Recordando que un día como hoy, de 1924, nació Truman Capote

Se llora más por las plegarias atendidas que por las no atendidas, escribió Truman Capote. Porque es cuando uno ya está anegado en lágrimas, ahogado en la desdicha de lo que antes se antojó dichoso, cuando todo adquiere su verdadero sentido.

Truman Streckfus Persons, escritor que después adoptaría de su padrastro el apellido Capote, nació el 30 de septiembre, de 1924, y de las plegarias todo lo sabía. A la desdicha la conocía bien y desde temprano, y nunca la hizo objeto de sus gritos. Más bien fue motor para sus palabras y motivo de un genio literario algo ríspido y de un extraordinario sentido del humor. A Capote no le molestaba hablar de sí mismo porque había sufrido de soledad desde pequeño y para ser escuchado, escribía:

“Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama”.

Por eso se volvió escritor.

“No conocía a nadie que escribiese —dice Capote en el prólogo de Música para camaleones— y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse con él. Pero por supuesto, yo no lo sabía”.

Desde los ocho años, Capote escribía por lo menos una página diaria. A los 17 se sentía un escritor consagrado y a los 23 publicó su primera obra, Otras voces, otros ámbitos. Después vino Un árbol de noche y otros cuentos, El arpa de hierba, Se oyen las musas y Desayuno en Tiffany’s, que se convirtió en película y lanzó a Audrey Hepburn al estrellato. Pero su novela más famosa, A sangre fría, de corte periodístico, sobre el asesinato de una familia de granjeros a manos de dos hombres llamados Perry Smith y Dick Hickock, lo mandó a la ciudad de Holcomb en Kansas para mirar de frente a los asesinos, investigar y escribir sobre ellos. También lo cubrió de gloria.

“Soy alcohólico, soy drogadicto y homosexual. Soy un genio”

De aquella temporada memorable, pero infernal, se curó regresando a Nueva York para asistir a fiestas con sus ilustres amigos —Andy Warhol y Marilyn Monroe, entre otros— y emprendiendo una verbena de sexo, libros, alcohol y las drogas necesarias. De aquellos tiempos es su frase más conocida y provocadora: “Soy alcohólico, soy drogadicto y homosexual. Soy un genio”.

Todos le creyeron. Y esperaron otra genialidad de Capote. Pero su última novela, Plegarias atendidas, quedó inconclusa. Era un proyecto ambicioso. Quería ser “una novela real” una selección y reescritura de sus propias notas, pero también de las cartas, confesiones y notas de sus amigos. Según decía todo el tiempo, ya había comprendido que escribir debía ser un proceso sencillo que reflejara a las personas simples y comunes que uno se encontraba cada día. Sin embargo, ni Capote, ni las personas que lo rodeaban eran simples y comunes. El libro estaba marcado por un equívoco y funesto destino.

Cuenta su amigo Dotson Rader:

“En noviembre de 1977 se perdió el manuscrito de la novela inédita de Truman Capote. Su publicación había despertado la mayor expectación en la historia de la literatura norteamericana. Iba a ser editada por Random House y se esperaba que superara las ventas de A sangre fría, relato del que se habían vendido 5 millones de ejemplares. Aquel libro había hecho millonario a Capote, le había reportado los elogios del mundillo literario y le había transformado en una celebridad. Para editar Plegarias atendidas, Random House se había avenido a pagarle un adelanto de 1 millón de dólares en concepto de derechos de autor, una suma sin precedentes por una obra literaria. Sin embargo, la novela no estaba terminada y no había más que un único original de lo que hasta entonces llevaba escrito. Aunque éramos amigos, nunca antes me había contado en qué circunstancias había perdido el bien más deseado del país desde el punto de vista literario y yo dudaba que fuera cierto. Pero me lo dijo un día que estábamos comiendo en el restaurante Quo Vadis de Nueva York. En cuanto me vio, exclamó con aquella vocecilla atiplada y ceceante, como la de un niño: ‘¡Desaparecido! ¡Chico, me han birlado mi manuscrito! ¡Me lo han robado! ¡Dios todopoderoso, es una jodienda de desastre!’. Acto seguido se dejó caer de manera teatral en el banco de terciopelo rojo, arrebujándose delicadamente a mi lado. Tenía un aspecto que daba auténtica congoja. Le di un beso. ‘¡Tienes una pinta espantosa!’, le dije”.

Capote apenas había salido del hospital para recibir tratamiento contra su alcoholismo y su adicción a las drogas. Enganchado al valium y a la bebida se había quedado cuatro semanas en rehabilitación y todos suponían estaba mejor porque lo veían escribir, tomar notas y hablar de su inédito libro todo el tiempo. Pero ningún tratamiento le iba a servir ya de nada.

Sigue relatando Rader:

“En Quo Vadis nos sentamos en una mesa desde donde veíamos a los que entraban o salían del restaurante. ‘Necesito tomarme un buen pelotazo’, dijo Capote. ‘Pensé que lo habías dejado’, repliqué. Ojalá lo hubiera hecho. Era un bebedor a su pesar, autocompasivo, depresivo, lúgubre. Me llamaba por teléfono de noche a cualquier hora, borracho perdido, y no paraba de hablar, entre balbuceos incoherentes, atormentado por la soledad, diciendo que quería morirse. Exclamaba citas de las que luego se olvidaba, volvía a contar anécdotas graciosas que acababa de mencionar, bebía vodka directamente de la botella, perdía el conocimiento y caía redondo en donde fuera. ‘¿Dejado el alcohol?’, se echó a reír. ‘¿A cambio de qué? ¿No te das cuenta de que soy otro de los casos de éxito de la Isla del Diablo?’. Y entonces le hizo un gesto lánguido al camarero con la mano que le puso enseguida delante un vodka doble con hielo. Se lo metió para adentro de un solo trago. Se bebió otros tres más como el primero”.

No sólo el manuscrito estaba perdido, Truman Capote también.

Los primeros cuatro capítulos de su supuesta novela desaparecida, que nunca había entregado a Random House, los publicó en la revista Esquire. El efecto fue demoledor en reacciones iracundas. La mayoría de sus amigos lo condenó al destierro por contar historias apenas disfrazadas sobre ellos. Lo acusaron de defraudador de confianzas y alta traición y lo cubrieron con el irrompible hielo de la indiferencia y el rencor. Y Capote, como reacción, publicó el relato Monstruos perfectos, describiendo aquellas iniquidades y dando el tiro de gracia a sus amigos y a su propia cabeza. Sus plegarias habían sido respondidas provocando el peor dolor, de la peor de las maneras.

Años después, Capote escribiría: “¿Y cómo afectó todo esto a mi futuro como escritor? De forma muy considerable. Aquí estoy en mi oscura demencia, absolutamente solo con mi baraja de naipes y, desde luego, con el látigo que Dios me dio”.