Esta es una invitación a la mesura. O una recomendación para buscar psicoanalista. He escuchado en reuniones entre desconocidos comentarios sobre la posibilidad de matar al presidente Andrés Manuel López Obrador o lastimar a los simpatizantes de su movimiento político. En ningún caso me han parecido comentarios graciosos, aunque sus autores después los hayan matizado como supuestos chascarrillos. ¿Cómo llegamos a esta elocuencia verbal en público? ¿En qué momento se perdió la moderación y expresar el deseo de matar al presidente —o a quien sea—puede hacerse tan a la ligera?

Delimito de inmediato el espacio de mi sorpresa: hablo de encuentros públicos con profesionales de industria. No quiero sonar ingenuo: las redes sociales en internet ofrecen un catálogo ominoso de amenazas, injurias y promesas de exterminio. Eso ya lo sabemos. La negatividad es parte de la dinámica propia de las redes sociales (quien quiera profundizar, le sugiero el nuevo libro de Jaron Lanier). Lo nuevo para mí es la facilidad con la que ahora escucho sobre la posibilidad de matar al presidente en reuniones que yo esperaría serias y de personas ilustradas o, cuando menos, informadas. Nunca escuché ese tipo de comentarios antes del triunfo de López Obrador a la Presidencia de México.

Hace unos días escuché a un ingeniero empleado de un banco transnacional decir que quiere matar al presidente con una escopeta de caza: “El mejor uso para estos 30 gramos”, dijo con altanería mientras situaba su índice entre los ojos. No tengo su nombre. Y espero que él tampoco tenga el mío. Otro promotor de esta violencia —por lo menos discursiva— fue un investigador digital. “Me encantaría atropellar campesinos y más si son gente de Morena”, soltó frente a desconocidos como yo, que me encontraba en la misma mesa que él en un evento.

La cordura presenta mucha fragilidad cuando se revuelve con la víscera. Puedo entender el desacuerdo con el nuevo presidente y sus acciones de gobierno —yo nunca lo estuve con Peña Nieto— o el rechazo a sus partisanos, a sus cuadros operativos, a la mística que pretende transmitir. Puedo encontrar lógica en el temor de algunos ciudadanos, como el ingeniero de esta historia, por una supuesta “venezolización” de México —con toda la carga prejuiciosa y peyorativa del concepto— o en la molestia del investigador digital por la tradición del lopezobradorismo de tomar calles y plazas públicas.

He escuchado a personas que por lo general se desenvuelven con sensatez calificar a quienes votaron por López Obrador —a todos— como zombis y al mismo tiempo exigir respeto a sus propios cargos. ¿En qué quedamos?

No soy partidario de la corrección política ni de la autocensura. Quienes me conocen saben que me gusta el comentario ácido, malaleche y muchas veces impertinente. Lo que hallo aquí es ausencia de mesura, de moderación, de pensar lo que se va a decir antes de decirlo. Entiendo el contexto en que sugerir el atropellamiento masivo pueda funcionar en una charla entre amigos, en privado, donde hay confianza, ¿pero en un encuentro con gente que no se conoce?

Atravesamos una zona de alta turbulencia ideológica, entre posiciones que parecen irreconciliables. Falta madurez —e incluso experiencia— para diferenciar e identificar interlocutores. En algunos casos es más un problema para el psicoanálisis. Se racionaliza la molestia y el temor, cuando en el fondo —como piensa Slavoj Zizek— se oculta algo mucho más básico: la confrontación del goce propio contra el goce ajeno, el goce extraño, el “conflicto irresuelto de lo real de nuestro deseo”. ¿Qué es lo que se pone a prueba que hace reaccionar con violencia y sin mesura? ¿Qué reactiva o hace surgir el lopezobradorismo?

JoséSoto Galindo

Editor de El Economista en línea

Economicón

Periodista. Desde 2010 edita la versión digital de El Economista en la Ciudad de México. Maestro en Transparencia y Protección de Datos Personales por la Universidad de Guadalajara. Tiene especialización en derecho de las telecomunicaciones y las tecnologías de la información. Su blog personal es Economicón.