“En 1919, el término comunismo nos parecía una palabra buena, justa y llena de esperanzas”.

Arthur Koestler, El cero y el infinito.

En la primera parte de esta serie comenté sobre varias oportunidades desaprovechadas y varias estrategias fallidas, como resultado de tener una percepción distorsionada de la realidad. Analicé la irreflexiva entrada de Rusia a la Primera Guerra Mundial, las consecuencias de la pasividad francesa en el periodo de entreguerras y las expectativas infundadas del alto mando alemán sobre su fuerza aérea durante la Segunda Guerra Mundial.

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Es interesante analizar el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941. Japón había iniciado una serie de conquistas territoriales desde la década anterior. En 1931 invadió Manchuria, en 1937 inició la conquista de China, y en 1940 siguió la invasión a Tailandia e Indochina, lo que provocó que Estados Unidos  (EU) le decretara un embargo petrolero, que fue mermando sus reservas energéticas. El 7 de diciembre de 1941, Japón entró a la guerra contra EU, lanzando el ataque en Pearl Harbor.

Con este ataque sorpresivo, Japón causó severos daños a la flota norteamericana del Pacifico. Sin embargo, el alto mando japonés no tuvo una percepción realista de la situación. Nunca consideró que este ataque cambiaría la opinión pública norteamericana, que hasta ese momento se oponía a entrar a una guerra que no consideraba suya, y tampoco tomó en cuenta que había un número importante de barcos en alta mar, que pudieron regresar a Pearl Harbor a reabastecerse de combustible, ya que el alto mando japonés había decidido inexplicablemente no destruir la reserva de 4 millones de barriles de petróleo que EU almacenaba en ese puerto

En vez de quedar inmovilizada por varios meses, la flota norteamericana del Pacifico pudo recuperarse y en junio de 1942. A sólo seis meses del ataque japonés, los estadounidenses le causaron graves daños a la flota japonesa en la batalla de Midway —el punto de inflexión en la batalla del Pacífico. Se estima que, si los japoneses hubieran destruido los tanques de petróleo en Pearl Harbor, la Guerra del Pacifico se hubiera prolongado y el número de pérdidas para la marina estadounidense hubiera sido su sustancialmente mayor.

Japón, además de haber tenido un error de inteligencia militar y no destruir las reservas petroleras, tuvo una percepción errónea de la realidad, al haber menospreciado la capacidad de recuperación de su enemigo.

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Durante la época conocida como la Guerra Fría (1947 a 1989), la desconfianza, tanto de EU y sus aliados occidentales como la de la Unión Soviética, detonó una carrera armamentista que puso al mundo en riesgo del desastre nuclear en varias ocasiones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los dirigentes de los gobiernos aliados (EU, la Unión Soviética y Gran Bretaña) se reunieron en varias ocasiones. En la Conferencia de Teherán, a finales de noviembre de 1943, Roosevelt, Stalin y Churchill empezaron a fijar las reglas de política internacional que se impondrían al terminar la guerra. En esta conferencia, Roosevelt relegó a un segundo plano a Churchill y empezó a negociar directamente con Stalin. En la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, se acordó la división de Alemania entre las potencias aliadas. Roosevelt se sentía en deuda con la Unión Soviética por la exitosa contraofensiva del Ejército Rojo en el Frente Oriental, que contrastaba con el estancamiento del avance aliado en el Frente Occidental, por lo que cedió ante la presión de Stalin, aceptando la creación de una esfera de influencia soviética en Europa Oriental.

Años después, Roosevelt fue severamente criticado por su ingenuidad ante Stalin, y el término “Yalta” se convirtió en un sinónimo de traición para muchos políticos norteamericanos.

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Durante la Conferencia de Postdam de julio de 1945, Truman tomó el lugar de Roosevelt, quien había fallecido meses antes. De la ingenuidad inicial de los norteamericanos, se pasó a la desconfianza absoluta. Muchos temores se materializaron al finalizar la guerra, cuando el ejército soviético permaneció en los territorios que iba reconquistando. La manipulación por parte de Stalin de los procesos de elecciones en los países de Europa Oriental donde se crearon frentes populares, como fachada para imponer gobiernos comunistas, demostró que Roosevelt se había equivocado; su percepción sobre el stalinismo estaba distorsionada. Roosevelt no fue el único, muchos intelectuales de la época habían idealizado el comunismo, pensando que finalmente se había encontrado la solución al desempleo y a la desigualdad social. Varios se decepcionaron cuando conocieron la realidad del Stalinismo, como Arthur Koestler, en su ensayo El cero y el infinito, y George Orwell en su sátira Animal Farm, donde dijo: “Todos los animales son iguales, pero hay unos más iguales que otros”.

