México es un gran país. Somos herederos de un legado milenario, una riqueza cultural inigualable, y uno de los ecosistemas más diversos de la tierra. Tenemos una posición geográfica y estratégica envidiable. Somos potencia energética. Nuestra economía es una de las 15 más grandes en el mundo. Nuestras fronteras son puentes de entendimiento, más allá de demagogias y populismos.

La mano de obra mexicana ha demostrado su valía; nuestra industria y capacidad de exportación dan cuenta de ello. Somos uno de los 10 destinos turísticos más visitados en el mundo. Sin duda, nuestro país tiene todas las características de un paraíso; desde las playas, pantanos y manglares, hasta la gastronomía y la creación artesanal. Y lo más importante: México cuenta con su sociedad.

Porque las y los mexicanos somos gente de trabajo. Basta con recorrer nuestras calles y pueblos; lo mismo en la montaña que en la costa, la ciudad o el campo. En este, nuestro bello país, lo que encontramos es esfuerzo, emprendimiento, ganas de salir adelante, y una gran solidaridad.

Como nación, hemos sido capaces de pasar de la Revolución a la Reforma, y de los caudillos a las instituciones. Ejemplo de tolerancia y diversidad, somos constructores de un país que es referente mundial. Que resuena. Que convence sin imponer.

Al mismo tiempo, tenemos desafíos estructurales. Cinco siglos de historia, de desigualdades que se han ido atemperando, pero que permanecen. Se trata de revertir tendencias injustas, de tener una política fiscal no distributiva, sino redistributiva.

Se trata de construir un Estado eficaz que pueda mediar entre los diferentes intereses, entre el capital y el trabajo, articulando esfuerzos a favor del bien común. Necesitamos fortalecer el mercado interno, privilegiar la creación de empleo y el poder adquisitivo de las y los mexicanos, con competitividad y productividad.

Para que todo lo anterior suceda, para que México despliegue el máximo de su potencial, es necesario que el poder Legislativo haga su parte como fuente de soluciones.

Necesitamos un Congreso abierto, que ejerza su poder de supervisión y rendición de cuentas. Que contribuya activamente a tener un país más equitativo, escuchando a la sociedad, la academia y los sectores productivos. Un Congreso que sepa sumar e incluir. Con capacidad técnica y científica. Que desde su ámbito de acción promueva la innovación tecnológica y una economía más incluyente.

Que asuma su corresponsabilidad, y sepa decidir en favor de las mayorías, sin vulnerar los derechos de las minorías. Que asigne y fiscalice recursos de manera transparente y responsable. Que no se quede sólo en las leyes generales, sino que legisle también las reglamentarias y dé operatividad al mandato constitucional.

Y algo de la mayor importancia: que pueda tender puentes de colaboración con el Ejecutivo federal y los gobiernos locales, para traducir las demandas sociales en soluciones; hay que entregar resultados en la vida diaria de las personas, mejorando las variables que les afectan.

Como poder representante de la pluralidad mexicana, el Congreso tiene el deber político y constitucional de articular e implementar una visión amplia sobre el desarrollo del país, en la que con perspectiva social los factores de producción y de poder generen sinergias, para dirigir los esfuerzos nacionales en torno a un país más igualitario, próspero y armónico.

De ese tamaño es el papel del Congreso, y a esa altura deben estar las miras de quienes lo integran. Por eso es tan importante que en las elecciones del 1 de julio, las y los mexicanos voten de manera informada, contrastando plataformas políticas y distinguiendo entre ocurrencias y propuestas.

¡Hasta la próxima!

*Expresidente de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana, AC.

Soraya Pérez

Economista

Entre Números

Expresidenta de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana A.C.