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Opinión

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El día de ayer la revista Lancet Public Health publicó un artículo titulado “Efectos de la educación sobre la mortalidad adulta: una revisión sistemática y metaanálisis a nivel global”que mide la protección al riesgo de muerte prematura al aumentar los años de escolaridad, en hombres y mujeres, por grupos de edad a nivel mundial.

El estudio fue realizado por un grupo de investigadores de la Universidad de Washington y de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología. Bajo el liderazgo de la Dra. Emmanuela Gakidou del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud (IHME por sus siglas en inglés). Un grupo de colaboración entre investigadores del IHME y de Centro de Investigación sobre Desigualdades en Salud Global (CHAIN por sus siglas en inglés) analizaron sistemáticamente 603 artículos publicadosentre 1980 y 2023 que contenía datos individuales de las dos variables de interes: nivel de escolaridad y mortalidad. Los artículos elegidos para la revisión sistemática y el metaanálisis incluyen más de 10 mil observaciones para 59 países. Aunque la mayoría son de países de altos ingresos, también incluyeron datos de países de ingresos medios y bajos. Los resultados obtenidos, dado lo robusto del análisis estadístico, son generalizables al mundo.

Como dicen los autores …la relación positiva entre una mayor escolaridad y una mejor salud era bien conocida antes de eseestudio…investigaciones previas habían demostrado …que un año adicional de educación materna reduce la mortalidad de niños menores de 5 años en 3.0%, y que cada año de educación paterna reduce este riesgo en 1.6%... En otras palabras, el efecto protector intergeneracional que otorgan las mujeres a sus hijos es más fuerte que el de los hombres. Sin embargo, hasta la fecha nadie había intentado identificar sistemáticamente la magnitud del efecto que tienen los años de escolaridad sobre el riesgo de mortalidad en adultos a nivel mundial.

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Las conclusiones del estudio son alentadoras: cada año de escolaridad reduce la mortalidad en mayores de 18 años en 2% y esto resulta independientemente de la edad, el sexo, la ubicación geográfica, el estado civil y el nivel socioeconómico de las personas. Esta relación dosis-respuesta entre nivel de escolaridad y mortalidad quiere decir que si aumentan los años de escolaridad, aumenta la protección que esta otorga a los individuos adultos para no morir, en comparación con los individuos que no estudiaron. En la gráfica se muestra que si los adultos mayores de 18 años completaron solo seis años de educación primaria tendrían un riesgo de morir prematuramente menor de 13%. Pero si alcanzaron los 12 años del siguiente nivel educativo, el riesgo disminuye 25%, y cuando llegaron al nivel de educación terciario o profesional (18 años) el riesgo de morir cae 34 por ciento. 

En la misma gráfica se observa que los beneficios de la educación son mayores para los jóvenes, pero que estos permanecen para los adultos mayores e incluso para los que cumplieron 70 años o más. Aún a esa edad todavía se benefician de los efectos protectores de la educación. Terminar estudios profesionales (18 años en la escuela) es altamente beneficioso para los adultos de 18 a 49 años (52% de protección); en los adultos de 50 a 59 años la protección desciende a 40%; para los de 60 a 69 años la protección es de 31% y para los de 70 y más años de 12 por ciento.

Dicen que los números son fríos y a veces incomprensibles cuando no se acompañan de equivalencias. En este estudio, para facilitar la interpretación, el grupo de investigación comparó los efectos de la educación con otros factores de riesgo. Por ejemplo, llevar una dieta saludable, no fumar y no beber demasiado alcohol, y encontraron que el resultado en salud era similar. Por ejemplo, el beneficio de 18 años de educación se puede comparar con el de comer la cantidad ideal de verduras, en lugar de no comer ninguna verdura. No ir a la escuela es tan malo como beber cinco o más copas de alcohol al día o fumar diez cigarrillos diarios durante 10 años. Así que todo bajo proporción guardada, pero la inversión en aumentar la escolaridad garantiza un efecto en la sobrevida de los niños menores de cinco años y también de los adultos.

El hecho de que los investigadores no hayan encontrado diferencias significativas en los efectos de la educación entre países que han alcanzado diferentes etapas de desarrollo, puede significar que más años de educación son tan efectivos en los países ricos como en los países pobres. Sin embargo, los problemas de acceso a mayor escolaridad siguen siendo la constante en un mundo tan desigual. Por más esfuerzos que hacen los países para elevar el promedio de años, la brecha del promedio de escolaridad en el mundo sigue siendo enorme. Mientras que en Suiza y Alemania el promedio de años de educación para jóvenes y adultos de 15 a 64 años de ambos sexos es cercano a 14 años, en Mali, Niger o Somalia sigue siendo menor de 2 años. 

En México la brecha de la escolaridad entre la CDMX (escolaridad promedio de 15 años en adultos) y Chiapas (escolaridad promedio de 7.7 años) se mantiene amplia. Para 2020 el INEGI reportó “…49.3% de la población de 15 años y más concluyó la educación básica, 24% egresó del bachillerato y 21.6% entró a la universidad. En inicio de la tercera década del siglo XXI más de 4 millones de mexicanos no tienen ninguna escolaridad…”

Estos rezagos por supuesto que afectan la salud y la sobrevida de los niños y adultos en todo el mundo y en nuestro país. El momento para revisar las políticas públicas intersectoriales y saludables no pudo haber sido mejor. Tenemos que refrendar el compromiso internacional para reducir la mortalidad prematura y aumentar la esperanza de vida saludable y aunque la educación no es la única estrategia posible para mejorar la salud y reducir las desigualdades, es una estrategia clave en los esfuerzos concertados para lograr sociedades más equitativas y saludables. 

*El autor es Profesor Titular del Dpto. de Salud Pública, Fac de Medicina, UNAM y Profesor Emérito del Dpto. de Ciencias de la Medición de la Salud, Universidad de Washington. Las opiniones vertidas en este artículo no representan la posición de las instituciones en donde trabaja el autor.

rlozano@uw.edu

rlozano@facmed.unam.mx

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