En un comité mensual de economistas en el que participo, mencionamos, mitad en broma, que por décadas habíamos estado pregonando de que la inflación de México debería converger hacia la de Estados Unidos. Pues bien, en octubre por fin se logró, ¡pero a la elevada tasa de 6.2% anual! En efecto, los dos países se encuentran expuestos a una fuerte dinámica al alza de los precios. Una razón común que se ha esgrimido en los dos casos, son los choques de oferta sufridos como consecuencia de la pandemia que han generado serios cuellos de botella en varias cadenas de suministro lo cual ha presionado la inflación al alza.

Las autoridades monetarias de ambos países han señalado que los choques de oferta son temporales, por lo que la inflación que se observa es transitoria. En Estados Unidos afortunadamente se alejan cada vez más de esa narrativa, reconociendo que el argumento de la temporalidad de la inflación ya no tiene cabida y que la política monetaria tiene un rol para encauzar las expectativas, aunque sea ante choques de oferta. En México ya tampoco deberíamos de hablar de inflación transitoria que se “corrige por si sola”.

La Reserva Federal adoptó un proceso de dos pasos: primero, reducirá el ritmo de su adquisición de bonos (el tapering) inyectando menor liquidez. Luego, hacia fines de 2022 iniciará con un ciclo de alzas de su tasa de interés objetivo.

El Banco de México en sus cuatro últimas decisiones de política monetaria ha incrementado la tasa en cada ocasión en 25 puntos base para situarla en 5% el 11 de noviembre. Los dos primeros aumentos con una votación de 3 a 2 y los dos últimos de 4 a 1. El voto disidente consistentemente ha sido el del subgobernador Esquivel. Cuando la Junta de Gobierno decidió unánimemente en su reunión del 13 de mayo dejar la tasa en 4%, la inflación esperada por el propio Banco para el año era 3.6 por ciento. Ahora, en su última decisión, la inflación anticipada para 2021 es de 6.8 por ciento. Entonces, lo que defiende Esquivel es que, con esa inflación esperada, la tasa debería ser 4%, ya que desde el 13 de mayo ha votado por dejarla en ese nivel. Claramente hay una inconsistencia en el modelo de Esquivel, pues una tasa de 4% se alinea para él tanto con una inflación de 3.6% como de 6.8 por ciento. La mayor corrección en su postura fue la de la subgobernadora Galia Borja, pues cuando votó el 30 de septiembre por incrementar la tasa a 4.75%, lo hizo desde una postura previa de voto de 4 por ciento. Varios hemos argumentado que el último ajuste debió haber sido mayor para mostrar más firmeza en el compromiso de controlar la inflación, que ya es un problema serio.

Arturo Herrera asumirá como gobernador del banco central (pronto será ratificado por el Senado), enfrentando ese grave entorno de inflación. No se conoce su posición sobre la política monetaria, y algo emergerá de su comparecencia si los senadores le hacen las preguntas pertinentes. Se ha especulado que se podría formar una coalición en la Junta de Gobierno entre Herrera-Borja-Esquivel como “palomas” vs. los dos restantes “halcones”. Pero eso está por verse, en la banca central como en el futbol también hay sorpresas.

Twitter: @frubli

Federico Rubli Kaiser

Economista

Revista IMEF

Economista egresado del ITAM. Cuenta con Maestría y estudios de doctorado en teoría y política monetaria, y finanzas y comercio internacionales. Columnista de El Economista. Ha sido asesor de la Junta de Gobierno del Banxico, Director de Vinculación Institucional, Director de Relaciones Externas y Coordinador de la Oficina del Gobernador, Gerente de Relaciones Externas, Gerente de Análisis Macrofinanciero, Subgerente de Análisis Macroeconómico, Subgerente de Economía Internacional y Analista.

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