A pesar del impacto duradero del ataque al Capitolio de Estados Unidos, el 6 de enero del 2021, el Partido Demócrata puede sentirse cómodo con las tendencias demográficas más amplias. Las elecciones presidenciales de 2020 no solo fueron un triunfo administrativo; la participación récord mostró que el verdadero problema siempre ha sido las barreras para votar.

AUSTIN – Una vez pasado el primer aniversario de los disturbios del 6 de enero en Washington, dediquémonos al panorama general.

La gran anomalía en la elección presidencial estadounidense de 2020 fue que Joe Biden ganó por una diferencia de 7 millones de votos a nivel nacional, pero quedó a 43,000 (en tres estados reñidos) de perder en el Colegio Electoral y, con ello, en la elección. Tan solo en California Biden consiguió 5 millones de votos más de los que necesitaba y, en Nueva York, otros 2 millones.

Hasta ahora, en este siglo solo Barack Obama había ganado con victorias decisivas tanto en el voto popular como en el Colegio Electoral. En 2000 y 2016 el ganador del voto popular perdió las elecciones. En 2004, el resultado dependió de un solo estado: Ohio. Esta anomalía no solo es persistente, sino también constitucional, lo que prácticamente impide solucionarla.

Sin embargo, en las elecciones de 2020 triunfó la democracia. La participación en términos de proporción de votantes fue mayor que en cualquier otra elección desde 1900 (cuando prácticamente solo podían participar los hombres, casi todos ellos, blancos). La pandemia del Covid-19 obligó a los administradores locales de las elecciones a innovar, y lo hicieron ampliando el voto por correo, el voto en los días previos a la jornada electoral, el voto durante 24 horas, y el voto en automóvil. Se emitieron más de 100 millones de votos antes del día de las elecciones. Al final, el recuento final para Donald Trump fue de 11 millones más que en 2016 y Biden superó por 15 millones los votos que obtuvo Hillary Clinton en 2016.

La baja participación en Estados Unidos se suele atribuir a la apatía de los votantes, pero 2020 demostró que el problema real siempre fueron las barreras al voto. En las elecciones previas había pocos lugares donde votar, las votaciones eran largas y complejas, y el proceso era lento (las filas a menudo duraban horas). Mucha gente carece del tiempo, la paciencia o la resistencia física necesarios para esperar.

El sistema también desalentaba los cambios en los patrones de voto, porque las juntas electorales asignaban las máquinas y los recursos humanos según la participación anterior. Así, no había nunca suficientes máquinas para los nuevos votantes cuando se disparaba la participación en algún lugar, por el motivo que fuere. Las elecciones del 2020 fueron entonces un excelente experimento no intencional para eliminar las barreras al voto... que funcionó.

Quienes reclaman ahora que hubo fraude señalan como evidencia el enorme aumento en la participación. De hecho, el crecimiento en la participación en los llamados estados clave no fue mayor que en los estados donde el resultado no estaba en duda. Una excepción fue Arizona, donde la participación creció el 30 por ciento. Pero una vez que se hacen los ajustes para considerar el rápido crecimiento poblacional de Arizona, el aumento proporcional es similar al de California, donde el fraude por aumento de la participación no hubiera tenido sentido. En todo caso, el voto en Arizona fue gestionado por funcionarios republicanos.

Tampoco hay señales de que el recuento de los votos haya sido sospechoso. En cada condado se registran e informan los votos, no solo en los estados. Cualquier manipulación en el recuento de los votos tendría que haber ocurrido en condados específicos. Y, debido a que las elecciones de 2020 tenían antecedentes cercanos en 2016, los recuentos extraños en los patrones electorales de los condados se hubieran detectado fácilmente.

Un análisis de los resultados por condado que hicimos con tres colegas comparó los primeros cinco estados clave (Georgia, Arizona, Wisconsin, Pensilvania y Michigan) con cinco estados donde el resultado estaba cantado: California, Nueva York, Nueva Jersey, Ohio y Texas. Notamos algunas rarezas. A lo largo de la frontera mexicana, en Texas, por ejemplo, hubo un fuerte cambio en los resultados favorable a Trump (claramente debido a la prosperidad que generó el gasto federal en la frontera), pero esos pocos condados son extremadamente pequeños. En el resto de Texas, dos grandes condados mostraron fuertes cambios favorables a Biden y lo mismo ocurrió en dos grandes condados en Georgia. Se pueden explicar esos resultados por la movilización de los votantes y los cambios demográficos. Excepto eso, el análisis muestra que no hubo cambios perceptibles ni en los estados clave ni en los demás, independientemente de su dirección.

