El premio de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, otorgado este año al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, ha generado una controversia entre escritores inconformes que señalan plagio y los organizadores del festival que defienden su decisión.

Luego de que el pasado 3 de septiembre la FIL anunciara que el jurado eligió a Bryce Echenique, un grupo de 12 escritores mexicanos impugnaron la decisión afirmando que era inaceptable que el premio de una de las más importantes ferias de la literatura en español fuera para un plagiario , como acusaron en una carta pública dirigida a las autoridades culturales de México y de la FIL.

La acusación viene del 2009, cuando el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual de Perú sancionó a Bryce Echenique con una multa de cerca de 57,000 dólares al encontrarlo culpable de haber plagiado 16 artículos de 15 autores distintos.

El premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que ha levantado polémica desde el anuncio del fallo, por este año no será entregado en público. A través de un comunicado, la Asociación del Premio ha determinado entregar el reconocimiento en un formato distinto: En los próximos días, un directivo de esta Asociación se encontrará con el premiado en su ciudad de residencia para hacer efectiva esta entrega , se lee en el documento.

Lo que no es tradición es plagio

Sócrates no dejó una sola palabra escrita, aunque Platón, su generoso discípulo, puso sus ideas en boca del maestro. Otra variante: al inventarse el personaje, Platón reescribía las ideas de su maestro Sócrates, inventaba un plagio.

En nuestra modernidad cultural -esa inexacta ruta que marca el siglo XVIII hasta principios del XIX, se fabulan dos categorías docentes: la del escritor y la idea de la obra original. Con la primera categoría se establece, tal como la conocemos hoy, un marco legal donde se amparan los derechos de autor y la voluntad de la palabra escrita. A diferencia del escolasticismo, donde el texto constituye una autoridad teológica, nace aquí el autor como un Dios inalterable, cuya obra se rige por una nueva modificación jurídica. Esta modificación con el tiempo estableció reglas morales sobre la producción de su escritura. La nueva libertad de poder decirlo todo presuponía una forma: que nada pudiese decir lo que hubiese dicho otro. En otras palabras, mientras que la escritura moderna abría el espacio para una polifonía expresiva y estilística, la palabra se comercializa a través de la apariencia del yo como institución burguesa. El plagio, entonces, funda una infracción criminal sobre estas categorías institucionales: el plagio como la forma secular de la herejía. Al elogiar esta práctica, advierto que no busco trascender o desmontar una tradición, algo que ya se han ocupado otros, sino defender una idea. Y el uso de esta idea.

Cuando se plagia existen al menos dos formas de incurrir en dicha tarea: la desconfianza formal del que plagia (el desestimo de todo escritor) o la humildad ante un escritor que, por haber alcanzado altos recursos del oficio, el elector, luego escritor, le salda un homenaje. El plagio nunca puede ser un gesto de humillación, ya que siempre persigue la cortesía y el buen designio. Estos apuntes, quizás motivados por una sostenida prolongación intelectual sobre el tema, deben su ánimo público; sin embargo, a propósito de la sanción contra Alfredo Bryce Echenique, tras haber cometido delito de plagio. Es necesario para el lector conocer algunos datos.

El primer imputo en torno al novelista limeño figura en el énfasis del acuso: plagiar por cantidad. Se le acusa de haber plagiado a más de 15 autores en 16 artículos periodísticos diferentes. El Instituto de Propiedad Intelectual de Perú -eufemismo de la inquisición del plagio de ese país- sólo ha necesitado esas cifras y los títulos correspondientes para encausar al escritor con una modesta multa de 40,000 euros.

Un mejunje de decimales y quebrados seguramente ha cocido la suma de la multa y la moralidad del tono. No molesta la reiterada acumulación de cifras (es la lengua aduanal de las burocracias), lo que sorprende, y hasta fastidia, es su definición del plagio. No sólo Bryce ha sido inmolado en este asedio, sino la propia práctica del plagio.

