Lo leí en Twitter hace un tiempo. Decía algo así: “¿Tú qué sabes de decepción si defendiste a alguien hasta la muerte y luego te enteras de que es la mierda que todo mundo te dijo que era?”.

Así me siento en estas semanas con Junot Díaz, el autor dominicano-estadounidense del que les hablé aquí hace cosa de un mes. Junto había publicado en The New Yorker un artículo en el que narraba que había sido violado por un hombre a los ocho años de edad. Casi al final del texto, Díaz se hermanaba con el movimiento #MeToo.

Y entonces todo se descontroló. En ese momento la mierda se regó por todas partes. Las acusaciones volaron.

La más importante fue la de Zinzi Clemmons, quien hace seis años invitó al escritor a dar una charla. Clemmons era estudiante; Díaz, profesor. Un profesor muy calenturiento, al parecer, porque, según narra Clemmons, trató de besarla a la fuerza. Dice Clemmons que ella no ha sido la única víctima de Junot, que es bien conocida su misoginia, y que el artículo en la New Yorker sólo era una especie de cortina de humo para distraer la atención de la ola de denuncias que se veían venir.

De acuerdo a estas declaraciones, Junot Díaz no sólo es misógino, también es cobarde.

Como gesto de redención, un magnánimo Díaz se bajó de su puesto en el comité del Pulitzer y dijo la barrabasada de que “los hombres deben seguir siendo educados en el consentimiento”. Cuando decir no, no es suficiente.

Ah, Junot. Et tu?

El caso de Junot me ha puesto a pensar mucho. Soy admiradora de la literatura de Junot. También soy fan de Roman Polanski y de las películas de Quentin Tarantino producidas por Harvey Weinstein.

A ver, quiero problematizar esto. Si yo veo embelesada la próxima cinta de Polanski, ¿estoy apoyando a un criminal sexual? ¿Como mujer debería boicotear toda obra de criminal sexual? ¿Si un hombre se dice también seguidor del #MeToo es de nuevo un hombre inmiscuyéndose en un espacio que abrieron las mujeres?

Llega a mi casa el nuevo libro de Junot. No sé qué hacer: ¿lo leo, no lo leo?

Tampoco quiero ser mojigata. Las virtudes públicas y las privadas no tienen por qué estar juntas. Si así fuera, ¿a cuántos artistas deberíamos defenestrar por tiranos, mentirosos, violaasesinos y gandallas en general?

Ahora bien, yo no he visto esa ola de acusaciones contra Junot Díaz que se presagiaba. Obligar a alguien a besarte es pecado casi de colegial. El MIT, donde el escritor es profesor, dice que está llevando a cabo una investigación sobre otros posibles abusos. Hasta ahora nada ha surgido ni han separado a Díaz de su puesto. Veremos.

Dice Díaz que él no negará su pasado y las consecuencias ya lo están alcanzando: varias lecturas públicas suyas han sido suspendidas y su último libro, Islandborn, ha sido retirado de algunas librerías.

Tengo el libro de Junot en las manos. Me siento sucia.

Y también me siento confundida. Decepcionada.

¿Cómo debemos lidiar con estos cambios, tan necesarios, en la relación entre los géneros?

Esto es un hecho: las mujeres hemos vivido una historia de marginación durante milenios. Ha llegado el momento de poner el fin a la misoginia, cierto, pero yo he tomado una decisión: me pongo a leer a Junot.

[email protected]

Concepción Moreno

Columnista y Reportera

Garage Picasso