La Ciudad de México, con los gobiernos de izquierda, los de Cárdenas, López Obrador y Ebrard, logró darle la vuelta al deterioro posterior al terremoto de 1985 y al de la propia crisis económica de los 80 y 90. La ciudad se convirtió en sinónimo de políticas sociales innovadoras, alternativas de transporte público, recuperación de espacio urbano, libertades civiles y dinamismo económico. La capital llegó a ser la isla de la seguridad, en medio de la crisis de violencia del país.

Las finanzas se manejaron con prudencia, los ingresos propios alcanzaron niveles que no tiene entidad federativa alguna. En la ciudad, se construyeron proyectos que contrastaban con los del PRI y el PAN en el gobierno federal y que se convirtieron en propuestas en las elecciones nacionales.

Hoy no solamente el deterioro de nuestra ciudad es evidente, es que simplemente no hay gobierno. Mancera dejó el gobierno, por la puerta de atrás, para asumir una impugnada senaduría por el PAN. El jefe de Gobierno interino no tiene el control de las dependencias de la administración pública, ni el mínimo de influencia en los órganos y actores políticos de la capital.

La ciudad no tiene un órgano de trasparencia completo, por lo que no es posible hacer efectivo el derecho a la información. Ninguna ampliación presupuestal se ha otorgado para las grandes obras relacionadas con la reconstrucción, ya que, como se ha demostrado, los recursos se desviaron a las delegaciones del PAN y PRD para programas que sirvan en las elecciones.

Esas delegaciones reciben, de manera discrecional, recursos adicionales, muy por encima del resto, durante el ejercicio fiscal. La ciudad dejó de ejercer el año pasado más de 13,000 millones de pesos y en los últimos cinco años ha devuelto a la federación más de 7,000 millones de pesos, de todo tipo de programas. Todo eso se documenta en la cuenta pública entregada esta semana.

En los últimos días, también se ha desmantelado lo que quedaba de una estructura profesional de la Secretaría de Finanzas. Los operadores políticos han tomado el control de los dineros de la capital, la que fuera la joya de la corona de las haciendas estatales.

Los excesos del desgobierno de la ciudad, en la imposible y paradójica tarea de retener el poder a como dé lugar, ya adquieren una dimensión de drama personal. El sindicato de trabajadores de la capital amedrenta a los trabajadores para que asistan a los actos del Frente. A los que acuden a los de Morena y apoyan a ese partido directamente, los despide.

Hace un año, se documentó como se transfirieron recursos a delegaciones del PRD y a dependencias del gobierno de la ciudad de México para contratar de manera masiva trabajadores eventuales, semanas antes de la elección para el constituyente capitalino. La política laboral de la ciudad es llanamente guiada por los intereses de la operación electoral.

Mientras tanto, Mancera realiza una extraña, insustancial y, sobre todo, solitaria gira por el país. Ni participa en los actos del Frente en la ciudad, ni es vocero de su candidato, ni su legado es defendido por la abanderada de esa coalición a la jefatura de gobierno. Eso se entiende, su gobierno no sale bien librado con respecto a los anteriores, en ningún indicador.

Lo grave es que el desgobierno agrava la crisis de seguridad de la capital, consiente el desorden inmobiliario, posterga las soluciones a los problemas hidráulicos y genera malas decisiones en movilidad, como el metrobús de Reforma. Pronto cambiará la administración de la ciudad y una mujer con sólida preparación y clara visión de los problemas metropolitanos tomará el mando, pero el daño infligido a la ciudad, por este periodo de desgobierno, no será menor.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.