Plagiar, como cualquier arte, requiere destreza y memoria cultural de no escasa factura. Para no ser convicto de plagios me soborno a las palabras de Josep Pla: Para plagiar es necesario tener mucha lectura, mucha memoria, se ha de saber dónde están las cosas. Porque tuvieron toda la lectura que en su tiempo era posible, los autores antiguos, los medievales, los renacentistas, los de la primera modernidad, plagiaron tanto. Ahora todo el mundo es original, porque no saben nada de nada .

Confesión

Todo lo que el lector ha leído antes de llegar a este párrafo debí haberlo puesto entre comillas para con ello señalar que lo escrito no es original de quien lo firma. Tuve la feliz ocurrencia -eufemismo de huevonería- de defender a Bryce Echenique del cargo de plagio cometiendo similar infracción. Sin embargo, mi pecado sólo alcanza la categoría de venial, ya que juraré ante el lector -no con la mano en alto ¿por qué si así fuera cómo sigo escribiendo? Que en los tres años ocho meses de colaborar en El Economista es la primera vez que caigo en esa tentación. Atenuaré, aún más mi falta, al confesar que los tres primeros párrafos de mi escrito los transcribí de manera integra del portal de Internet de CNN México, el otro enunciado, con el que concluí el primer tema, lo copié de la página cibernética: informador.com.mx.

El tema titulado Lo que no es tradición es plagio , frase del escritor catalán Eugenio D’ors que Luis Buñuel hizo suya, cuya interpretación entraña que en todas las actividades humanas hay una tradición: una manera de hacer las cosas, un producto de la creación acumulada de las generaciones pasadas, que debe seguirse aún para innovar en el arte o el oficio elegido. Dicho de otro modo: toda innovación nace de la tradición.

En cuanto al texto, encabezado con la precitada frase, es un fragmento de un ensayo titulado Un nuevo elogio al plagio que para defender al escritor peruano escribiera el joven cubano -23 años- investigador universitario y crítico cultural Gerardo Muñoz.

¿Por qué dediqué la columna de hoy a defender al escritor nacido en la capital de Perú en 1939? Porque siento simpatía por su persona desde que leí su cuento: Muerte de Sevilla en Madrid .

También porque no es lo mismo crear que transcribir y hoy estoy muy ocupado tratando de hacer calaveras para mi columna del 1 de noviembre. Me cuesta mucho trabajo la versificación, máxime ahora que no quiero herir a ningún político ni con el pétalo de una rima porque ando en busca de una chamba en el próximo gobierno. Pretendo ser vocero de la Secretaría de Seguridad o de alguna Procuraduría de Justicia- estatal o federal-. (Algo donde tenga yo que poner en práctica la imaginación. Como darle verosimilitud al hecho de que una extranjera -delincuente o no- atrapada y retenida injustamente 24 horas, no tenga derecho a quejarse de violación a su derecho por tratarse de un llamado para una producción televisiva; darle soporte jurídico al acto de encarcelar cinco años a una persona -Hugo Sánchez Ramírez- y pedirle una disculpa sin darle un centavo; o tener que inventar argumentos para justificar que el asesino de una incómoda activista política -Marisela Escobedo Ortiz- es el que le conviene al Gobernador y no el sujeto que describen y dan santo y seña de él los testigos del crimen).

Crespón

Murió a los 94 años de edad don Luis de Llano Palmer, Pilar de Oro de la Televisión Mexicana. Don Luis nació joven y así se mantuvo hasta su muerte ocurrida el pasado lunes. Le doy gracias a la vida que me permitió conocerlo y saber de su bondad y, aunque fuera un pequeño tramo de ella, estar cerca de él para admirar su talento. Al enterarme de su desaparición física, abrí mi corazón sólo para cerciorarme que, como desde hace muchos años, ahí lo traigo. Es el encargado de recordarme que debo trabajar con pasión.