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La desconfianza predominó en las décadas siguientes. El Telegrama Largo, escrito en febrero de 1946 por George Kennan, que se convertiría en una de las teorías básicas de los estadounidenses durante el resto de la Guerra Fría, proponía una política de inflexibilidad con la Unión Soviética, ya que, “además de una amenaza estratégica, era una amenaza ideológica”. Un mes después, en marzo, Churchill, en su famoso discurso en Fulton, Missouri, popularizó el término la “Cortina de Hierro” para referirse a la barrera imaginaria que separaba al régimen comunista, donde manifestó que los países de Europa Central y Oriental que quedaron en la esfera soviética: “Están sometidos a altísimas y crecientes medidas de control por parte de Moscú, cuyos líderes nada admiran más que la fuerza y nada respetan menos que la debilidad”.

Por su parte, los soviéticos respondieron con el Telegrama Novikov, que sostenía que EU usaba su monopolio en el mundo capitalista para desarrollar una capacidad militar cuyo objetivo era limitar y debilitar la influencia soviética e imponer su voluntad.

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Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrascaron en conflictos continuos para aumentar sus zonas de influencia, como el bloqueo de Berlín por parte de la Unión Soviética (1948), la Guerra de Corea (1950-1953), la construcción del Muro de Berlín (1961), la crisis de Cuba (1962), la Guerra de Vietnam (1964-1973), los recurrentes conflictos en el Medio Oriente (1956, 1967 y 1973) y la invasión soviética de Afganistán (1979-1989). Además, iniciaron una carrera para imponer dictadores en diversos países latinoamericanos y africanos. Esta carrera, cuyo único propósito era impedir al bando contrario aumentar su influencia, no tenía ninguna consideración ética, como lo muestra la afirmación atribuida por algunos al presidente Roosevelt y por otros al presidente Truman, con relación al dictador Somoza en Nicaragua: “He is a bastard, but he is our own bastard”. La lucha sin miramientos por el control político por parte de ambas potencias puso al mundo en constante amenaza.

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Algunos analistas afirman que, con la muerte de Stalin en 1953, se abrió una ventana de oportunidad para ponerle un freno a la carrera armamentista entre la Unión Soviética y EU, misma que fue desaprovechada por el presidente Eisenhower (sucesor de Truman), quien, asesorado por su secretario de Estado, John Foster Dulles, se dejó llevar por la desconfianza.

El sucesor de Stalin, Nikita Khruschev, buscó introducir una serie de reformas para reactivar la industria y la agricultura, liberó a millones de personas del trabajo forzado e impulsó el cese de fuego de la Guerra de Corea.

Existe un debate entre historiadores sobre este tema. No es tan claro que esa ventana de oportunidad fuera real, ya que la intención de Khruschev de reformar el sistema comunista no sobrevivió ante la primera señal de rebeldía de miles de ciudadanos de Alemania Oriental, que en junio de 1953 salieron a las calles para exigir la renuncia del gobierno comunista de Berlín. La respuesta de Khruschev fue contundente, al enviar tanques soviéticos para frenar el movimiento civil.

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Se afirma que a partir de ese momento terminó la etapa reformista del líder comunista y se fue extinguiendo la esperanza de cambio para los habitantes del bloque comunista. Sin intención de resolver este debate entre historiadores, vale la pena hacer un planteamiento válido en la época actual: ¿es la desconfianza un factor que distorsiona la percepción de la realidad, cuya consecuencia es la pérdida de oportunidades y las estrategias fallidas?

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En la tercera y última parte de esta serie, analizaré la caída del bloque soviético y la sorpresa que este hecho provocó en la mayoría de sus líderes. Comentaré sobre Mijail Gorbachov, un personaje controversial que pudo ver con realismo los errores del sistema soviético y que logró obtener la confianza de los países occidentales, pero cuya percepción idealizada del comunismo le impidió anticipar su derrumbe. Concluiré con algunos ejemplos recientes, donde visiones distorsionadas de la realidad impiden generar soluciones viables o terminan siendo estrategias fallidas.