¿Por qué ganó Biden? Podemos encontrar una respuesta sencilla en los datos electorales. Si comparamos con 2016, a Trump le fue mejor con las mujeres, los negros y los hispanos, pero perdió terreno con los hombres blancos, que mostraron un cambio de aproximadamente cinco puntos porcentuales a favor de Biden. El cambio se debió principalmente a hombres que habían votado por Obama en 2008 y 2012, pero eligieron a Trump en vez de a Clinton en 2016. Su regreso al comportamiento anterior definió la diferencia en tres estados reñidos -Michigan, Pensilvania y Wisconsin-, que habían sido decisivos en 2016. Más allá de la escasa diferencia, los estados clave no mostraron un comportamiento especial; el desplazamiento general hacia Biden fue un poco mayor en otros estados, entre ellos, California, Texas y Nueva Jersey.

Hay una gran ironía en la forma en que se dan actualmente las elecciones presidenciales en Estados Unidos. En los estados con mayor crecimiento en la desigualdad del ingreso desde inicios de la década de 1990 -entre ellos, California, Nueva York, Connecticut, Nueva Jersey y Massachusetts-, el voto es siempre demócrata. Y en los estados donde la desigualdad creció en menor medida (aunque no estuvo ausente), el voto es republicano. Este patrón se ve desde hace décadas y es cada vez más intenso en cada elección presidencial.

¿Cómo se explican estas tendencias? No tiene que ver con la actitud frente a la desigualdad, la mayor parte de la gente desconoce (o no le importan) los niveles de desigualdad en sus estados (que calculamos para nuestro estudio). El partido demócrata se convirtió en una coalición de dos grandes grupos que representan los extremos de la distribución: profesionales urbanos con altos ingresos y minorías con bajos ingresos. Los bastiones republicanos están en los suburbios, las pequeñas ciudades y las zonas rurales, en el centro de la escala de ingresos. Los republicanos dominan entonces donde hay menos desigualdad y los demócratas, donde hay más. Es un patrón simple, sistemático y convincente.

Sus implicaciones se desarrollan en el sur y suroeste, donde las poblaciones minoritarias (especialmente los hispanos) crecen rápidamente y donde el poder de las ciudades aumenta gradualmente frente al de los pueblos y las zonas rurales. Por esto Arizona y Georgia se dieron vuelta en 2020, y Nevada pasó a los demócratas hace unos años.

En Texas, con 38 votos en el colegio electoral -más que Pensilvania y Michigan juntos- hubo un desplazamiento inexorable hacia los demócratas de 3 puntos cada 4 años. Obama obtuvo el 40% en 2012; Clinton, el 43% en 2016, y Biden el 46% en 2020.

Las legislaturas republicanas, especialmente en los estados del sur y suroeste, hicieron las cuentas y están aterradas. Por eso trabajaron para revertir los experimentos que permitieron un gran acceso al voto en 2020. La consigna silenciosa del Partido Republicano es: ¡Pongamos nuevamente los votantes estadounidenses en largas filas (y no les demos agua)! La idea es disuadir de votar a todos los que se pueda.

Si el Congreso fracasa ahora en proteger los derechos de los votantes, es posible que esa estrategia funcione durante un tiempo (especialmente este año en las elecciones intermedias, que suelen tener baja participación). Y es posible que los demócratas se tambaleen por otros motivos en el 2024, pero los republicanos no se salvaráneliminando votantes. Votar es un hábitoy los hábitos son difíciles de romper. La suerte está echada.

El autor

Profesor de Gobierno y presidente de Relaciones Gubernamentales/Negocios en la Universidad de Texas en Austin; fue economista del staff del Comité de Servicios Financieros de la Cámara y exdirector ejecutivo del Comité Económico Conjunto del Congreso. De 1993 a 1997 se desempeñó como principal asesor técnico para la reforma macroeconómica de la Comisión Estatal de Planificación de China. Es autor de Inequality: What Everyone Needs to Know y Welcome to the Poisoned Chalice: The Destruction of Greece and the Future of Europe.

Copyright: Project Syndicate, 2020

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