Hace un par de días el presidente Felipe Calderón se reunió con los directivos del BBVA en México y uno de los temas principales de la reunión fue el papel del crédito como motor de crecimiento en una economía emergente.

En este espacio, hemos mencionado que a diferencia de la crisis de 1995, en la que el sistema financiero mexicano quebró y tuvo que ser rescatado por el gobierno y los contribuyentes, la crisis del 2008 había tomado al sistema financiero mexicano en una posición mucho más sólida. La diferencia es importante.

Después de la catástrofe de 1995, el sistema financiero mexicano estuvo prácticamente en coma durante ocho años. El crédito al consumo y a la pequeña y mediana empresa sencillamente no existía, ya que los bancos aún seguían ocupados recapitalizándose, desarrollando nuevos modelos de análisis de riesgo y sobre todo reestructurando muchos de los créditos que se habían otorgado en el periodo 1991-94.

Parece mentira, pero el crédito bancario otorgado al sector privado, medido como porcentaje del PIB, aún está por debajo de los niveles de 1994.

Después del colapso de 1994 y del tortuoso rescate de 1995, el mapa del sector financiero en México fue totalmente reconfigurado en la segunda mitad de la década de los 90.

La entrada de grandes grupos financieros internacionales con capital y la supervivencia de algunos grupos financieros mexicanos, principalmente Banorte, lograron que el crédito comenzara a reactivarse a principios de la década que acaba de terminar. A finales de la década de los 90 era imposible pensar en un crédito hipotecario a largo plazo (10-20 años) a tasa fija.

Sin embargo, la estabilidad macroeconómica, un entorno de menores tasas, una regulación financiera adecuada y un mercado sumamente sub-bancarizado, llevaron a las instituciones financieras a reabrir la llave del crédito. Entre el 2000 y el 2007, el crédito total como porcentaje del PIB pasó de 6.5 a 13.0 por ciento.

A pesar del crecimiento, esta cifra se encuentra aún muy por debajo de 38% registrado en 1994 y la de otros mercados emergentes, como Brasil y Colombia, que ronda 35% y ni hablar de Chile donde es superior a 60 por ciento.

La crisis del 2008 no trajo un colapso brutal en el otorgamiento de crédito total, la cifra como porcentaje del PIB disminuyó de 13% en el 2007 a 13.3% al cierre del primer trimestre del 2010.

Sin embargo, estas cifras agregadas no revelan la realidad de lo que ha ocurrido en el crédito al consumo, a la vivienda y a las Pymes, donde la contracción ha sido mucho más marcada.

Las cifras totales incorporan el crédito otorgado a gobiernos, donde ha habido un fuerte crecimiento, especialmente en el rubro de estados y municipios.

En la parte de crédito al consumo hemos visto una caída de más de 25% en el saldo de la cartera de crédito, lo cual implica una reducción del máximo de 4% del PIB del 2007 a 3% a finales del primer trimestre del 2010. Todavía no hay señales de recuperación.

La buena noticia es que en los últimos meses hemos visto una disminución en la velocidad de la caída del crédito al consumo (al primer trimestre de este año había caído 15% con respecto al primer trimestre del 2009).

Los bancos han robustecido sus modelos de riesgos y la regulación para el crédito al consumo se ha hecho más dura, requiriendo mayores reservas preventivas a los bancos. Para finales del 2010 deberíamos ver por fin tasas cercanas a cero o ligeramente positivas para el crédito al consumo.

El crédito a empresas ha sufrido una caída menos marcada gracias al papel de la banca de fomento (Nafin y Bancomext) como proveedores de garantías parciales para ciertos esquemas de crédito a Pymes. Sin embargo, aún se observa una caída de aproximadamente 5% de su nivel máximo registrado en el 2009.

Por otro lado, el crédito a la vivienda ha seguido fluyendo para el segmento de interés social, pero se ha frenado considerablemente para el segmento de interés medio.

Esto se debe en gran parte a la complicada situación que enfrentan las sofoles hipotecarias que se habían convertido en un motor importante del crédito a la vivienda, tanto a nivel desarrollador (créditos puentes) como para el comprador final.

La economía mexicana necesita una reactivación del crédito al sector privado, un país como México debería tener una penetración financiera mucho más alta.

Mientras el sector financiero no juegue un papel más preponderante en el otorgamiento de crédito, nuestra economía seguirá volando con un solo motor, el del sector externo.