¿Te ha pasado que, de repente, una tarde, te das cuenta de que quieres todo lo que tienes pero no tienes todo lo que quieres? 

Quisieras apagar pronto ese fuego de insatisfacción que arde en ti y no puedes, porque muchas cosas exceden tu control. Y te cuesta aceptarlo. 

Comienzas a pensar sobre tu existencia. Te preguntas si eres feliz, si todo ha valido la pena. Y si no, piensas en lo que quieres tener para que al menos, por un tiempo, tu vida tenga sentido. En realidad, ¿qué quieres? ¿Qué deseos esconde la esencia de la naturaleza del ser humano? 

Esta es la pregunta más sabia que alguien podría contestarte.

Un ser humano es una partícula de polvo en el aire, que vuela dentro del universo por un instante. Minúsculo en el mundo, en la galaxia, muy al interior de un universo del cual solo se conoce 5 por ciento.

Esto genera una honda insatisfacción por su irrelevancia y él se mide sobre el tiempo. Se mide sobre la posteridad y piensa que la vida, ya sea mucha o poca, solo valdrá la pena si trasciende en la historia. Nos comparamos con quienes han dejado “huella”, como Napoleón, Shakespeare, Steve Jobs o quien creamos digno de adoración. 

Somos más ‘Don-Nadies’ que Napoleones. 

¿A qué voy con todo esto? A que a veces, cuando pensamos en el sentido de la vida, surge una necesidad de hacer que esas dudas desaparezcan, de des-angustiarnos con ‘algo’.

Cada época ha tenido algo con que paliar ese miedo. Cada época ha inventado su propio opio. 

Pongamos como ejemplo a las religiones, cuyo principio en común es el mismo: explicarnos qué es la existencia y cuál es nuestra realidad dentro de un universo. Y así como las religiones han servido para encontrar sentido, hoy parece que las redes sociales se encargan de dar sentido a la existencia de sus usuarios.

A mi generación le toca experimentar un existencialismo 2.0, en el cual ante la mínima sensación de vacío buscamos el cobijo de nuestro muro de Facebook. Nos refugiamos en las fotografías perfectas de Instagram. Sumamos likes. Sumamos stories. Sumamos tuits, followers, fans, likes, amigos.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el existencialismo? Pues así como la religión nos brinda la tranquilidad de que habrá una vida después de la muerte o calma nuestra desazón en momentos difíciles, las redes sociales hoy cumplen esa y más funciones, como las de alimentar nuestra vanidad y hacernos creer que nos perpetuaremos a través de una huella digital.

Las redes sociales nos brindan la ilusión de tener relevancia, pero desvirtúan el sentido de la existencia. Al engañarnos sobre nuestra “importancia” likes y views nos convertimos en superestrellas, cuando realmente somos el contador número 3, la diseñadora del piso 8 o el arquitecto del despacho de en medio. Tal vez no estamos satisfechos con esa vida que elegimos, pero producimos y consumimos con efectividad, que es lo único que quienes verdaderamente mandan esperan de nosotros y ellos son —agárrate— los señores del 1 por ciento. ¡Oh, sorpresa! Estamos hablando de los amos del sistema económico que, por cierto, también crearon las dichosas redes sociales.

Las redes sociales son algo maravilloso y siniestro a la vez. Nos ayudan a sobrellevar la rutina, porque nos entretienen cada día de maneras más creativas, pero también nos alejan de las demás personas y acorralan nuestras emociones con la ilusión de estar socializando. 

Es momento de que definamos el sentido de nuestra existencia, como dijo en su momento Albert Camus: el verdadero genio no es quien pasa a la historia, sino quien le encuentra el sentido al sinsentido de la vida.