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Dentro de ballenas: Orwell y McEwan sobre la responsabilidad política del arte

¿Vivir en el vientre de la ballena o salir y actuar políticamente? ¿Cuál es la misión del arte en tiempos de incertidumbre?

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Cayó Nicolás Maduro. Por mí que Maduro se pudra en esa cárcel en Nueva York; celebro su detención y me conmueve la alegría de la diáspora venezolana y la de los venezolanos que se quedaron en su tierra natal. Viene ahora la etapa más difícil: sortear la incertidumbre, el miedo. ¿Qué será esta ocupación estadounidense supuestamente civil? Una ocupación que puede volcar en violencia, puesto que a Trump-el-cheeto no le temblarán sus hinchadas manitas para desplegar fuerzas armadas. ¿Cómo sufrirá la libertad de expresión, de disentir, de crear? ¿Mejorarán o seguirán el camino de la dictadura?

Pienso en el arte que surgirá de toda esta situación. El arte siempre tiene la primera fila: los artistas perciben su hábitat y crean a partir de él de manera visceral. Lo que científicos y filósofos demuestran y razonan está primero presente en el arte, aunque sea de manera vaga.

¿Tendría el arte que tomar un partido en todo esto? Denunciar o celebrar, encontrarse en el medio o ser radical. La pregunta siempre ha rondado a la creación. Bien escribió Platón en Hipias y El banquete que el arte tiene una misión social, plenamente política. Lo bello es lo bueno y, gasp, útil. Lo bello halaga a los ojos pero lo que importa es su vocación de bondad.

Siguiendo a Platón, crear políticamente dentro de este caldo de cultivo venezolano es una responsabilidad. Se haga arte bolivariano o proyankee, la creación debe proclamar abiertamente su intención honesta.

Pensemos en México. Recuerdo cuando se hablaba de esta película ¿María Emilia? ¿Emilia López, Pérez, González? (bromeo, pero es que que Emilia Pérez es un esperpento que, fuera de su problematización ética, es completamente olvidable) que causó controversia por su modo de frivolizar la narcoviolencia mexicana. Entre sus críticas, que hablaban siempre de la torpeza del guión y la baja calidad de las actuaciones, había también un par de preguntas implícitas: ¿se debe considerar poco ético mirar así la desgracia mexicana? Lo que deriva en la cuestión de la obligación de la película con su tema. ¿Debe preocuparse el artista por esta supuesta obligación moral?

No son preguntas fáciles, pero me decanto por el no a ambas preguntas. Aventuro que un creador no tiene más responsabilidad ética que crear. Que lo haga con calidad es su único deber.

Paul Audiard, el director de Emilia Pérez, evadió las críticas con movimientos tipo Matrix. Decía que quien criticaba no había visto la cinta y que en caso de que la hubieran visto, las descalificaciones venían de gente que se odiaba a sí misma y le dolía verse reflejada en la pantalla. Acabáramos.

Refocilarse en la violencia que tanto daño ha hecho a México — y hacerlo con un musical, para más inri— es la propuesta del director. ¿Ofende? Sí. ¿Pero ofende más por su retrato frívolo de la violencia cotidiana nuestra que por la (mala) calidad de su confección? Volvemos a la dicotomía platónica: lo bello es lo que lleva una buena intención y halaga a los sentidos. Vaya ñoñería. Podemos concluir que bajo este juicio, Emilia Pérez no es ni bella ni buena. Opino desde mi rincón que la película de Audiard es mala por su calidad puramente estética: lo que quiero decir que es aburrida y boba. Los dioses maldigan a los directores de películas aburridas y bobas.

Pensaba en esto cuando leía El espacio de la imaginación, ensayo contemporáneo del autor inglés Ian McEwan. El texto, un pequeño volumen parte de la colección de cuadernillos de la editorial Anagrama, funciona como respuesta a En el vientre de la ballena ensayo trascendental de George Orwell publicado en 1940.

