Dentro de los bruscos cambios políticos globales, pocas cosas me parecen más inquietantes y peligrosas que la elección en Brasil. Se trata del primer país del continente que podría caer presa de la derecha extrema, enemiga confesa tanto de las posiciones liberales como de las perspectivas que defiende la socialdemocracia.

Es verdad que gobiernos de derecha en la región han generado altos costos sociales por su apoyo a políticas represivas, corruptas y neoliberales en países como México, Colombia, Argentina y Perú, pero nada comparado con lo que representa Bolsonaro. Sus posturas se acercan a la de gobiernos de países de tradiciones políticas claramente autoritarias, como Polonia, Hungría o Turquía.

Brasil fue, hasta hace muy poco, un ejemplo a seguir. Logró una transición de gobiernos oligárquicos a otros con una agenda social que permitió sacar a millones de personas de la pobreza. Por primera vez, la riqueza, producto del crecimiento del precio de las materias primas, fue redistribuida. Sin embargo, la corrupción y la incapacidad de ajustar el gasto público, una vez que la demanda de las materias primas cayó, llevó al país a la polarización. A pesar de esto y de una intensa campaña clasista contra Lula, el PT mantiene amplios niveles de apoyo, aparentemente insuficientes sin Lula como candidato.

La inconformidad social de los opositores del PT no pudo ser canalizada por la oposición tradicional, es por ello que un mediocre diputado defensor de las dictaduras militares y de la tortura está a punto de presidir el mayor país de América Latina. Bolsonaro no debate, no explica sus propuestas, predica con ideas abiertamente anticivilizatorias.

Michael Ignatieff, politólogo y expolítico canadiense, publicó recientemente “Las virtudes cotidianas”, un estudio de campo realizado en varias ciudades, entre ellas Río de Janeiro. Ignatieff habla de los efectos de la globalización y los valores morales. Narra acerca de las manifestaciones contra la corrupción y de la falta de liderazgos que impidieron que este movimiento tuviera un fin productivo. La falta de liderazgos democráticos pronto derivó en violencia.

El canadiense señalaba ya hace un año que el caso brasileño no era esperanzador, que después de años de indignación popular e investigaciones, el sistema político sigue sin funcionar y la cultura de la corrupción permanece intacta. Las instituciones que normalmente se relacionan con la buena gobernanza no fueron suficiente para impedir la colusión de políticos corruptos, empresas estatales y privadas globales para obtener beneficios.

En la política latinoamericana hemos estado acostumbrados al vaivén del péndulo ideológico, políticas de acumulación del capital e inequidad social frente a políticas redistributivas que marcan intermitente una izquierda y una derecha, en un compás más o menos regular. Bolsonaro irrumpe en el escenario político para regresar a lo peor del populismo de derecha claramente autoritario. Una vez más las instituciones democráticas, en el mayor de los países latinoamericanos, están en riesgo.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.