Albert Camus describe en La Peste que una enfermedad psicológica siempre acompaña a la patología física; la infección no acaba en el cuerpo.

Los líderes de Estado se encuentran en la zona cero de la pandemia. Muchos fallan en las predicciones y pocos aciertan en las reacciones. “Nadie lo vio venir. Ni nosotros ni ningún otro país. No hay más que ver lo que está pasando en Reino Unido, en Estados Unidos. A posteriori, todo se ve muy claro”, señala un ministro español al diario El País (29 de marzo).

Confinamientos tardíos, escasez de pruebas o minimización de la gravedad del coronavirus. En todo el mundo ya se escuchan críticas a los gobiernos por no haber tomado decisiones necesarias para minimizar el azote del Covid-19.

“No hay suficiente dinero, suficientes pruebas, suficientes equipos de protección (...) Todos en los hospitales estamos expuestos”, denuncia Andrew, un interno en psiquiatría en Nueva York, a la agencia de información AFP.

“Hay gente a la que podríamos salvar, pero que se está muriendo porque no hay suficientes camas en las unidades de terapia intensiva”, cuenta Sara Chinchilla, doctora en un hospital de Madrid (AFP).

Las decisiones de los gobiernos antes del brote están en la mira de todos: en España por haber prohibido tardíamente las grandes reuniones, en Francia por la escasez de mascarillas, en Reino Unido por la tardía toma de conciencia del primer ministro, Boris Johnson, que a principios de marzo daba la mano a todos en los hospitales.

La sociedad global se está acostumbrando a observar durante varias veces al día los tableros que cuantifican las muertes del coronavirus y las redes sociales se han convertido en un vertedero escatológico.

Por lo anterior, se requieren políticos que logren comunicar con claridad la realidad sobre el paso del coronavirus. “La otra obsesión de Pedro Sánchez es que los españoles vean que ha tomado las riendas; que hay un comandante en jefe”, escriben los periodistas C. Pérez y C. E. Cué en El País (29 de marzo).

Ambos periodistas revelan que el presidente de España dedica mucho tiempo a diseñar sus estrategias de comunicación; cuenta con un equipo numeroso que le elabora sus discursos y le prepara la puestas en escena. “El presidente aparece estos días cansado, con un aire prematuramente envejecido: es el precio que se paga por vivir de cerca ciertas revelaciones; por tomar decisiones de gran calado”, escriben Pérez y Cué.

En México, es el momento de Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores. El año pasado escribí en este espacio que Ebrard es el secretario con el mejor perfil político y, agregaría, el que mejor comunica del gabinete.

Para el presidente López Obrador, los temas exógenos de su agenda le incomodan. Su perfil es el de un presidente-candidato que siempre anda de gira. No es fácil que los asimile con prontitud ni mucho menos que exponga soluciones a los problemas.

El coronavirus será un referente de manejo de crisis a nivel global porque genera marcos comparativos; dimensiona a los líderes frente a la misma enfermedad. Es como si pudiéramos medir con la misma escala a todos los presidentes y jefes de Estado.

Al presidente López Obrador le convendría delegar en Ebrard la conducción de la crisis. Es el apropiado para dar los mensajes necesarios para que la población actúe como parte de la solución. La credibilidad del subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, se fisuró el día que se le ocurrió mencionar el protagonismo del imperio de la fuerza moral.

Desde el fin de semana, Marcelo Ebrard ha aparecido en conferencias nocturnas sobre el coronavirus, pero el presidente no ha comunicado que él será el líder en el manejo de crisis. Es el tiempo de hacerlo, antes de que sea demasiado tarde.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.