“La gente humilde es muy agradecida” señaló el Presidente el 5 de noviembre. Para ilustrar mejor su punto, parodió la actitud que tendría una señora presuntamente de clase media o alta, quien acude a vacunarse sin mostrar el agradecimiento esperado. La señora se atreve a cuestionar al encargado sobre el tiempo que tardará el proceso y pide que se apure. No satisfecha con eso, tiene la osadía de preguntar cuál vacuna le aplicarán e incluso llega a expresar que el gobierno tiene la obligación de vacunarla ya que las vacunas se financian con los impuestos. Como era de esperarse, se va sin dar las gracias. ¡Qué diferencia con la persona humilde de la historia, quien agradece repetidamente e incluso colma a los funcionarios con bendiciones! (El video puede verse en https://tinyurl.com/4zy7v7kz).

La historia llamó la atención de comentaristas y en las redes sociales. Mucho se habló de cómo el mensaje ahonda la polarización social y del extraño embate contra la clase media —esa que tilda de “aspiracionista” y egoísta—. Sin embargo, la cuestión es aún más preocupante si entendemos a la democracia como algo más que el simple ejercicio del voto ciudadano. Quienes son electos, gobiernan para toda la ciudadanía y no solo para quienes votaron por ellos. Es natural en una democracia que los ciudadanos exijan buen desempeño de las autoridades y la democracia debe florecer permanentemente y no solo cuando hay elecciones.

Quienes exigen presteza, eficiencia y calidad en las acciones públicas —sea la aplicación de vacunas, los servicios de salud o educación, la seguridad pública, la provisión de infraestructura o cualquier otra acción derivada del quehacer público—, no solo están en su legítimo derecho, sino que actúan precisamente como se espera que lo hagan, empujando al gobierno a tener mejores resultados. Está fuera de lugar el reclamo contra quienes justifican la exigencia bajo el argumento de que para eso pagan impuestos. Implica desconocer o despreciar el contrato implícito entre ciudadano y gobierno en una democracia. Los ciudadanos financian al gobierno con sus impuestos partiendo de que el gasto público será en beneficio de la propia ciudadanía y no como tributo en un sistema feudal. Es perfectamente justificado exigir una atención eficaz, eficiente y atenta, como lo es el solicitar información —incluso sobre la vacuna que se va a aplicar—. Implica también que las acciones gubernamentales deben adaptarse si así lo exige la demanda de los ciudadanos o si cambian las condiciones. El reclamo y la parodia (¿parábola?) presidencial refleja una visión poco democrática.

A muchos en el gobierno parece molestarles que los ciudadanos se sientan empoderados para exigir al gobierno que cumpla adecuadamente funciones. Detestan aquello que pueda quedar fuera del control del Estado aunque resuelva una necesidad no cubierta por éste, lo que explica el embate contra la sociedad civil organizada o la negativa a asociarse con el sector privado para agilizar la aplicación de vacunas u otros acciones. Odian lo que huela a pensamiento independiente y repudian cualquier cuestionamiento sobre el actuar gubernamental, considerándolo producto de intereses obscuros, aunque la pertinencia y veracidad del cuestionamiento se demuestre con evidencia. Para ellos, los ciudadanos sólo deben estar agradecidos con lo que generosamente les da el gobierno, les sirva o no, mejore sus vidas o no. Si el servicio es lento o inadecuado no debe ser motivo de queja. Quizá por eso el desprecio mostrado hacia la clase media, que logra salir adelante con su esfuerzo y dependen menos del apoyo gubernamental.

Un país de ciudadanos que no cuestionan y que no exigen, es un país alejado de la democracia. Es también un país condenado al bajo crecimiento y escaso desarrollo. Sin la exigencia ciudadana hay menores incentivos para mejorar las políticas y programas públicos. La deficiencia en el actuar gubernamental también inhibe la inversión y la actividad económica. México avanzaba en la construcción una ciudadanía más empoderada y una democracia vibrante. No permitamos que esto se pierda.

*El autor es profesor de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. Opiniones personales.

Twitter: @GustavoMerinoJ