La mayor parte de los asistentes está de pie. La tensión se siente, contagia. El proceso avanza hasta conseguir que bullicio se diluya en un silencio absoluto. Transcurren unos segundos, los necesarios para que el golpe del martillo determine el final: Frida y el Diego que ocupa su mente, han pasado a manos de Eduardo Francisco Constantini, fundador del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA).

Para algunos, los 34.9 millones de dólares pagados por la colección de arte argentina hablan de una suerte de restitución, algo así como una reafirmación que llega después de más de cinco décadas de luchar por un sitio que no acaba de concretarse: ¿Gran artista o ícono pop?, ¿talento innato o el influjo de Rivera?, ¿surrealista?, ¿orgullosamente mexicana?

Para los seguidores de la pintora, el martillazo de Sotheby’s sirvió de estocada final. Cayó como el gol escenográfico que decide la victoria.

“Diego y yo” de 1949, fue uno de los últimos autorretratos de busto de Kahlo. Pequeño (30 x 22.4 cm), pero monumental en el discurso, la pintura es un manifiesto de la obsesión de la artista por Rivera y del martirio emocional que, para entonces, le traspasaba los límites del alma y se le adhería al cuerpo, con el firme propósito de diezmarlo y corroerlo.

Es posible afirmar que la contundencia de la imagen de una Frida dañada y llorosa se deba a la sensible cualidad de auto observación de su ejecutora. Sólo hay que verlo: el cuadro duele, nos hace partícipes, casi cómplices del lamento de una mujer que se percibe y juzga con una honestidad que roza en lo incómodo. Al igual que muchos seres, la creadora se aferró a las circunstancias y las vivió hasta que la muerte se le apareció en el intento de subsistir. Quizá sea por eso que a la artista nunca le entusiasmó que André Bretón la alineara al interior de la vertiente surrealista: mis cuadros no son sueños, afirmaba, —quizá deseando enunciar lo contrario—, son pura vida. Son mi vida.

Hubiera sido interesante presenciar la reacción de Frida Kahlo de cara al contundente posicionamiento de su obra en los mercados, escuchar su opinión sobre la fridomanía, que tan bien impulsó la cantante Madonna y consiguió estampar su rostro en tantas playeras como el famoso semblante del Che Guevara. Ensombrecida por la enorme figura de Diego, confundida entre facciones políticas, relaciones —casi siempre disparejas e inconvenientes— y limitada a un entorno creativo, en su mayoría masculino, Frida siempre ha implicado más mito que certeza.

A pocos días de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la vida y la obra de Frida Kahlo deberían reconsiderarse, releerse. Ser objeto de nuevas reflexiones y más profundas interpretaciones. ¿Está siendo Frida reivindicada? ¿rescatada del lugar de víctima y dolor que le ha conferido la historia?

Me atrevo a afirmar que aún no. Mientras que en México prevalezca la violencia de género y se cometan más de once feminicidios al día, no caben las reivindicaciones.

Linda Atach Zaga

Historiadora de arte

Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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