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Equilibrio entre lo social y lo económico
En el 2001, el Infonavit emprendió una profunda transformación para lograr niveles de eficiencia ?y rentabilidad iguales a una empresa privada.
Lo anterior, sin olvidar el sentido social que le dio vida hace 40 años. Se aprendió que la fortaleza financiera ayuda a lograr objetivos sociales.
¿Procurar la solidez financiera está reñido con el enfoque social que debe guardar una institución de carácter público? Claramente, la respuesta es no. No sólo son principios complementarios, sino que el primero es requisito indispensable para la viabilidad de largo plazo de cualquier política social.
En el 2001, el Infonavit emprendió una profunda transformación para lograr niveles de eficiencia y rentabilidades iguales o superiores a los de cualquier empresa privada, pero sin olvidar el sentido social que le dio origen hace 40 años. Este proceso nos dejó varias lecciones; quizá la más importante fue darnos cuenta de que la fortaleza financiera es el primer paso para lograr objetivos sociales.
Hay que recordar que el Infonavit no administra recursos públicos, sino el ahorro de millones de trabajadores que conforma el Fondo Nacional de la Vivienda.
Como Instituto, tenemos dos mandatos muy claros: otorgar financiamiento para que los trabajadores resuelvan necesidades de vivienda y pagar rendimientos competitivos al ahorro acumulado en la subcuenta de vivienda.
Durante los primeros 20 años de vida del Instituto, los créditos se otorgaban a tasas de 4% nominal, en ocasiones, por montos muy superiores a la capacidad real de pago de los trabajadores sin que existiera una estrategia que asegurara el retorno de esos recursos; lo anterior, en un entorno económico claramente adverso de crisis recurrentes, devaluaciones e inflaciones de al menos 40 por ciento.
El millón de trabajadores que pudo acceder a un financiamiento en aquellos años claramente se benefició, pero el resto, millones de ahorradores, vio cómo sus recursos se pulverizaron. Esto equivale a privatizar los beneficios y socializar las pérdidas.
Esta situación se corrigió con la reformas de los 90, que integraron al Infonavit al Sistema de Ahorro para el Retiro, estableciendo la obligación de retribuir a los ahorradores.
Fue a partir del 2001, una vez saneadas las finanzas del Instituto, que se pudo incrementar de manera sustancial el ritmo de otorgamiento de crédito, se pagaron rendimientos reales a la subcuenta de vivienda y se emprendió una estrategia en aras de la calidad de vida.
En la coyuntura actual, en la que el Infonavit está por hacer realidad el sueño de abatir el rezago de vivienda asociado a su derechohabiencia, reduciendo de manera importante su operación y, en consecuencia, acumulando una importante cantidad de recursos, podría presentarse la tentación de relajar las políticas de crédito y cobranza, con el legítimo propósito de beneficiar a los trabajadores.
Pero lo que estaríamos haciendo sería repetir los mismos errores del pasado, poniendo entredicho la viabilidad futura del Instituto.
No cabe duda de que el futuro abre nuevas perspectivas al Instituto; en el seno de los órganos de gobierno deberemos plantear el mejor camino a seguir. Pero sin importar cuál sea el rumbo que siga el Instituto, se deberá mantener el difícil pero indispensable equilibrio entre lo social y lo económico; sólo así garantizaremos la viabilidad del fondo nacional de la vivienda, es decir, el ahorro de millones de trabajadores.
@vmborras / www.bajounmismotecho.mx