las muchas formas de violencia en su contra que siguen quedando impunes.

Aun cuando en muchos planos nos vamos acercando a la plena igualdad de oportunidades entre sexos, las estadísticas nacionales e internacionales muestran que mujeres de todas edades continúan siendo victimas de abuso por parte de los hombres en muchos ámbitos y niveles socioeconómicos.

Aun si no nos consideramos protagonistas de la violencia de género, hay mucho que podemos hacer para revertir las conductas y ambientes que se nos reclaman como género. Podemos empezar por cuidar nuestro lenguaje y expresiones sobre y hacia las mujeres en público y en privado. La disciplina de cuidar nuestras expresiones verbales y corporales necesariamente termina por moldear nuestra conducta y la de quienes nos toman como ejemplo, principalmente los niños.

En lo personal, significó un proceso largo de madurez entender que igual que no existen chistes racistas, tampoco existen chistes sexistas o misóginos. Sólo siendo racista puede encontrarse humor en la exaltación de prejuicios raciales. Sólo siendo sexista o misógino puede encontrarse humor en expresiones sexistas o misóginas.

Cuidar nuestro lenguaje y expresiones requiere honestidad y reflexión. Si un chiste o expresión implica cualquier forma de violencia contra las mujeres, contar el chiste o festejar la expresión implica complicidad. Si la forma en que nos dirigimos a una mujer en la oficina o en la calle es la que nos parecería apropiada para nuestra esposa, nuestra madre, nuestra hija o para nosotros mismos, muy probablemente sea la forma adecuada.

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