La pandemia del Covid-19 coincidió con un periodo de creciente populismo y resistencia nativista al globalismo y al orden internacional de posguerra, alimentado por desigualdades tanto al interior de los países como entre ellos.

Washington, DC. En paralelo con la batalla global contra la pandemia del coronavirus hay un estira y afloja entre dos narrativas que compiten por definir cómo se debe gobernar el mundo. Aunque solucionar la pandemia es más urgente, elegir entre estas narrativas tendrá consecuencias igualmente trascendentales.

La primera narrativa es directa: una crisis mundial puso más de relieve que el multilateralismo es necesario y expuso la falacia del nacionalismo o aislacionismo que promueve la acción independiente. La segunda narrativa ofrece una mirada opuesta: la globalización y las fronteras abiertas generan vulnerabilidades frente a los virus y otras amenazas, y las actuales dificultades para controlar las líneas de aprovisionamiento y el equipamiento para salvar vidas exigen que cada país primero se ocupe de sí mismo.

Quienes están en el primer bando consideran a la pandemia como evidencia de que los países deben unirse para enfrentar las amenazas comunes; quienes están en el segundo la ven como evidencia de que los países son más seguros si están separados.

A primera vista, el Covid-19 pareciera corroborar el argumento a favor de un enfoque internacional más coordinado. Dado que el coronavirus no respeta las fronteras nacionales, parece lógico que la respuesta tampoco se vea limitada por ellas.

Eso tiene total sentido desde la perspectiva de la salud pública. Si el Covid-19 subsiste en algún sitio, continuará siendo una amenaza incipiente para todos, independientemente de los esfuerzos para contenerla. Cuanto más ampliamente se distribuyan los kits para análisis —y, cuando se los descubra, los tratamientos y vacunas—, más pronto será superada la pandemia. Cuanto más se comparta el conocimiento científico, más pronto se desarrollarán los medicamentos. Y, mientras tanto, cuanto más coordinen los gobiernos cuestiones como las restricciones a los viajes y el distanciamiento social, más fácil será la salida de esta crisis.

La pandemia también pareciera promover más esfuerzos colectivos para solucionar conflictos mortales, no sólo como medio para ayudar a las poblaciones locales vulnerables. Debido al estrés socioeconómico adicional que genera la pandemia, los conflictos vigentes dentro de los países, o entre ellos, podrían derivar en una mayor pérdida de autoridad gubernamental o incluso en el colapso del Estado en los países que ya están cerca del punto de quiebre. Más allá de los obvios costos humanos, esto crearía nuevos y crecientes focos donde el Covid-19 podría propagarse sin control; mayores flujos migratorios a través de fronteras menos reguladas, y más oportunidades para que actores violentos no estatales aprovechen el caos, se asienten y se expandan.

Por último, existe una clara justificación económica a favor de la cooperación internacional. Si ayudan a los más afectados, todos los países pueden aliviar el impacto que sufrirían debido al colapso mundial en ciernes.

Sin embargo, la pandemia también torna más atractiva la opinión rival. Las crisis suelen intensificar y acelerar las tendencias preexistentes... las crisis graves, mucho más. La pandemia de Covid-19 coincidió con un periodo de creciente populismo y resistencia nativista al globalismo y al orden internacional de posguerra, alimentado por desigualdades tanto al interior de los países como entre ellos.

El sistema económico mundial que surgió al final de la Guerra Fría benefició a pocos a expensas de muchos, dicen sus detractores (no sin razón). De manera similar, las Naciones Unidas han adquirido el aspecto de una reliquia que favorece a los vencedores de una guerra ya antigua, refleja relaciones de poder obsoletas y niega la posibilidad de expresarse lo suficiente a los países del sur del mundo (muchos de los cuales no se habían independizado cuando se fundó la ONU en 1945). En paralelo, y especialmente desde la crisis financiera mundial del 2008, el descontento socioeconómico dio lugar a varias formas de populismo, nativismo y autoritarismo en países que van desde Rusia, Turquía y Hungría hasta Brasil, Israel y Estados Unidos.

Esta dinámica bien podría verse fortalecida por la crisis del Covid-19. Una visión del futuro es la siguiente: en los próximos meses y años, las extremas necesidades locales llevarán a que la solidaridad internacional parezca un lujo que no nos podemos permitir. A medida que las economías nacionales se contraigan, habrá menos recursos y los gobiernos tendrán dificultades para atender a sus propias poblaciones. Para los líderes políticos será cada vez más difícil justificar la asignación de fondos a la asistencia para el desarrollo en el extranjero, las organizaciones para la salud y la asistencia internacional en casos de desastre, los refugiados o las iniciativas diplomáticas. El creciente descontento local se traducirá en un enojo y desilusión cada vez mayores con el sistema internacional.

Por otra parte, cualquier reivindicación que aún plantee EU a su liderazgo mundial habrá quedado duramente golpeada gracias al mal manejo de la pandemia por el gobierno de Trump, la sensación de que no fue capaz de cuidar a los suyos —ni hablar de los demás— y la percepción de que se encerró en sí mismo a la hora de la verdad. China, fortalecida gracias a demostraciones de generosidad atractivas ante las cámaras durante el momento más álgido de la crisis, podría ofrecerse a llenar el vacío de liderazgo, pero también podría verse agobiada por su propio mal manejo del brote y las implicaciones políticas locales de una profunda contracción económica.

Independientemente de quien quede a la cabeza (si es que alguien lo hace), resulta difícil creer que la desesperación socioeconómica causada por la pandemia no dejará el camino abierto para una nueva oleada nativista y xenófoba. En muchos países ya se ha comenzado a usar a los extranjeros y las minorías como chivos expiatorios.

¿Podría surgir un orden internacional superior y más fuerte en algún momento? Tal vez. Incluso antes de alcanzar la victoria en la Segunda Guerra Mundial, las potencias aliadas comenzaron a idear un orden de posguerra diseñado para evitar otra conflagración mundial. Ese orden tenía profundas debilidades, aunque creó una ilusión de gobernanza mundial; nunca pudo ser más eficaz de lo que permitían las potencias rivales en su seno. Y, más allá de sus éxitos, también podemos señalar fracasos monumentales.

Sin embargo, el sistema que surgió en la década de 1940 era claramente preferible al que lo precedió. En el 2020 sólo podemos comenzar a imaginar qué haría falta para crear un orden nuevo y más sostenible, que atienda a las crecientes inquietudes relacionadas con la equidad y en el cual más países puedan encontrar su voz. Mientras tanto, es posible que debamos navegar un nuevo mundo en el que una batalla campal reemplace abruptamente los acuerdos existentes. Incluso si el caos es temporal, sería un triste, disruptivo y peligroso colofón para la era de posguerra.

El Covid-19 puso de manifiesto los costos de enfrentar una crisis mundial con un sistema internacional defectuoso, el único resultado peor sería tener que enfrentar la próxima crisis sin sistema alguno.

El autor

Robert Malley, presidente y CEO del Grupo Internacional de Crisis, fue coordinador de la Casa Blanca para Medio Oriente, África del Norte y la región del golfo durante la presidencia de Barack Obama.