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Estamos construyendo
“Nos abrimos al mundo pero seguimos viéndonos el ombligo”, le escuché hace poco a Mayela Córdoba, responsable de la cobertura de energía en Reforma.
“Nos abrimos al mundo pero seguimos viéndonos el ombligo”, le escuché hace poco a Mayela Córdoba, responsable de la cobertura de energía en Reforma. Tiene razón: entre la novedad de las rondas, las subastas de largo plazo, las temporadas abiertas, las gasolineras multicolor y nuestros prejuicios ideológicos, los mexicanos no nos hemos detenido a darnos cuenta de lo extraordinario del momento desde una perspectiva comparada.
Hay muchas maneras de llegar a esta conclusión. A mí me cayó el veinte leyendo la columna del viernes pasado de David Brooks, en el NYT. En ella, recuerda melancólicamente que Estados Unidos “solía construir cosas”. Se refiere a instituciones, desde el Servicio Forestal hasta la Reserva Federal, pasando por los Boy Scouts. Los grandes hombres como Benjamin Franklin, Brooks sostiene, son constructores de instituciones. Franklin ayudó a fundar la Universidad y el Hospital de Pennsylvania, el Departamento de Bomberos de Filadelfia, y la American Philosophical Society, entre otras.
En contraste, siguiendo su argumento, hoy hay grandes empresas que hacen historia. Pero no muchas grandes organizaciones cívicas nuevas. Estados Unidos, igual que otros países líderes, ha dejado de ser un constructor de instituciones.
En energía, México contrasta agudamente con esta realidad. Aquí hay siete instituciones federales que, o se han transformado al punto de ser casi irreconocibles con respecto al pasado, o son completamente nuevas: el Fondo Mexicano del Petróleo, la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA), la Comisión Nacional de Hidrocarburos, la Comisión Reguladora de Energía, la Comisión Federal de Competencia Económica, el Centro Nacional de Control de Gas Natural y el Centro Nacional de Control de Electricidad.
El Congreso, además, ha creado una comisión especial para el seguimiento a los órganos reguladores del sector. Varios estados han creado secretarías o comisiones de energía.
Hay más. La industria petrolera creó una asociación, la Amexhi, para compartir y promover las mejores prácticas internacionales. Tanto el ITAM como el ITESM tienen nuevos centros de energía. El intenso nivel de actividad y profundidad análisis sobre temas energéticos mexicanos en think tanks como el Wilson Center, el Atlantic Council, el Baker Institute, el Institute of the Americas, o el Comexi, el IMCO y el CIDAC en su momento, también es una novedad. La OCDE ha dedicado un grupo entero a analizar a nuestros reguladores. Hay una serie de conferencias y grupos que, en su nicho, se están volviendo “institución”. Es una lista impresionante —y seguro estoy omitiendo, sin querer, a varios esfuerzos de gran impacto.
Se puede contrastar para minimizar. Hay que reconocer que la creación de la ASEA no se compara en escala con la creación del Instituto Mexicano del Seguro Social. La del Fondo Mexicano del Petróleo no se compara con la del Banco México, de quien de alguna forma depende. Los nuevos centros de energía aún palidecen en contraste con el tamaño y relevancia del Instituto Mexicano del Petróleo o el Instituto de Investigaciones Eléctricas. A pesar de ser un sector con un impacto igual de transversal en la economía, la Amexhi todavía no tiene el peso de la Asociación de Bancos de México.
Este tipo de escepticismo, sin embargo, pierde de vista el punto central. Podemos discutir qué tan influyente es cada nueva organización individualmente. Pero es indiscutible que, en conjunto, es algo nuevo y emocionante; hemos creado, cuando menos, una institución.
Brooks especula que la falta de creación de nuevas instituciones en Estados Unidos se puede deber a “falta de fe en el futuro, falta de expertise en la creación de instituciones y un sentido general de aislamiento y fragmentación”.
Por contraste, la creación de nuevas instituciones energéticas en México debe denotar nuestra fe en el futuro (al menos en energía), confianza en nuestra capacidad para crear instituciones, un sentido general de apertura y deseo de formar parte del mundo. ¿Ya nos dimos cuenta?
En este contexto, de instituciones, nuestras preferencias entre continuidad y cambio son de lo más reveladoras. ¿Quién vamos a elegir ser cuando tengamos que decidir?

