Washington, DC.- Para Estados Unidos ha sido una calamidad que la coincidencia este año de dos tragedias nacionales (la crisis de la COVID‑19 y el legado de racismo del país) haya encontrado la Casa Blanca ocupada por una persona inestable y totalmente inepta para gobernar.

Hasta ahora, el resultado de la incapacidad del presidente Donald Trump para enfrentar la pandemia ha sido más de 112,000 muertes, una de las mayores tasas mundiales de mortalidad per cápita por Covid‑19, mientras el coronavirus todavía se está extendiendo a áreas antes no afectadas. La crisis sanitaria también provocó la peor desaceleración económica en Estados Unidos desde la Gran Depresión de los años treinta.

Por la manera que se han desarrollado los acontecimientos, no es exagerado decir que el experimento estadounidense (que el mes próximo cumple 244 años) está en serio peligro, incluso más que durante la crisis constitucional causada por el escándalo de Watergate, en la década de los 70. La pandemia ha coincidido con la última de una larga serie de escándalos raciales, y el país explotó.

Millones de estadounidenses confinados presenciaron una y otra vez el asesinato a sangre fría de un hombre negro desarmado y esposado, George Floyd, a manos de cuatro policías de Minneapolis. Uno de ellos, Derek Chauvin, mantuvo el cuello de Floyd presionado con su rodilla durante casi nueve minutos como si no pasara nada, hasta que Floyd perdió la conciencia; otros dos se le sentaron en la espalda, lo que lo privó aun más de oxígeno; el cuarto miraba y mantenía a raya a los horrorizados espectadores mientras Floyd, luchando por su vida, imploraba que lo dejaran respirar.

El asesinato de Floyd sacudió la conciencia del país. Presentó a los estadounidenses una imagen inequívoca del verdadero significado de la “brutalidad policial”. Tras semanas de encierro por las medidas de cuarentena y distanciamiento social, la población había acumulado energía reprimida, y las grabaciones de la muerte de Floyd la liberaron. Las protestas comenzaron en Minneapolis al día siguiente y pronto se extendieron por todo el país, con decenas de miles de participantes de todas las razas y edades.

Aquellos que cometieron actos de violencia, saqueo y vandalismo (incluida la quema de autos policiales) fueron un cebo para Trump, cuya forma de hacer política se basa en provocar la indignación de sus partidarios. Con su retórica nixoniana de “la ley y el orden” intentó borrar la distinción entre los violentos y los mucho más numerosos manifestantes pacíficos.

Como siempre, el procurador general de los Estados Unidos William Barr se apresuró a ayudar a Trump a explotar la situación y acumular más poder. Como la ciudad de Washington no es un estado, Trump y Barr pudieron imponer una solución propia con total libertad. Apelaron a diversas guardias nacionales de los estados, a brazos militarizados de agencias federales y, lo más preocupante, a algunas fuerzas no identificables. Washington se convirtió en una ciudad bajo ocupación.

Trump quiere proyectar una imagen de tipo duro, y es autoritario hasta la médula. Pero cuando los manifestantes colmaron los alrededores de la Casa Blanca, decidió (o al menos eso dijo) que era hora de “inspeccionar” el mastodóntico búnker subterráneo de la presidencia. Sin embargo, la Casa Blanca misma ya era un búnker antes de eso: durante el caos que siguió al asesinato de Floyd, la altura del vallado que la rodea se extendió a casi el doble. Fiel a su vocación de agitador, Trump tuiteó que si los manifestantes atravesaban el vallado “los hubieran recibido los perros más feroces y las armas más peligrosas que yo haya visto”.

Otro hecho que sacudió la conciencia nacional fue el muy inquietante uso de la fuerza para expulsar a manifestantes pacíficos de la plaza Lafayette, frente a la Casa Blanca (una violación de sus derechos por la que al principio Barr se atribuyó el mérito). Asesores de Trump no muy brillantes (entre los que se destacan su hija Ivanka y su yerno Jared Kushner) tuvieron la idea de que, a modo de declaración política, Trump atravesara a pie la plaza hasta la iglesia de San Juan, cuyo subsuelo había sido incendiado. Pero no se les ocurrió pensar qué haría una vez allí. Torpemente, Trump se limitó a agitar una Biblia (que por momentos sostuvo al revés) para que le sacaran fotos que sólo consiguieron hacerlo parecer tonto.

Además, la propuesta de Trump de llenar las ciudades estadounidenses de tropas en servicio activo provocó un rechazo generalizado. Uno tras otro, numerosos ex oficiales militares de alto rango (incluido James Mattis, el general de los Marines retirado que ocupó la secretaría de Defensa hasta el año pasado) criticaron abiertamente al presidente. Mattis, que se declaró “furioso y horrorizado” ante la idea de usar fuerzas militares para reprimir las manifestaciones, dijo que los estadounidenses estaban “presenciando las consecuencias de tres años sin un liderazgo maduro”.

Pero quienes vieron en esas declaraciones una señal de que la presidencia de Trump comenzaba a desintegrarse no tuvieron en cuenta la continuidad de la lealtad de los republicanos. Puestos a elegir entre Mattis y Trump, casi todos los republicanos electos se quedaron con el presidente. Tras años de defenderlo, compartir muchas de sus ideas y haberse vuelto dependientes de Trump y de sus donantes, no estaban dispuestos a darle la espalda, aun sabiendo que las últimas encuestas indican que es posible que pierda la elección de noviembre (y los arrastre en su caída).

Si bien el levantamiento nacional contra la violencia policial racista generará algunas reformas, por ejemplo, mejoras en el entrenamiento y la prohibición de usar maniobras con estrangulamiento o sujeción por el cuello como la que mató a Floyd, una mera reconsideración del papel de la policía (por más radicales que sean los resultados) no eliminará el racismo, el enorme estigma que dejó en Estados Unidos la adherencia de los padres fundadores al esclavismo.

Nada pueden hacer los gobiernos en relación con las ofensas que cada día padecen las personas negras en Estados Unidos: los taxis vacíos que no paran, que las confundan con empleados en los supermercados, la infinidad de insultos intencionales o no. Muchos de los que salieron a las calles no estarán satisfechos a menos que el resultado de este espasmo nacional sea una mejora de la educación, la atención médica y las oportunidades laborales para las minorías: un trato justo para los negros. ¿Qué pasará cuando Estados Unidos le falte una vez más a los valores que profesa?

El autor

Elizabeth Drew es una periodista con sede en Washington y autora de Washington Journal: Reporting Watergate y Richard Nixon’s Downfall.

Traducción: Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020.

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