El 17 de abril de 1695, contagiada de tifo, murió en el convento de San Jerónimo, en la ciudad de México, la célebre Juana de Asbaje y Ramírez Santillana, mejor conocida como sor Juana Inés de la Cruz. Cuentan algunos de sus biógrafos que, aunque le daba por quitarse la edad aparentando olvido, vivió cuarenta y seis años, cinco meses, cuatro días y cinco horas.

Otros investigadores, escurriendo el bulto, pero con un gran sustento académico, años de prestigio y prestigio adecuadamente grandioso, (como Octavio Paz), prefirieron hablar de su nacimiento y así comenzar el sembradío de enigmas que siempre rodearon a Sor Juana.

La primera fecha de su nacimiento, por ejemplo, se estableció el 12 de noviembre de 1651. En Las trampas de la fe, la mejor biografía escrita sobre la monja jerónima Octavio Paz calculó que había nacido tres años antes y no hubo manera de comprobar nada: en la Nueva España del siglo XVII no se acostumbraba a registrar a los hijos naturales y Sor Juana lo era. La ilegitimidad fue pues, otra de las muchas cargas que hubo de sobrellevar.

El dolor de la bastardía dejó de escocerle pronto y aunque nunca dejó de ser un lastre no la sumió en una horrible inmóvil desesperación. Al contrario: Juana Inés, que dicen era muy bella, tenía cierto desprecio por la vida hogareña y decidió no cumplir un destino conyugal, ignorar el dolor del abandono y no azotarse por ello. Más bien apostó todo para nunca cancelar la vida intelectual que verdaderamente anhelaba.

Pero, aunque pareciera todo solucionado, su vida nunca fue sencilla. Nacida con el nombre de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana en San Miguel de Nepantla, Amecameca dijeron fue hija de padre vasco y madre mexicana.

El destino le marcó vivir una época en que la literatura nacional era copia, más o menos fiel, de la española (de hecho, hasta hoy se habla de “culteranismo”, un estilo que se agudizaba y resultaba un “gongorismo”; con la tendencia de los escritores de ese tiempo a escribir únicamente en verso y ya por eso autonombrarse poetas).

Pero la verdad, muchas de las composiciones de los escritores de la antigua Ciudad de México cuajaban en composiciones que constituían verdaderos logogríficos del intelecto (es decir en palabras horrorosas, complicadas, de gran pretensión pero que rimaban) y se vestía a las ideas con un ropaje enfarragoso, (es decir casi lleno de harapos que pretendían ser encaje). Todo tan terrible que varios estudiosos dicen al respecto que "en tal época hablar claro era un pecado".

La producción de Sor Juana en su gran mayoría poética, con todo y ser presa de la misma afectación, por su sinceridad y fuerza alcanzó tonos desconocidos de sus contemporáneos, en grado tal, que hay quienes piensan que ella, y Juan Ruiz de Alarcón, integran “la mayor gloria de México virreinal"; más aún: que únicamente por Sor Juana se salva la literatura del siglo XVII, que era cultivada por "poetas sin condiciones de cultura ni talento".

El genio de Sor Juana se manifestó bien temprano, pues a los tres de edad ardía ya en deseos de saber leer y escribir; a los ocho compuso una loa al Santísimo Sacramento, y a los diecisiete, ya cumplidos, dominaba - "el difícil estilo culterano y estaba igualmente bien preparada en todos los géneros y métricas de la literatura española".

También cuentan que le bastaron solamente veinte lecciones que le dictó el bachiller Martín de Olivas, para dominar el latín con absoluta maestría. Su cultura, enciclopédica, era vastísima. Religiosa desde los dieciséis años (inicialmente en el Convento de Santa Teresa la Antigua y posteriormente en el de San Jerónimo) fue en el convento donde vio cristalizar la mayor parte de su obra, aunque buena parte de ella tenía como motivos asuntos profanos.

Cuenta el cronoscopio que tuvo a su cargo la Tesorería del Convento y hasta declinó dos veces el puesto de Abadesa, que le fue ofrecido. Parecería, en realidad que todo le fue muy fácil. Pero no. Desde un principio las únicas opciones para la joven Juana eran convertirse en frívola cortesana de Palacio o la vida de una monja.

Así que primero fue dama de compañía de la Virreina y después, gracias a las artes del maligno cura Núñez de Miranda, que consideraba al cuerpo femenino como el principio de toda indignidad, accedió a la vida monacal.

Sin embargo, el ascetismo, la penuria, el silencio y la dura penitencia del convento de la Carmelitas Descalzas fue demasiado para su espíritu y su salud física. Núñez de Miranda, que no iba a permitir que el alma de Juana escapara de ganar el Cielo, la cambió con las monjas jerónimas. Fue allí donde leyó todo lo que pudo, escribió maravillas imposibles de imitar, se empapó de sabiduría y de literatura, teología, astronomía, música, pintura, filosofía, poesía, aritmética y todo aquello que hizo la llamaran la Décima Musa.

La historia, sin embargo, acabó en persecución. Cuatro años antes de su muerte, a punto de que se desatara la epidemia de tifo en los conventos de la Nueva España, con una obra suya esperando ser impresa en España, el obispo de Puebla –firmándose con el seudónimo de Sor Filotea- le mandó una carta terrorífica que decía así:

“Letras que engendran elación, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol cuando no sacan a la mujer del estado de obediente. Notorio es a todos que el estudio y saber han contenido a Vuestra. merced. en el estado de súbdita, y que la han servido de perfeccionar primores de obediente; pues si las demás religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, usted cautiva el entendimiento, que es el más arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la Religión. No pretendo, según este dictamen, que usted mude el genio renunciando los libros, sino que le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los evangelistas llamó libro a la genealogía de Cristo, sino es San Mateo, porque en su conversión no quiso este Señor mudarle la inclinación, sino mejorarla, para que si antes, cuando publicado, se ocupara en libros de sus tratos e intereses, cuando apóstol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren sus lecturas.”

Envuelta en una tristeza más grave que la muerte, más devastadora que cualquier epidemia de tifo, Sor Juana redactó epistolar respuesta que se convirtió en un clásico de la literatura mexicana: Carta respuesta a Sor Filotea de la Cruz, pero que era comunicación privada que ella nunca quiso publicar. Fue su ruina.

En ella, simulando humildad, se defendía a sí misma con la habilidad que ya había demostrado, defendía los derechos de las mujeres para dedicarse al estudio, la ciencia y las letras. Una composición magistral donde explicó que podía renunciar a las formas, pero nunca a la hechura de su espíritu.

Y entonces le ordenaron dejar de escribir y abandonar sus ocupaciones seculares, junto con un recordatorio de que no tenía autoridad para desobedecer. Envuelta en una tristeza más grave que la muerte, más devastadora que cualquier epidemia, Sor Juana no volvió a tomar la pluma. Aquella que en un soneto había confesado que sólo intentaba poner bellezas en su entendimiento y no su entendimiento en las bellezas se dedicó a conservar la vida de sus hermanas enfermas hasta que perdió la suya.