La crisis sanitaria (así como económica y financiera) refleja los alcances y límites en la capacidad de las herramientas disponibles para entender y enfrentar problemas conocidos, cuando son aplicadas a entornos completamente diferentes y de resultado incierto.

En esta semana, se presentaron dos fenómenos que ejemplifican lo anterior.

Por un lado, se produce una caída de los precios futuros del petróleo norteamericano (West Texas Intermediate) y de la mezcla mexicana, hasta llegar a territorio negativo. Para la mayoría de las personas resultaba incomprensible este fenómeno y las interpretaciones fueron en la mayoría de los casos claramente erróneas.

Se presentó una coyuntura extraordinariamente atípica, derivada del hecho de que en los mercados financieros se cotizan como un activo los futuros del petróleo. Se trata de contratos que típicamente en este caso tienen un mes de duración, a cuyo vencimiento el poseedor recibirá físicamente el petróleo. Normalmente, los grandes operadores financieros compran dichos contratos vendiéndolos un par de días antes de su vencimiento, para comprar los contratos del siguiente mes, sin que evidentemente tengan interés en contar con el petróleo real.

En esta ocasión, faltando un par de días para el vencimiento de los contratos, los poseedores de dichos futuros trataron de venderlos, pero, dado que ante una disminución brutal de la actividad económica el requerimiento de energéticos es menor, a que ante el exceso de producción el almacenaje disponible es limitado, y a que no se vislumbra en el corto plazo una recuperación de la economía, quienes estaban dispuestos a comprar esos futuros (que si recibirían petróleo físico) no sólo no estaban dispuestos a pagar por él, sino que requerían que se les pagara a su vez los costos implícitos, financieros y de almacenamiento provisional.

Si ello volverá a ocurrir en el siguiente mes es incierto; existe la posibilidad de que la economía (particularmente la de China) empiece lentamente a recuperarse y a demandar más petróleo.

Por otro lado, el Banco de México anunció una (hasta hace poco considerada agresiva) reducción de la tasa de referencia de 50 puntos base (medio punto porcentual). Ésta, que es una típica medida de política monetaria, tendrá un impacto limitado, si consideramos que los efectos que tradicionalmente tiene este tipo de medidas hoy están condicionados por un entorno diferente. Bajar las tasas de interés implica, en teoría, fomentar el crédito para la inversión y el consumo, lo cual reactiva la economía. Pero hoy, con un freno que impide a las personas gastar y a las empresas invertir, pudiesen haber bajado el triple y el efecto hubiera sido también limitado.

Además, esta reducción implica, en principio, una reducción de la tasa que la deuda mexicana debería pagar; pero la realidad es que, ante una reducción de la calificación y un entorno claramente negativo hacia México, por parte de los mercados financieros internacionales, la deuda mexicana gubernamental o será menos valorada o tendrá que aumentar (real o implícitamente) el nivel de rendimiento.

Finalmente, la divulgación de información, por ejemplo, la relativa al avance de la epidemia, presenta terribles inconsistencias que usualmente no serían tan evidentes; pero hoy, que la información es diaria y muy visible, se muestran las carencias y la manipulación de los datos.

Enfrentar la desconocida crisis actual, con medidas diseñadas para otras condiciones, sí conocidas, es poco útil, pero pareciera que ante la incertidumbre es lo único que sabemos hacer.

Raúl Martínez Solares

CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo

Economía Conductual

El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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