A las 9 de la mañana de aquel funesto día, la vanguardia del ejército insurgente llegó al paraje y ahí mismo los obligaron a rendirse. Conforme avanzaban, fueron hechos prisioneros. Ya habían perdido una vida, mucha sangre, todas las armas y decidieron ceder. Derrotados, hicieron una fila y caminaron. Al final, marchaba el generalísimo Miguel Hidalgo y Costilla, encadenado como animal salvaje y escoltado por 20 hombres. Haberlo contemplado así fue para quienes lo miraron, el momento más triste de sus vidas.

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Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga Modarte Villaseñor, de nombre largo y ambiciones altas, había nacido en San Diego Corralejo, en Pénjamo Guanajuato en mayo de 1753. Sus padres fueron Ana María Gallaga y el español Cristóbal Hidalgo y Cotilla fue el segundo de cinco hermanos de los cuales dos también fueron sacerdotes y el par restante dedicado a las labores del campo y la panadería. En 1765 fue admitido como interno en el Colegio de San Nicolás Obispo e inició sus estudios en el Colegio jesuita de San Francisco Xavier en Valladolid. Dicen que fue de inteligencia presta y de curiosidad libresca. Todo quería saber y al graduarse impartió clases de filosofía y teología en el Colegio de San Nicolás, donde sus compañeros le adjudicaron el mote de “el zorro”, se dice que por su sagacidad, agilidad y conocimiento, sin embargo, a decir de Lucas Alamán por ser “un nombre que correspondía perfectamente con su carácter taimado”. Hacia 1770 obtuvo el “grado de Bachiller en artes por la Real y Pontificia Universidad de México”, y tres años después el de bachiller en teología por la misma institución. Al año siguiente impartió clases de filosofía y teología en el Colegio de San Nicolás, en donde realizó una “intensa vida académica”; en 1778 se ordenó como sacerdote, escribió Disertaciones sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica, una versión en latín y otra en español, y combinó su labor como docente en San Nicolás con la de sacristán de Santa Clara del Cobre. Fue tesorero del Colegio de San Nicolás y nombrado rector muy poco después. Agobiado por el cargo, renunció en 1792 y salió rumbo a Colima donde fue cura interino.

Hablante de francés, latín e italiano, pero también de purépecha, otomí y náhuatl, Miguel Hidalgo era un hombre culto, amante de la música, y también voraz lector. Se asegura que los libros de Ovidio, Cicerón y Virgilio, junto a los clásicos de la ilustración francesa como Racine, Moliere y La Fontaine no le eran extraños, que tocaba el violín, interpretaba a Rameau y amaba las festividades y reuniones. No es extraño que llamara la atención y fuera criticado por ser “un cura excéntrico”. Pero las críticas se convertirían en denuncias y en  1798, Miguel Hidalgo fue acusado ante el Tribunal del Santo Oficio por “leer libros prohibidos, mal aconsejar, no guardar los principios de la Iglesia, permitir que en su casa se comiera y se bebiera en exceso, y se alentara el comercio de la carne”. Después se le acusó por herejía. Y entonces abandonó el curato en Colima para hacerse cargo del de Dolores. No falta que en su nuevo encargo el cura “no se dedicó de la administración espiritual de los feligreses”. Quizá porque sus actividades se basaron en asuntos como propagar el cultivo de moreras para la cría de gusanos de seda, formar una fábrica de loza y otra de ladrillo, construir un sistema de cañería para riego, establecer una extensa cría de abejas, hacer talleres para las artes del teatro y la escritura y formar una orquesta. Pero el destino lo esperaba y todo habría de cambiar más pronto que tarde.

Para 1810, Hidalgo estaba catalogado como uno de los eclesiásticos más brillantes de las colonias españolas pero se había integrado activamente en los círculos que cuestionaban el estatus colonial y conspiraban para derrocar al virrey español.  Y lo habían descubierto. Al ser disuelta la llamada “segunda conspiración” de Querétaro, en la casa de la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, Aldama, Allende y el mismo Hidalgo habían decidido lanzarse a la insurrección. Legendario aquel 16 de septiembre cuando, a las puertas de la parroquia de Dolores, Hidalgo, lanzando, más una convocatoria que un grito, decidió dar inicio a la lucha por la Independencia de la Nueva España. Tomando como estandarte a la Virgen de Guadalupe aquel movimiento armado se convertiría en la primera revuelta popular para liberar del imperio  a la América española.

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Dicen que la participación de Hidalgo en el movimiento armado no fue muy afortunada debido a que carecía de un buen ejército y le faltaba visión militar. A inicios de 1811 comenzó a declinar rápidamente y en enero sus tropas fueron derrotadas en Puente de Calderón por el general Félix María Calleja. Relevado del mando por sus compañeros insurgentes y traicionados después  por Ignacio Elizondo, lo que quedaron capturados el 21 de mayo de 1811. Fueron enviados a Monclova y después a Chihuahua. Hidalgo, después de ser sometido a un doble proceso eclesiástico y civil, fue expulsado del sacerdocio y condenado a muerte.

Pedro Armendáriz, que se convirtió en puntual narrador del último día de la vida de Miguel Hidalgo publicó, en el periódico La Abeja Poblana, una carta suya donde lo contó todo y que dice así:

“El año de 811, me hallaba en Chihuahua de ayudante de plaza del señor comandante general salcedo; mi empleo era teniente de presidio, comandante del segundo escuadrón de Caballería de reserva, y vocal de la Junta de Guerra: como tal sentencié entre otros a muerte, a los señores Cura Don Miguel Hidalgo y Costilla, Don Ignacio Allende, Aldama, Jiménez y Santamaría; fui testigo de vista más inmediato de sus muertes, con motivo a que a mi cuidado se fiaron en capilla, hasta que como principal verdugo los hacía pasar los últimos instantes”.

Después describe cómo Miguel Hidalgo, a las 7 de la mañana del 30 de julio de 1811, salió para el paredón a paso firme y lento, con un crucifijo en la mano y un librito en la otra y cómo fue amarrado con el pelotón de frente.

“Teniendo el Crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada dos pasos, a tres de fondo y a cuatro de frente: con arreglo a lo que previne le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró: el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía; en tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenidos de que le apuntasen al corazón: poco extremo hizo, sólo sí se le rodaron unas lágrimas muy gruesas: aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar, no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados; en este caso tan apretado y lastimoso, hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió el fin”.

Poco después le fue cortada la cabeza. Su cuerpo tuvo sepultura en la capilla de San Antonio del convento de San Francisco y su cabeza exhibida, durante 11 años, en una jaula colgada en una esquina de la Alhóndiga de Granaditas de Guanajuato. Para que sirviera de escarmiento, dijeron.