Mientras Sayyid Ebrahim Raisol-Sadati, conocido como Ebrahim Raisi, recibía felicitaciones de los líderes de Siria, Turquía, Pakistán y Rusia así como de Hamas, Jihad Islámica y Hezbollah por su victoria en las elecciones presidenciales del 18 de junio, la Secretaria General de Amnistía Internacional, Agnès Callamard, se sumaba a las voces condenatorias, tanto de la diáspora iraní como de opositores, debido a su participación en la tortura, desaparición forzada y asesinato de disidentes políticos.

Si bien los resultados oficiales señalan una participación electoral del 49% (la más baja desde la revolución de 1979) observadores electorales sostienen que el porcentaje es aún menor (algunas fuentes hablan de 10%) lo que refleja una profunda crisis del sistema político iraní.

Expertos se cuestionan el futuro del sistema político iraní ante la falta de legitimidad y opacidad crónicas que ponen en cuestionamiento las bases del sistema creado por el Ayatollah Khomeini. En dicho sistema se excluye estructuralmente la participación de minorías religiosas y étnicas, mujeres y activistas políticos críticos lo que, a ojos de amplios sectores sociales, deslegitima instituciones clave del sistema entre ellas la del Líder Supremo, Presidente y el Consejo Guardián.

¿Quién es Ebrahim Raisi?

Usando un turbante negro, que lo identifica como un Sayyid (descendiente del profeta Muhammad), Raisi nació en Mashhad, ciudad del noreste famosa por albergar el santuario del imán Reza, octavo imán chiita, e ingresó en el seminario de Qom pocos años antes de la revolución que sentaría las bases de la actual República islámica en la cual el estamento clerical monopoliza los principales puestos gubernamentales.

Raisi resulta una figura rechazada por muchos iraníes quienes no olvidan su participación en la “comisión de la muerte”, establecida después de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988) que autorizó ejecuciones extrajudiciales de disidentes políticos en las prisiones de Evin y Gohardasht.

Durante su larga carrera política, que incluye diversos cargos en el poder judicial, Raisi cimentó una relación cercana con el actual Líder Supremo, el Ayatollah Khamenei, quien en 2016 lo designaría como custodio del Astan-e Quds Razavi, enorme fideicomiso de caridad. En esa posición, Raisi forjó vínculos con la élite religiosa, comercial y política del país. Raisi también fue cercano a Qassem Soleimani, líder de las milicias paramilitares iraníes (La Guardia Revolucionaria) que intervienen en el extranjero, hasta su asesinato en 2020.

Maryam Rajavi, líder del Consejo Nacional de Resistencia en Irán (NCRI) afirma que el boicot a las elecciones presidenciales demuestra que los iraníes desean terminar con la teocracia gobernante. Hay que recordar que la mayoría de los asesinados por la ya mencionada “comisión de la muerte” pertenecían a la Organización Mujahedin del Pueblo de Irán (MEK/PMOI) cuya ala política es el NCRI.

Las elecciones que llevan a Raisi a la presidencia se dan en un contexto de frustración social ante la dura situación económica (inflación, desempleo, pobreza) y ante un sistema político cada vez menos representativo y más represor.

La decisión de marginar a reformistas -que daban estabilidad interna- y apostar por un presidente de línea dura puede significar que el régimen teme que posiciones moderadas afecten la sucesión del Líder Supremo, el rol de Irán en Medio Oriente y el proceso de negociación nuclear.

El precio a pagar por colocar a Raisi en la presidencia es la pérdida de legitimidad, baja participación en los procesos electorales e incremento de la presión social a un régimen superado en muchos sentidos por su propia sociedad.

*Profesor de la Universidad Alberto Hurtado de Chile y articulista en Oriente Medio News.

@ferezmanuel