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Opinión

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Disección del lonche de oficina

Liliana Martínez Lomelí

Para muchas personas habitantes de grandes ciudades, la alimentación cotidiana pasa invariablemente por el lonche que tienen que llevar a sus trabajos en la búsqueda de ahorrar o de mejorar su alimentación.

La comida que las personas llevan desde su casa a sus lugares de trabajo para consumir en un momento determinado del día tiene ciertas designaciones culturales en México. Por ejemplo, lonche es un anglicismo que se deriva del inglés lunch, que es la comida que se hace a mediodía. En algunas partes del país la palabra lonche es usada para designar las tortas. Otro uso es la palabra tupper que tiene su origen en la marca que popularizó los contenedores de plástico de comida y que hoy puede oírse en la oficina o en la escuela para designar al contenido alimenticio: “hoy no traje mi túper godín”; “no alcancé a preparar lonche”, etcétera. Estas denominaciones de las que hoy hacemos uso cotidiano tienen un aspecto en común: son relativamente recientes y están relacionadas con los consumos contemporáneos propios de medios urbanos. El lonche o el túper no son, pues, palabras que nuestros ancestros de hace 100 años entenderían. No sucede lo mismo con itacate que, siendo de origen prehispánico, designa a esa comida “para llevar” en cualquier circunstancia. Todo esto nos habla de que las condiciones de alimentación extradomésticas han cambiado a la par que las condiciones de vida de las personas y el tiempo que dedican a sus actividades profesionales cotidianas.

La comida para llevar al trabajo es uno de los aspectos de la organización de la alimentación cotidiana que más tiempo consume a las personas. La planeación, ejecución y empacado de las comidas para el trabajo toma cantidades de tiempo y organización que muchas personas están dispuestas a invertir, por cuestiones de salud y de optimización de recursos financieros. Una tendencia al alza en muchos países, incluido México, es el consumo de comidas fuera del lugar donde se habita, por la simple razón de que las lógicas urbanas y laborales ya no permiten el hecho de ir a casa.

Además, las comidas que se llevan a la oficina en muchas ocasiones son un marcador de identificación social hacia los colegas del trabajo. Así, por las comidas que se llevan al lugar de trabajo, uno se puede dar cuenta de si el colega acaba de empezar una nueva dieta, si cocina o está en una relación con la persona que prepara sus alimentos, si es consciente ecológicamente, si tiene convicciones morales o religiosas relacionadas con la comida, si es intolerante o alérgico a algún alimento y hasta si es seguidor de redes sociales con recetas innovadoras para hacer la comida. Estas comidas son una forma de mostrar quiénes somos ante las personas que trabajan con nosotros, aun cuando queramos poner un límite entre la vida personal y la vida laboral.

En algunos países incluso esta actividad se ha vuelto uno de los indicadores de integración de equipos de trabajo, en donde varios miembros de la oficina se organizan para cocinar uno para todos por cada día de la semana asignando un presupuesto específico. En algunos lugares de trabajo, se ha motivado la organización de este tipo de programas para hacer equipos de trabajo que tengan mayor productividad. Este tipo de consumos también debe ser tomado en cuenta para hacer más pertinentes las intervenciones en cuestiones de salud.

Twitter: @Lillie_ML

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Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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