México es el basurero de los autos viejos de Estados Unidos. Porque lo que allá no quieren por ineficiente, aquí es recibido con estímulos fiscales.

Las calles del país se llenan de autos chatarra que ciertamente le dan la oportunidad a muchos mexicanos de tener un modo de transporte, que no podrían tener en condiciones de un mercado cerrado.

Pero a cambio lo que el gobierno federal en complicidad con muchos estados están haciendo es poner en circulación automóviles contaminantes, de altos consumos de combustibles y manejados con la irresponsabilidad de no contar al menos con un seguro de responsabilidad civil.

La tentación política de jugar con los autos chocolate cada vez que se acercan elecciones ha jugado una mala partida al sector automotriz mexicano. Y este año no es la excepción.

A pesar de que se pensó que con Fox se había llegado al máximo de adelantar los tiempos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte para la importación de autos viejos de Estados Unidos, esta administración se encargó de demostrar que todavía hay cosas peores que hacer.

Desde los tiempos priístas se autorizaban cuotas de importación de autos chocolates. Este gobierno panista se voló la barda al publicar oficialmente la autorización para que los autos chuecos se puedan regularizar de una manera sencilla y muy económica.

Eso no sólo corre en contra de todos lo que han tenido que pagar IVA, ISAN, Tenencia, placas y permisos para tener un automóvil en este país. Corre en contra de los que importaron sus autos, camiones y camionetas de Estados Unidos respetando las leyes.

Pero hay más. Otro incentivo para poder traer a México estos automóviles viejos circulando sin piedad por calles y carreteras está en el subsidio en los precios a la gasolina. Con litros de a 9 pesos y no de a 12 como en Estados Unidos es posible usar camionetas de ocho cilindros mal afinadas con cargo al erario público.

Pocas ciudades tienen controles ambientales efectivos para impedir que automóviles contaminantes atenten contra el medio ambiente, así que aquí tampoco hay freno a esta importación desmedida.

Es aquí donde hay que reconocer la labor de ciudades como la de México que implementa un confiable esquema de verificación vehicular para controlar la cantidad de emisiones tóxicas al aire.

Y la realidad es que la ciudad de México se mantiene relativamente libre de los autos chocolates en sus calles.

Cuando el sector automotriz mexicano luce sus cifras de producción, siempre se notan los datos de las exportaciones, porque los números del mercado interno son muy malos por esta competencia desleal. No hay duda de que el peor enemigo de la industria automotriz mexicana está en casa.

Es cierto que no hay muchos créditos disponibles, que los impuestos son enemigos de las buenas intensiones de tener un auto nuevo y que la delincuencia se encarga de inhibir las ganas de tener coche nuevo, pero mientras más piedras se pongan en el camino de la industria automotriz, menos empleos se podrán lograr en territorio nacional.

Con lo que en México se compra un auto subcompacto, en Estados Unidos se consigue una flotilla de autos chocolates, que después con la venia de los políticos se podrán legalizar.

En Estados Unidos, donde alguna función tienen las leyes, el fenómeno actual es el de la venta de las grandes camionetas de motores enormes para comprar autos compactos, de consumos mucho más moderados, para salvar la crisis energética que enfrenta ese país.

Tanto General Motors como Ford reportaron incrementos fuertes en sus ventas dentro del mercado de Estados Unidos, sobre todo de autos compactos, esos de cuatro cilindros que ahorran gasolina, comparados con los motores de seis o de ocho cilindros que solían dominar el mercado.

Es un hecho que con el ambiente político que priva en México, los precios de las gasolinas tienen la garantía de mantenerse con altos subsidios. Sería políticamente suicida en un país de tan elevado paternalismo, elevar los precios del combustible a niveles más reales.

Siempre será más fácil tolerar la impunidad de un auto chocolate que circula sin verificaciones ambientales, sin seguros y sin restricciones fiscales, antes que pensar en que las leyes son para todos, más allá de unos cuantos ingenuos cautivos que pagan Tenencia, verificación y seguros.