Hay quienes creen que el feminismo es una palabreja que se puede usar o desechar a conveniencia. Otras lo rechazan como si de una mala palabra se tratara: " ¡Ay, pero no soy feminista!". Otros ven en el feminismo una herramienta de malas mujeres que se oponen "porque sí" a los grandiosos proyectos nacionales.  Otros y otras, desde el poder, se autoproclaman "feministas" para atraer a ese 52% de la población que, finalmente, no pueden ignorar. Por fortuna, ya muchas mujeres saben que el feminismo es una forma de pensar y ver el mundo, un movimiento con una larga historia intelectual, con corrientes diversas, que a lo largo de siglos ha buscado la igualdad, la autonomía y las libertades de las mujeres, con pequeñas y grandes victorias, pese a tropiezos, divergencias, represiones y manipulaciones fuera y dentro de sus filas. Y no se dejan engañar.

El feminismo no es un vestido que se pone y quita, no es un alimento que se engulle y desecha, ni un mero discurso en que se mezclan con torpeza o habilidad palabras como" derechos", "igualdad", "sororidad". Es un actuar, un conjunto de conceptos, miradas, vivencias y aspiraciones que se pone en práctica. Ser feminista implica congruencia – en la medida humanamente posible. Para muchas en la historia, esto ha supuesto quedar al margen, ser objeto de burla, escarnio o persecución; lo que no implica ser mártir ni tener que sufrir para ganarse la pertenencia al movimiento o nombrarse feminista sin dobleces.

A 68 años de la obtención del voto femenino en México, ganado gracias a las feministas que lo demandaron en los años 40 y 50, y a todas las activistas anteriores, declaradas feministas o no,  es evidente la importancia de las mujeres en la vida pública y la urgencia de que sus demandas sean integradas en las políticas públicas y en todos los ámbitos de decisión, públicos y privados.  La ciudadanía política no basta si seguimos siendo violentadas, menospreciadas o acalladas; si no se crean para todas las condiciones reales para el ejercicio de todos los derechos, la autonomía y las libertades en todos los campos. Tampoco basta la paridad en la política si entre las que hoy tienen poder (gracias a las luchas pasadas y presentes) muchas no se atreven a decirle "¡NO!"  al señor patriarca que encabeza el partido, la organización, el país…

Claro y triste ejemplo de ello es la llegada a la gubernatura de Guerrero de una mujer sin trayectoria política propia, al cobijo de su padre, presunto culpable de violación, y de su partido, cómplice de misoginia. ¿Puede alguien presumir la llegada de esta gobernadora como logro de las mujeres? ¿No es acaso una afrenta?  ¿En qué pensaba la jefa de gobierno de la Ciudad de México al acompañar a la gobernadora electa, sentada al lado del padre senador, como si esto no fuera una farsa de democracia?  ¿Y por qué luego acusó de machistas a quienes se refieren a la hija del senador como tal? ¿Acaso este vínculo no definió su candidatura?

Quien ha reprimido manifestaciones de jóvenes feministas, quien las ha descalificado e intentó manipularlas, quien no ha dado prioridad a la vida y seguridad de niñas desaparecidas, mujeres violadas y asesinadas y ha apoyado las políticas del Patriarca, de pronto se viste de "feminismo" y defiende lo indefendible. De pronto pretende que nosotras olvidemos y convoca, desde su gobierno, a un "Festival: Voces feministas en tiempos de transformación" como si las políticas actuales no hubieran ya dañado a niñas, jóvenes y mujeres. ¿Feminismo a la 4T?

Digámoslo claro: ni la política exterior de un país que persigue y deporta migrantes es "feminista", ni es "feminista" justificar el nepotismo. Tampoco es "feminista" reprimir manifestaciones de protesta y luego pretender adornarse con "voces feministas".

El feminismo no es cómodo ni puede ser acomodaticio. El feminismo no es discurso ni disfraz.

Twitter: @luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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