Cada año, el diccionario Oxford asigna una palabra que resume el año que recién termina. No es un calificativo gratuito, es un término que cobra significancia cultural por la manera en que describe los temas más recurridos del año. Para el 2018 la palabra fue tóxico. Un término que fue buscado 45% más veces en el diccionario, tanto en su sentido literal como metafórico. Pero de acuerdo a la compañía, su valor estadístico no fue el único criterio que tomaron en cuenta, sino la proliferación de contextos en que la palabra tóxico fue utilizada.

Lo tóxico, en lo que se refiere a su etimología significa venenoso. Era la sustancia que los griegos antiguos usaban en sus flechas. El significado literal no ha cambiado mucho y suele referirse a sustancias químicas y sus implicaciones en el desperdicio y el medio ambiente. Pero más allá de esas connotaciones, lo tóxico tiene también cobra valor simbólico y este año se usó para describir relaciones interpersonales, laborales, la masculinidad misma y los valores éticos y culturales que prevalecieron.

No es irrelevante el considerar que el término esté directamente vinculado a la agenda mediática del año. La palabra tóxico fue muy recurrida en encabezados tanto impresos como virtuales, y al margen de un análisis del tipo el huevo y la gallina, lo cierto es que la palabra prevaleció en el discurso mediático y en el colectivo, sea uno reflejo del otro o viceversa.

Una de las noticias internacionales más relevantes del año fue el envenenamiento de un antiguo oficial de inteligencia ruso y su hija en Inglaterra. La atención al caso despertó un interés por las sustancias tóxicas como el agente nervioso que fue utilizado para envenenarlos, su uso, control y proveniencia.

Aunque no es novedosa, hubo una frecuente preocupación social por los desechos tóxicos y sus efectos en el medio ambiente. Y aunque la más relevante del año fue la contaminación del aire, la agenda mediática estuvo llena de referencias a las algas tóxicas de los lagos de Florida. Especialmente cuando los reflectores políticos de la campaña senatorial se ocuparon de ellos. En resumen, muchos lagos de Florida fueron invadidos por algas tóxicas producto de residuos de fertilizantes en los cultivos locales. Una intensa temporada de lluvias obligó al gobierno local a canalizarlas hacia al mar, afectando el ecosistema, a los delfines y al turismo local. Como suele suceder en la política, ambos candidatos se culparon el uno al otro.

El medio ambiente tóxico, sin embargo, se refirió más a los ambientes de trabajo y su efecto en la salud mental de quienes laboran en ellos. Las noticias estuvieron llenas de referencias ambientes de trabajo tóxicos, un término que hasta ahora se había mantenido como suerte de secreto profesional que debía soportarse estoicamente mientras se encontraba una mejor oportunidad. El ambiente laboral tóxico implica desde cargas de trabajo exageradas hasta acoso y abuso sexual. Tema que puso en los encabezados a Google. En noviembre pasado, empleados de sus oficinas de Nueva York, San Francisco y Hong Kong, protestaron por la manera en que la compañía encubrió una cultura de acoso sexual en sus ejecutivos.

El escándalo alcanzó también al multimillonario empresario británico Philip Green. A su manejo inescrupuloso de la quiebra de la mayor cadena de tiendas departamentales en el Reino Unido, se sumaron los señalamientos a su cultura empresarial misógina donde prevalecía la intimidación, y los abusos sexuales y raciales. El estilo personal y empresarial de Green fue ventilado por el respetado periodista Oliver Shah en su libro Damaged Goods. Green se volvió el ejemplo viviente del capitalismo salvaje en el Reino Unido.

Las relaciones tóxicas, sin embargo, se extienden fuera del ambiente laboral y frecuentemente implicaron a las parejas, los padres o incluso a los políticos. En este año hubo tanta discusión sobre relaciones venenosas que la palabra “relación” acompañó a “tóxico” con frecuencia. La atribución más frecuente se refirió a la masculinidad tóxica. Con la que tuvo mucho que ver el movimiento #metoo, la confirmación de Brett Kavanaugh a la suprema corte estadounidense.

La masculinidad tóxica, sin embargo, se volvió un descriptor para los hombres que no se conforman a los valores de la sociedad actual. La masculinidad tóxica describe a las características exageradas de la masculinidad tradicional: agresividad interpersonal y sexual, frialdad emocional. La masculinidad tóxica se volvió una medalla del macho tradicional.

El término tóxico puede extenderse a la política y las redes sociales. El 2018 fue un año electoral en muchas partes del mundo, con campañas divisivas y polémicas que se tradujeron en un debate público de violencia e intolerancia.

Este no es un fenómeno nuevo, y en la política mexicana puede conectarse con elecciones previas (como la del 2006). Pero el debate público, tanto en medios como redes, nunca se percibió más virulento que en los últimos meses. Tanto en el triunfo de la ultraderecha en Brasil, las protestas violentas en Francia, la catástrofe de negociación que llevó el gobierno británico con su Brexit, los tuits de Trump y la investigación que rodea cada vez más cerca a la Casa Blanca; y la enfrentada vida política mexicana que enarbola tanto el odio, los insultos y el revanchismo; en contraste con un nuevo gobierno que afirmaba encarnar la esperanza y el cambio.

Hay que decir que la palabra del año no es aspiracional sino simplemente una descripción, contundente e inequívoca del zeitgeist que nos tocó vivir en el 2018.

Twitter @rgarciamainou

RicardoGarcía Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).