Cuando se trata del tema de judíos, el presidente Trump presenta una especie de rompecabezas.

Su hija Ivanka se convirtió al judaísmo para casarse con su yerno judío, él tiene nietos judíos, proclama en voz alta su apoyo a Israel y ha empleado a judíos en puestos prominentes en sus negocios.

En la fiesta de Hanukkah de la Casa Blanca en diciembre, dijo a los judíos estadounidenses que Israel era “su país”. Generalmente suele decirles que ellos son más leales a Israel que Estados Unidos.

En la reunión anual de la Coalición Judía Republicana en abril, se refirió al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, como “su primer ministro”.

Pero Trump también parece tener reacciones antisemitas. La semana pasada, por ejemplo, el presidente reveló que los judíos que votan por el Partido Demócrata son “desleales” a Israel, invocando un antiguo insulto antisemita.

Su inclinación por hacer declaraciones antisemitas se remonta mucho antes de que iniciara su Presidencia. En repetidas ocasiones ha sugerido que los judíos son codiciosos o que buscan dinero y usan su riqueza para controlar la política.

“No me van a apoyar porque no quiero su dinero”, dijo Trump en alguna ocasión; siete de cada 10 judíos estadounidenses votaron por Hillary Clinton en el 2016.

Entonces, ¿es Trump un filosemita o un antisemita? La respuesta es: ambas.

Trump cree en todos los estereotipos antisemitas sobre los judíos, pero él ve esos rasgos como admirables.

Él quiere que los judíos sean sus abogados y administren su dinero, para que él también pueda ser rico; quiere comprar políticos como cree que los judíos lo hacen. Hay un viejo adagio judío irónico sobre este fenómeno: “Un filosemita es un antisemita al que le gustan los judíos”.

Queda claro que Trump ha dado concesiones al gobierno de Benjamin Netanyahu con el objetivo de ganar votos en las elecciones del 2020, sin embargo, no queda claro que así será.