McEwan cuenta primero la anécdota. Escribe Orwell su ensayo en 1940, tambores de guerra sonando en Europa. Algunos años antes Orwell se encuentra con Henry Miller, justo cuando el futuro autor de Mil novecientos ochenta y cuatro se dispone a combatir al fascismo en la Guerra civil española. Para Orwell, esta es una misión no negociable; cualquier persona decente ha de tener una posición clara ante esa fuerza destructiva. Para Miller la decisión es estúpida e inútil, nada va a cambiar porque un escritor agarre un fusil y vaya a la guerra. Nada le interesa menos a Miller que la política.

Los amigos se despiden en la noche gélida de París. Orwell lleva un absurdo (pero elegante) traje azul. Miller tiene un gesto: le regala una gruesa chamarra de pana para su aventura española. Orwell fue a la guerra, sobrevivió y escribió un hermoso libro: Homenaje a Cataluña. Cuando regresa a su vida cotidiana se ve envuelto en otra guerra terrible, desoladora y cercana.

Uno no puede sino imaginar a Orwell como un autor comprometido. Pero recupera McEwan un fragmento del diario doméstico de Orwell: al parecer su huerto va bien, las papas crecen, el pasto es verde. Esa es la entrada que corresponde al día en que el primer ministro Chamberlain declara la guerra a Alemania; al Orwell casero le preocupan más sus plantas. McEwan aclara que Orwell llevaba también un diario político en el que es menos indiferente a la guerra. Pero nada para escribir a casa, ¿será que a Orwell el combustible político se le acabó en España? Ese “autor comprometido” que escribió sobre una granja de animales comunistas y un Gran hermano que todo lo ve parece dar un giro ideológico en En el vientre de la ballena.

Para Orwell el arte no es su intención. No se crea para cambiar al mundo. Los malos escritores tienen una doble agenda, no crean por crear, crean para quedar bien con su tiempo; sueñan con la posteridad política o sentimental. Aquí Orwell menciona a los poetas que amó en su adolescencia, poesía que ahora le parece burda y cursi. Es la poesía de la bondad. No le va mejor a sus compañeros de generación, obsesionados con el comunismo en esos tiempos de finales de la década del 30. La disyuntiva era simplona: se era comunista o se era “mal escritor”. Es la literatura de la intención.

Para hablar de la mejor literatura, Orwell elige a Henry Miler y su Trópico de Cáncer. Miller escribe ajeno al mundo, como quien está en el vientre de una ballena. Cubierto por capas de piel y grasa, ni el hundimiento de todos los acorazados del mundo sacaría al artista de su concentración. Dice Orwell que Miller crea con absoluta irresponsabilidad. Y al chile, qué bueno, parece decir. Orwell sobre Miller: “(Miller) ha señalado una inesperada oscilación del péndulo… En sus libros, uno se aleja del ‘animal político’ y regresa a un punto de vista individualista, sino completamente pasivo: el punto de vista de quien (acepta que) los procesos mundiales están completamente fuera de su control”. Y podemos agregar: de su tiempo e interés. Porque para Miller lo único importante es su escritura. Que arda Troya y me encuentren los aqueos con mi cuaderno. Descartar a Miller por su pasividad política sería como desestimar Hamlet porque Shakespeare no se levantó contra la reina Isabel I.

Dice McEwan que las ideas orwellianas siguen teniendo mérito. Sin embargo, para McEwan, él mismo un “autor comprometido”, Orwell es paradójico: alaba el vientre de la ballena pero escribe fuera de él. Escribir, parafraseo a McEwan, dentro de la ballena sobre la belleza de las ranas no significa olvidarse de que las ranas son una especie en peligro de extinción o que los charcos se están secando. Mientras es importante que el artista tenga ese espacio ballenil, aislado del mundo y sus desgracias, no hay manera, concluye McEwan, de que Orwell no estuviera escribiendo desde otros espacios más expuestos. Espacios eminentemente políticos.

El arte que no nos dice cómo y qué pensar es fundamental y quien no respete la soledad de sus autores está destruyendo la posibilidad de lo bello. Y habrá quién tenga que defender esos espacios… desde fuera del vientre de la ballena.

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