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Opinión

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¿En qué momento inició la destrucción de la democracia en Bolivia?

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

La respuesta es sencilla. El 21 de febrero de 2016 Bolivia entraría a una zona de descomposición institucional de la cual, cinco años después, no ha logrado salir.

Evo Morales perdió el referéndum constitucional en el que 2,682,517 bolivianos le indicaron que no lo querían volver a ver en una boleta electoral presidencial. Por el contrario, 2,546,135 personas le indicaron que sí lo querían ver compitiendo por la presidencia de su país.

Se podrá decir que la diferencia fue mínima: 136,382 votos. Una derrota honorable para un presidente que llevaba gobernando una década. La democracia requiere de las matemáticas en favor de la racionalidad.

Pocas horas después del referéndum, en conferencia de prensa, Evo Morales declaró: “Somos muy respetuosos. El pueblo boliviano especialmente el MAS (Movimiento al Socialismo, su partido) y los movimientos sociales son muy respetuosos a los resultados de cualquier proceso electoral  y acto democrático. Saludar al pueblo boliviano por esta votación democrática”.

Finalmente, Morales y su partido MAS no respetaron el resultado.

Si Evo Morales hubiera respetado las reglas del juego, hubiera salido de la presidencia como un gran presidente. Hubiera recibido miles de invitaciones en todo el mundo para que explicara la fórmula de su éxito.

Pero Morales eligió el camino contrario. Desacató la voluntad del 51.3% de la población. Para Morales, lo mejor era obedecer el 48.7% de la población, extrapolar la cifra y seguir gobernando solo para 2,546,135 personas. 

Una analogía futbolera sería la siguiente: las Chivas ganan al América 1-0 en el minuto 90. El partido termina, pero el equipo derrotado no reconoce el resultado. Le piden al árbitro que debe de agregar otros 45 minutos porque, simplemente, el resultado no les gustó. Los jugadores de las Chivas se van al vestidor pensando en su victoria. El árbitro cede e la presión del entrenador del América y entrega la victoria a este equipo.

Luis Arce, presidente de Bolivia, llegó a México al inicio de esta semana quejándose de un complot contra Morales en 2019. Mencionó al dueño de Tesla Elon Musk como parte del mismo, y señaló el litio como objetivo del supuesto golpe. Pero no dijo nada sobre la razón por la que inició la crisis democrática de su país.

La memoria es el peor enemigo de los políticos con pasado oscuro. En 2019 la crisis se tradujo en muertes. El principal sindicato de Bolivia, que durante más de una década apoyó a Morales, se lo retiró. Desde el Vaticano el papa Francisco envió también un mensaje a Morales. Y sí, también los militares. El pacto democrático era que Morales ya no se presentara. Lo violó Morales.

Luis Arce habló en Palacio Nacional como si su cultura fuera democrática. Un estadista con altura de líder legítimo con capacidad de señalar a Elon Musk como golpista sin mostrar una sola prueba. La apuesta a la desmemoria o a la ignorancia es común entre los populistas.

Arce es cómplice de la ruptura del pacto democrático en su país. No puede ser reconocido como demócrata en ningún país con cultura democrática.

@faustopretelin

Los muertos que generó la inestabilidad política de 2019 no hubieran sido contabilizados como tales si Evo Morales hubiera respetado el resultado del referéndum.

Una especie de QAnon ha poblado el mundo. Lo mismo asalta el Capitolio de Washington, como también condecora a Morales como ejemplo de la democracia.

Peligroso escenario donde las matemáticas ya no son tomadas en cuenta por los populismos. Se trata del régimen oclocrático, donde la masa emite mensajes que los presidentes quieren escuchar.

Así nació la crisis en Bolivia. Evo Morales votó por él mismo.

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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