Helsinki. Las giras europeas del presidente de Estados Unidos se han convertido en escenificaciones grotescas con las que no ha querido dejar duda de su divorcio con la región. Resulta incomprensible que los dirigentes de la Unión Europea así como también de la mayoría de los 28 líderes de los países que la conforman, se lleven las manos a la cabeza cada vez que Trump viaja a Europa. Lo hacen como si no conocieran las verdaderas intenciones del presidente de Estados Unidos: destruir el modelo político más exitoso del siglo pasado, es decir, a la Unión Europea.

Angela Merkel ha sido la única líder que le ha contestado a Trump con la fuerza de sus dos pulmones: “Europa ya no puede confiar de Estados Unidos”, dijo hace algunos meses.

Ahora le tocó a Theresa May recibir un duro golpe de parte de Trump. El estadounidense le dijo al periódico The Sun que las propuestas elaboradas por la primera ministra para el Brexit mataban cualquier posibilidad de un acuerdo comercial bilateral entre Estados Unidos y Reino Unido. Trump humilló a May al decir que Boris Johnson, uno de los martillos políticos que le ha provocado más dolores de cabeza a May durante su gobierno, “seria un magnífico líder”, claro, si los tories echan a May del número 10 de Downing Street.

May parece “una directora de colegio”, dijo Trump al diario de su amigo Murdoch, y “es una buena persona”, retratándola como alguien no apto para gobernar.

Trump espera que la guerra civil siria le siga otorgando rentabilidad política. Y es, precisamente, la debilidad de la Unión Europea en el tema de la asimilación de inmigrantes sirios que solicitan refugio, lo que Trump está apostando.

El etnocentrismo como mecanismo explosivo contra Europa.

Pocas horas después de su victoria electoral, en noviembre de 2016, Trump recibió en sus oficinas de Nueva York a Nigel Farage, uno de los promotores más exitosos del Brexit desde el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP). Ambos se dejaron fotografiar con sonrisas y sus respectivos dedos pulgares hacia arriba.

Seguramente Trump lo hará pronto con el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, líder del partido xenófobo Liga, pero también con el primer ministro de Hungía Viktor Orbán, el polaco Jaroslaw Kaczynski, presidente del Partido gobernante Ley y Justicia, y Heinz-Christian Strache, vicecanciller austriaco.

Hyde, uno de los dos protagonistas de la novela de Stevenson, era un psicópata misántropo. Algo similar le pasa a Trump cada vez que viaja a Europa.

Ya boicoteó el Acuerdo de París y el Plan de Acción Integral Conjunto firmado por Irán, Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos. Ya ordenó abandonar el departamento de derechos humanos de Naciones Unidas en Ginebra. Pero Tusk y Juncker y Stoltenberg (presidente del Consejo Europeo, presidente de la Comisión Europea y secretario general de la OTAN, respectivamente), lo reciben con los brazos abiertos cada vez que Trump viaja a Bruselas.

Europa debería de identificar a Bashar al-Ásad y Donald Trump como dos demoledoras de la Unión Europea, pero también harían bien reconociendo que el liderazgo de Juncker, en particular, es inexistente.

Por lo pronto, el misántropo de Trump está ganando la batalla. Poco a poco políticos europeos le están ayudando. Desde Italia, Matteo Salvini está haciendo todo lo posible para hacer pedazos Schengen, uno de los pulmones de la Unión Europea y que representa la libre circulación.

Pero ahora las dos preguntas importantes son: ¿Hasta cuándo permanecerá Theresa May frente al gobierno de Reino Unido? ¿Boris Johnson será el próximo inquilino del número 10 de Downing Street?

FaustoPretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.