Poeta, dramaturgo, novelista, crítico literario y ensayista, uno de los escritores más brillantes y polémicos de la literatura universal, Oscar Wilde nació en Irlanda el 16 de octubre de 1854 en Irlanda, pero su filiación y destino fueron predominantemente ingleses

Lo único que se consigue diciendo siempre la verdad, es ser siempre descubierto, decía Oscar Wilde. Porque para él, la única verdad era la escondida en la literatura, la que componía el artificio del arte, jamás la honestidad personal y descarnada. Estaba convencido de que una vez confesadas ciertas verdades, podían convertirse en pasto del escándalo, abono de las malas querencias, páramo de la creación y sentencia de muerte.

Poeta, dramaturgo, novelista, crítico literario y ensayista, uno de los escritores más brillantes y polémicos de la literatura universal, Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde nació en Dublín, Irlanda, el 16 de octubre de 1854, pero su filiación y destino fueron predominantemente ingleses. De padre médico y madre escritora, fue un brillante estudiante, lector voraz, reconocido y exitoso desde pequeño. Sus estudios en el Trinity College, le valieron la "Medalla de Oro Berkeley" por un trabajo sobre poetas griegos y, cuando ingresó a Oxford, el premio estudiantil más importante de poesía.

Siempre atento y curioso, muy pronto supo que su oficio sería escribir y su talento innovador. Desde temprano estuvo de acuerdo con las  teorías estéticas que proclamaban la importancia absoluta  del arte en la vida, considerando al mismo tiempo que «todo arte era más bien inútil» y defender la posición de “el arte por el arte”.

Muy joven, se casó con Constance Lloyd, tuvo dos hijos, y al fracasar el matrimonio decidió mudarse a Londres. Allí, su carácter excéntrico y su genio literario explotaron sin remedio. Aparecieron obras suyas como El retrato de Dorian Gray; Salomé, La importancia de llamarse Ernesto y El príncipe feliz, y se convirtió en un verdadero excéntrico de fondo y forma: usaba el cabello largo, impuso la moda de los pantalones de terciopelo y fue coleccionista de girasoles, plumas de pavo real y porcelanas chinas. Divertido, Wilde declaraba que para formar parte de la buena sociedad se tenía que alimentar a la gente, divertirla o escandalizarla.

Muy pronto se convirtió en una figura pública. No sólo por su vestimenta, también porque nunca callaba sus opiniones intelectuales y políticas. El éxito lo alcanzó pronto: sus libros encantaron, sus obras de teatro cautivaron al público y sus reuniones sociales los llenaron de expectativas. Así, se convirtió en uno de los personajes más fascinantes del Londres victoriano ya que su trasgresión a las normas fue tan constante como todo lo que se hablaba de él (baste aquello de que Wilde “cenaba con los Panteras –los muchachos de los barrios bajos– pero desayunaba con los dandys”).

Durante algún tiempo Wilde fue una figura tachada de frívola pero también de profundidad reconocida, capaz de escribir en momentos de inspiración frases como la siguiente “Dios ha creado un mundo distinto para cada hombre, y es en ese mundo, el que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir”. 

Sin embrago, la deliciosa fama no podía durar. En 1895, cuando se encontraba en la cima de su carrera, Wilde escandalizó a la nobleza y aristocracia británicas cuando se verificaron ciertas acusaciones de que su amistad con lord Alfred Douglas eran en realidad una relación amorosa “que incluía la sodomía”.

Y comenzó el infierno.

Fue evidente que el sofisticado mundo de la reina Victoria, que pretendía una belleza espiritual más parecida a la castración que a la bondad moral, estaba alejada de toda tolerancia. El éxito intelectual y social de Wilde se convirtió en cárcel y desgracia. El amor herido y el mundo destrozado del poeta, en una temporada de encierro y trabajos forzados. La brillantez de su pluma en un abismo de oscuridad magnífica y los aullidos de dolor en obras como La balada de la cárcel de Reading y De profundis.

Gracias a su feroz inteligencia, Wilde había planteado su lucha contra la mojigatería en términos estéticos. Célebre, su creencia de que se podía perdonar hacer una cosa inútil si es que uno la admiraba intensamente, y admirable su defensa del arte por el arte mismo y a la belleza como un valor en sí. En su ensayo La decadencia de la mentira, Oscar Wilde escribió al respecto: "las únicas cosas bellas son las que no tienen nada que ver con nosotros... Todo lo que es útil o necesario, todo lo que nos afecta en algo, dolor o placer, todo lo que se dirige a nuestra simpatía, o posee una importancia vital en el ambiente en que vivimos está fuera del dominio del arte” (Paradójicamente, también sabía que ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; porque si lo hicieran la vida sería también aburrida e inútil).

“No tengo nada que declarar sino mi genio”, dicen que fue la frase más usada de Oscar Wilde cuando pasaba por alguna aduana, cuando le pidieron cuentas, cuando los jueces le exigieron admitir un mar de culpas, todos los días en que fue devorado. Sin mediar inútiles palabras fue condenado a una larga temporada de encierro por amar a quién no debía. Nunca volvió a Londres ni volvió a escribir. Murió en París, el 30 de noviembre de 1900, convencido de que el verdadero necio, ése del que los dioses se ríen o al que los hombres arruinan, es el que no se conoce a sí mismo.