El cristianismo primitivo es, en muchos aspectos, un judaísmo universalizado, como lo propone el teólogo alemán Gerd Theissen, que añade que muchos temas fundamentales en estas dos religiones son idénticos (La religión de los primeros cristianos: una teoría del cristianismo primitivo, Salamanca, 2002).

Ambas religiones comparten temas claves en su comprensión del mundo: el mundo es creado; el poder divino puede intervenir en cualquier momento del acontecer real; todo lo creado es expresión de la sabiduría de Dios; en la historia se expresa la voluntad de Dios de salvar a los seres humanos.

Las dos religiones asumen también temas básicos en su manera de entender al hombre: la fe es el camino de acceso a Dios; la conversión es una posibilidad siempre presente; la distancia de Dios se ve como problema. La relación con los otros se estructura en forma similar, a través de dos temas fundamentales, que son el amor al prójimo y la humildad.

Existen también diferencias entre el judaísmo y el cristianismo primitivo, pero éstas, asegura Theissen, son limitadas. Éstas aparecen menos en el ámbito de lo profundo y se manifiestan más en el de las formas de expresión. Es clara, pues, la existencia de una cercanía y afinidad evidentes entre las dos religiones.

Los dos axiomas básicos del judaísmo, plantea Theissen, son el monoteísmo y el nomismo de la alianza. Son el pueblo elegido por Dios que precede al compromiso del pueblo con la ley. La ley no tiene el cometido de construir la alianza de Dios con Israel, sino de mantener a éste en la alianza.

En el caso del cristianismo primitivo, los axiomas básicos son el monoteísmo, pero modifica el segundo del judaísmo para proponer en su lugar el de la fe en el redentor. El sistema religioso se estructura en una nueva forma a partir de la figura de un único redentor, que lo es ya no sólo para un pueblo, sino para todos los seres humanos.

Ambas religiones plantean la historia como historia de salvación. En el caso del judaísmo, ésta, desde el principio al día de hoy, se concentra en el pueblo de Israel. En el cristianismo primitivo, esta historia salvífica se centra en un solo hombre, Jesús de Nazaret. Él es el cumplimiento de la historia bíblica. Es un hombre concreto que a su muerte es elevado a la divinidad.

El judaísmo teologizó las normas. No sólo los mínimos éticos establecidos en el decálogo, sino todas las leyes fueron reconducidas a la voluntad de Dios, que fueron legitimadas desde la Torá. Ya no es la ley promulgada por los hombres, sino es la ley de Dios.

El cristianismo primitivo, por un lado, radicalizó esta tendencia del judaísmo, pero, de otro, relativizó todos los preceptos.

Las formas de expresión, los ritos, son en buena parte semejantes, pero en otra, diferentes. El cristianismo abandona prácticas de judaísmo (sacrificios expiatorios, ritos de purificación...) y añade otras. Es cierto que se eliminan los sacrificios de animales, pero simbólicamente, en la celebración de la cena, ahora se sacrifica a una persona, de la que se come de su cuerpo y se bebe su sangre.

En el siglo I, el cristianismo primitivo se va distanciando del judaísmo, en el seno del cual nace, y pasa de un movimiento de renovación a una etapa herética del judaísmo, hasta llegar, finalmente, a la separación, al cisma definitivo, y dar lugar a la creación de una nueva y distinta religión: el cristianismo. Las distintas denominaciones cristianas celebran esta semana la muerte y resurrección de Jesús, su fundador.

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